Propuesta Perversa- Un Romance de la Mafia

Download <Propuesta Perversa- Un Romance...> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 2 2

Cuelgo y entro a zancadas en mi edificio. No me molesto en mirar atrás.

La risa de Eli me golpea en el segundo en que abro la puerta: aguda, luminosa, el sonido de los camiones de helados y las tizas en la banqueta.

Se lanza desde el sofá, hecho un borrón con su pijama de Spider-Man, y me abraza por la cintura.

—¡Mami!

Así, sin más, mi día mejora.

—¡Eh, campeón! —lo atrapo a media voltereta, tambaleándome hacia atrás—. ¿Desde cuándo pesas mil kilos?

—¡No es cierto!

—Pues podrías engañar a cualquiera. —hundo la nariz en su cuello, respirando el olor a champú de bebé y a polvo de galletitas de queso. Ningún perfume ha olido nunca tan bien—. Te estás convirtiendo en un dinosaurio. Un Tyrannosaurus flex.

—Rex —me corrige Eli, apartándose para fruncirme el ceño—. Y no soy un dinosaurio, soy un niño.

—Podrías engañar a cualquiera —interviene mi mejor amiga, Kallie, desde la cocineta, donde está metiendo palomitas al microondas—. Encontré escamas en tu cama esta mañana.

—¡Eran galletitas con forma de pececitos! —chilla Eli, horrorizado. Pero aun así empieza a revisarse los antebrazos, buscando señales de escamas.

Lo bajo al piso. Pero al hacerlo, algo me llama la atención: marcas sucias de rozones en sus zapatos. Y, ahora que me fijo, hay un desgarrón en el costado que no estaba esta mañana.

Mi sonrisa se agria. Eran unos Jordans nuevos… bueno, relativamente nuevos. Los compré de segunda mano el mes pasado, en un estado casi impecable.

Ahora, en cambio, la punta izquierda está abierta, con la espuma asomándose como tripas. Veo su meñique, con calcetín, moviéndose en la abertura.

—Eli, amor… —me arrodillo, pasando el pulgar por el desgarro—. ¿Qué pasó?

Se encoge y murmura:

—Nada.

Me dejo caer de rodillas y lo aprieto contra mí.

—Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?

Sigue retorciéndose, negándose a mirarme. Ese labio inferior empieza a hacer puchero y a temblar, y mi corazón se contagia del temblor.

—Unos niños en el recreo… Dijeron que corro como robot.

—¿Y?

—Y les pareció chistoso amarrarme las agujetas juntas. —le tiembla la barbilla, pero alza la mirada hacia la mía—. ¡Pero no lloré! Ni siquiera cuando la señora Álvarez tuvo que cortarlas para separarlas.

Se me oprime el pecho. Siento todas las emociones de mamá soltera, las de siempre en situaciones así.

Rabia por lo injusto de todo.

Furia contra el mundo que deja que esa crueldad pase sin consecuencias.

Tristeza y una culpa paralizante porque no puedo estar ahí para mantener a mi bebé a salvo cada minuto del día.

Pero cuando lo veo mirándome, esperando a ver cómo reacciono, hago lo mismo de siempre en situaciones así: me obligo a sonreír, para que sepa que lo aman.

La rabia, la furia, la tristeza y la culpa son para mí.

Mi hijo solo recibe mi amor.

Le guiño un ojo.

—Entonces la próxima vez habrá que conseguirte botas cohete. Mandamos a esos odiosos a la luna.

A Eli se le iluminan los ojos.

—¿Con láseres?

—¡Obvio! Ahora ve a ayudarle a la tía Kallie con las palomitas antes de que las queme otra vez.

Mientras él sale disparado, con las lágrimas olvidadas, Kallie se me acerca y me da un empujoncito de cadera con una sonrisa comprensiva.

—¿Día largo?

—¿Acaso no lo son todos? —me hundo los talones de las manos en los ojos y suspiro—. Los zapatos van a acabar conmigo, te lo juro.

—No te estreses, mamá —me tranquiliza—. Mañana me meto al grupo de “No lo tires, dónalo”. Alguien tiene que tener talla once.

—Ya es doce.

—Mierda. El niño está creciendo rápido.

—El lenguaje, Kal. —señalo con la barbilla a Eli, que ahora sacude con entusiasmo la bolsa del microondas.

—Cierto. Eh… mier… miércoles. —Kallie baja la voz—. ¿Pero tú estás bien? En serio.

—De maravilla. Solo necesito agarrar tres turnos extra, vender un riñón, quizá abrir un OnlyFans…

—Uy, buena idea. A los hombres les encanta una chica con uniforme clínico.

Resoplo al mirar la mancha turbia en mi muslo.

—Ya lo creo. A mi último paciente de esta noche le gustó tanto que me orinó encima.

—Mmm. Pensándolo mejor, ¿en cuánto se venden los riñones?

—¡Mami! —grita Eli entre carcajadas mientras levanta la bolsa, con los granos reventando como disparos—. ¡Está viva!

Medio episodio de Bluey después, estoy sentada en la cama de Eli, trazando constelaciones en la palma de su mano. Sus párpados se le caen y se esfuerza por volver a abrirlos mientras lucha contra el sueño todo lo que su testarudo corazoncito le permite.

—¿Prometes que me vas a dar otro beso de buenas noches después? —murmura—. ¿Cuando regreses?

—Lo prometo. —le doy un beso en la frente—. Aunque estés roncando como una morsa.

—Las morsas no roncan. Ellas… blup. —imita una aleta.

—Entonces yo te hago blup de vuelta. Ahora duerme, E. Sueña con cosas felices, ¿sí? Botas cohete. Unicornios. Océanos llenos de palomitas.

Sonríe.

—Está bien. Te quiero, mami.

—Yo también te quiero, superestrella.

Cuando se duerme, salgo de puntitas, tomo mis llaves, me despido de Kallie y me preparo para la noche.

Afuera, me alivia ver que el Maybach ya no está. Gracias a Dios. Voy a mitad de camino hacia Rhonda la Honda cuando—

—Tú.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk