Capítulo 4 4
3
YULIAN
TREINTA MINUTOS ANTES
—¡Blyat!
A duras penas me contengo de arrojar el teléfono al otro lado de la calle.
La actualización de Maksim no ha sido más que malas noticias: Nikita sigue sin aparecer. Ni en su departamento, ni en sus lugares habituales, ni siquiera en el cuartel general.
Maks es mi mejor amigo y mi segundo al mando, pero ahora mismo se está llevando toda mi furia. Sobre todo porque no tengo en dónde desahogarme.
—Jefe…
—¿Crees que tartamudeé? —lo interrumpo—. Encuéntrala.
—Ya puse a todos nuestros hombres en eso —suspira Maksim—. ¿Averiguaste por qué su señal de GPS se murió en Brownsville?
—¡Oiga! —dice alguien más abajo, en la banqueta.
Ignoro esa voz a mis espaldas.
—No —murmuro a Maksim. La verdad es que no tengo ni puta idea de por qué el GPS de Nikita habría llevado hasta aquí.
Vive en Manhattan, joder. No hay nada en esta cloaca de Nueva York que pudiera haberla atraído hasta acá…
A menos que…
A menos que hubiera encontrado una pista.
—¿Disculpe? ¿Señor? —La voz detrás de mí está más cerca ahora. Más insistente—. Su auto está…
—Shh. —Levanto un dedo para callar a la mujer insistente—. Lo que sea que quiera con mi auto, puede esperar a que termine. Maks, ¿tienes algo más?
—No realmente —contesta—. Yo solo… Espera, un momento. Me acaban de avisar que el hombre que capturamos ya despertó.
Se me eriza la piel.
—Pásamelo.
—Ya vas tarde para la gala, Yul. Déjame encargarme de esto. Yo puedo…
—Ahora, Maks.
Mi segundo suelta un suspiro frustrado.
—Está bien, perfecto. Pero no voy a manejar a tu culo desagradecido hasta la mitad de la ciudad en plena hora pico.
—Lo harás si lo necesito.
Suelta una maldición en ruso. Sabe que tengo razón. Sabe que nunca me dirá que no, aunque sea yo el que se está haciendo tarde para el evento de esta noche.
Maksim podrá ser muchas cosas, pero desleal no es una de ellas.
No cuando se trata de mí.
Por eso no dudo ni por un segundo que hará lo que le digo.
Hay un poco de forcejeo al otro lado de la llamada. Camino hacia un callejón y me apoyo contra la pared cubierta de grafiti. No es precisamente un lugar privado para llevar a cabo un interrogatorio por teléfono, pero es lo más privado que voy a tener ahora.
—¡No! —grita una nueva voz—. ¡No sé nada! Yo no…
—Según su identificación, se llama Boyan —me informa Maksim—. Para que ustedes dos puedan estar en un bonito y amistoso plan de “nombres de pila”.
—Hola, Boyan. —Mi tono se enfría como una maldita tumba—. Voy a hacerte unas preguntas. Si las respondes, me aseguraré de que no sufras. Si no… bueno. Hay un límite a lo que puedo hacer.
—¡No sé nada! —repite Boyan, en pánico—. ¡Nunca la conocí! Yo solo…
—Maksim —lo corto—, rómpale un dedo.
No lo duda. Un segundo después, un crujido nauseabundo resuena a través de la línea, seguido de un grito.
—Intentémoslo otra vez —gruño—. Yo pregunto. Tú respondes. Di que entiendes.
Los gemidos de Boyan se vuelven sollozos silenciosos.
—S-sí. Entiendo.
—Bien. Entonces dime cómo conocías a Nikita.
—N-no la conocía —hipa el hombre—. Lo juro, yo…
—Maksim. Otro.
Un segundo crujido.
Un segundo grito.
—¡E-eso no fue el trato! —llora Boyan—. ¡Respondí tu pregunta!
—Y no me gustó una mierda —espeto—. Así que hazlo mejor.
—¡Me contrataron! ¡Y-yo lo juro, yo…
Bingo.
—Dime para qué te contrataron —exijo—. Tienes cinco segundos.
Para su crédito, esta vez solo tarda dos en responder.
—¡P-para limpiar! —suelta—. Se suponía que debía l-limpiar su lugar. Como, limpiar las superficies, deshacerme de rastros.
—No suena como un trabajo de limpieza normal.
—Necesitaba el dinero —solloza—. N-no podía ponerme exigente. Por favor, señor, déjeme ir, prometo que no diré…
—Dime el nombre de tu cliente. Entonces lo consideraré.
A Boyan se le corta la respiración.
—¿E-el nombre?
—Sí —mascullo entre dientes—. Quiero un nombre.
—N-no puedo…
—Maksim.
—¡Por favor, no!
Oigo forcejeos y luego otro sonido conocido: el dulce chasquido del hueso.
—¡Aaagh! ¡No sé! ¡N-nunca dicen quiénes son! ¡Contratan con notas y pagan en efectivo! ¡Lo juro, no tengo idea de quién es!
Nunca dicen quiénes son.
Las palabras de Boyan se me clavan muy adentro.
Mi sangre se convierte en agua helada, arrastrando por mi cuerpo un frío entumecedor: el frío de la sospecha.
De los recuerdos.
Sangre en el suelo. Sangre por todas partes. El olor a pólvora en el aire, los ecos de los gritos.
Manteles blancos manchados de rojo, rojo, rojo—
—Maksim —ladro—. Mátalo.
—¡No! ¡Por favor, tenga piedad! ¡Lo juro, no sé nada! Yo—
BANG.
El cuerpo de Boyan cae al suelo con un golpe sordo.
Gracias a Dios. El cabrón ya me estaba dando dolor de cabeza.
Momentos después, vuelvo a oír la voz de Maksim.
—¿Y? ¿Le creemos?
—No lo sé. Me sacó de quicio.
Mi segundo suelta una carcajada.
—Dios, me encanta trabajar para usted. Nunca hay un momento aburrido.
—Bueno saber que la satisfacción del empleado está alta.
—Quiero decir, los beneficios dentales son una porquería, pero me desvío. En fin… ¿qué pasa con esta noche? —pregunta Maksim, cambiando de tema con rapidez—. ¿Aún va a ir al evento?
—El futuro de StarTech depende de este acuerdo —digo—. Y no necesito recordarte qué más está en juego.
—Lo tomaré como un sí.
Aprieto los dientes. El entusiasmo de Maksim choca con mi humor incluso en los mejores días, y hoy no es un buen día para empezar.
Ni de lejos.
—Sin Nikita, estoy jodido. Consígueme una acompañante de reemplazo.
—Va a ser difícil con tan poco tiempo.
—Me vale madre. —La carcasa de mi celular cruje en mi mano cuando lo aprieto con fuerza—. Y sigue buscando a Nikita. Quiero que la encuentren.
Antes de que Maks pueda responder, cuelgo.
Maldita sea.
¿Tenía que pasar esta noche, de entre todas las noches?
Los acompañantes son un símbolo de estatus, igual que un buen traje y un reloj caro. Y el hombre con el que me voy a reunir esta noche, Baldwin, es exactamente el tipo de bastardo superficial al que le importa sobre todo el adorno en el brazo que le lleve para quedarse mirándolo.
Si aparezco solo, este trato está más que muerto.
Nos vemos allá con mi acompañante, tecleo rápido a Maksim.
Pero mientras camino hacia mi auto, me doy cuenta del problema con ese plan.
Mi auto ya no está.
—¿Qué…? —Mis ojos se clavan en la calcomanía naranja brillante en el suelo. Los datos de una empresa de grúas—. Blyat.
Furioso, marco el número de la compañía de remolque y llamo.
—Ustedes tienen mi auto —escupo en cuanto alguien contesta.
Una voz automatizada me responde.
—Ha llamado a Brownsville Towing Trucks. Si desea reportar un vehículo, oprima—
—Quiero hablar con un puto ser humano, maldita sea.
La voz robótica sigue con su cantaleta.
—… Para recuperar su vehículo, por favor preséntese con su documentación entre las 9:00 a. m. y las 6:00 p. m.
Miro mi reloj: 8:34 p. m.
—Mierda.
—Para volver al menú, oprima—
—¡MIERDA!
Lanzo mi celular al otro lado de la calle. Aterriza con un crujido fuerte contra el concreto, y los pedazos salen volando en todas direcciones.
No necesito esta mierda. No hoy, de todas las cosas. No cuando lo que he estado persiguiendo durante tanto tiempo por fin está al alcance de mi mano.
Una forma de encontrar a los asesinos de mi familia… de vengarme.
Pero no puede ocurrir sin la alianza de Baldwin.
Saco un teléfono de repuesto. Estoy a punto de teclear otro mensaje para Maksim…
… cuando la veo.
Pijama médica morada, arrugada. Cabello castaño ceniza recogido en un moño improvisado. Ojos azules cansados, sin rastro de maquillaje. Un lunar justo debajo del mentón que atrae mi mirada como un blanco…
… y una sonrisa burlona, autosatisfecha, como la de un gato que se comió al canario.
En un instante, sé lo que pasó.
Avanzo hacia la mujer. A medida que me acerco, me doy cuenta de lo diminuta que es: apenas me llega al hombro.
Pero si cree que va a ver mi lado misericordioso, más le vale pensarlo otra vez.
Eso no existe.
—Tú. —Me detengo frente a ella—. ¿Mandaste remolcar mi maldito auto?
Se queda inmóvil. Luego se gira con acero en la espalda, los hombros firmes, la barbilla en alto, desafiante.
Para ser tan pequeña, tiene carácter.
—Intenté decírselo.
—No tenías ningún derecho.
Puedo notar que mi cercanía la altera, pero lo oculta mejor que la mayoría. Es una novedad refrescante. La forma en que me sostiene la mirada. La forma en que no retrocede, ni por un segundo.
Han pasado años desde que alguien me habla así… como si no le diera un maldito miedo.
Eso solo puede significar una cosa.
No tiene ni idea de quién demonios soy.
Y así, se me ocurre una idea.
Si es una buena idea o una mala idea, está por verse.
