Peligro en la pizarra

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Capítulo 8 El peso del aire

El sonido de los pasos se clavó en mis oídos como una sentencia. Eran lentos y pesados, el andar de un depredador que sabe que su presa no puede escapar. Sebastián reaccionó en una fracción de segundo. Apagó su linterna de un golpe seco y presionó el interruptor de la mía. La oscuridad absoluta nos devoró, cargada de un frío que helaba los huesos.

Antes de que el pánico me paralizara, el brazo de Sebastián rodeó mi cintura. Me arrastró hacia atrás en un movimiento fluido, evitando las tablas del suelo que crujían. Nos deslizamos en silencio detrás de la enorme prensa de imprenta, justo al lado de la caja de madera que acabábamos de descubrir. El espacio era tan estrecho que mi espalda quedó pegada a su pecho. Podía sentir la rigidez de sus músculos y el calor de su respiración apurada, un contraste abrumador con la atmósfera húmeda del sótano.

Una luz blanca y directa atravesó la penumbra desde lo alto de la escalera.

—Sé que estás aquí, hermanito —la voz de Marcus resonó en las paredes, cargada de esa ironía cruel que me hacía temblar—. Tu coche está afuera. Y la cadena de la puerta trasera no se rompe sola.

Sebastián no se movió. Su mano bajó lentamente desde mi cintura hasta mi mano diestra, entrelazando sus dedos con los míos. El agarre era una presión firme, un recordatorio silencioso de que debíamos mantener el control si queríamos salir vivos. Percibí que introducía su otra mano en el bolsillo interior de su saco gris. El sutil movimiento me indicó que sostenía algo metálico y que estaba listo para defenderse si la situación llegaba al extremo. El terror era real, pero la presencia de Sebastián me impedía gritar.

La luz de la linterna de Marcus barrió las estanterías, proyectando sombras alargadas sobre las paredes carcomidas. Sus botas se detuvieron al llegar al último peldaño.

—No entiendo qué tanto buscas en este maldito basurero, Sebastián —continuó Marcus, pateando una vieja caja de cartón fuera de su camino—. El jefe está perdiendo la paciencia en la Zona Norte. Me mandó a recordarte que los plazos no son sugerencias. Si no encuentras esos papeles pronto, empezaremos a auditar a las maestras de esta escuela. Escuché que hay una en particular con la que pasas mucho tiempo... Una tal Camila, ¿cierto?

Me quedé sin aire. El agarre de Sebastián se apretó tanto que el dolor físico me devolvió a la realidad. Mis ojos se abrieron en la oscuridad, fijos en el haz de luz que ahora se aproximaba peligrosamente a la prensa de imprenta. La sola mención de mi nombre transformó el conflicto en una amenaza de muerte directa. Ya no era una simple espectadora; estaba dentro de su radar.

—Sería una verdadera lástima que le pasara algo a la plantilla docente —añadió Marcus, con una risa corta que me revolvió el estómago—. La gente común es tan frágil. Un mal tropiezo en una escalera y todo se acaba.

Sebastián se inclinó milimétricamente hacia mi oído. Su respiración apenas rozó mi piel.

—No te muevas por nada del mundo —susurró.

Antes de que pudiera procesar la orden, Sebastián soltó mi mano y salió del escondite. Se interpuso de golpe entre la luz cegadora de la linterna de Marcus y el rincón oscuro donde yo me encontraba.

—¿Qué demonios haces aquí, Marcus? —la voz de Sebastián cortó el monólogo de su hermano, alta, autoritaria y en absoluto control. Su tono era el del director que reprende a un intruso, no el de un hombre acorralado.

La linterna de Marcus se enfocó directamente en su rostro, pero Sebastián ni siquiera parpadeó.

—Vaya, hasta que te dejas ver, director —dijo Marcus, bajando un poco el haz de luz—. Te gusta perder el tiempo entre la basura de este colegio.

—Estoy haciendo mi trabajo —respondió Sebastián, dando dos pasos firmes hacia adelante, obligando a Marcus a retroceder y alejando su atención de la prensa—. El viejo director Gutiérrez guardaba los duplicados contables en este sector. Si vienes aquí a amenazar al personal, lo único que vas a lograr es que los vecinos llamen a la policía. Ya te lo dije: déjame operar a mi manera si quieres ver esos documentos.

Marcus guardó un silencio denso por unos segundos, evaluando las facciones de su hermano menor. La tensión entre los dos era casi física, una rivalidad teñida por el peligro del bajo mundo.

—Más te vale que tu maldita manera funcione antes del viernes, Sebastián —siseó Marcus, dando un paso atrás hacia la escalera—. El jefe no va a aceptar más excusas. Y mantén limpia a tu maestrita. Sería muy molesto tener que limpiar el patio de la escuela por un descuido tuyo.

Marcus se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras. El eco de sus botas se fue apagando de forma paulatina hasta que escuchamos el golpe seco de la puerta al cerrarse y el crujido de la cadena al ser colocada de nuevo. Nos habían dejado encerrados en la penumbra.

Pasaron dos minutos eternos antes de que alguno de los dos se atreviera a moverse. Sebastián encendió su linterna y apuntó hacia el suelo, evitando mi rostro. Se giró hacia mí con lentitud; sus facciones estaban rígidas, pero sus ojos reflejaban una profunda preocupación.

—Camila —dijo, y su voz ya no era la del director gélido, sino una línea ronca y cansada—. Lo siento mucho. No debí arrastrarte a esto.

Yo estaba temblando sin control, con la espalda apoyada contra el metal frío de la máquina de imprenta. La realidad me había golpeado de frente: la mafia ya sabía quién era yo.

—Él... él sabe mi nombre, Sebastián —logré articular, con la voz quebrada—. Esto ya no es solo una auditoría oculta. Si no encontramos esa caja con las pruebas, ese hombre va a volver por mí.

Sebastián acortó la distancia, se agachó frente a mí y colocó sus manos firmes sobre mis hombros. El gesto, maduro y protector, me obligó a sostenerle la mirada.

—No voy a dejar que te toquen, Camila. Te lo prometo por mi vida —aseguró, mirándome con una intensidad tan limpia que me obligué a creerle—. El plan cambia por completo. No podemos dejar esta caja aquí para que Marcus la encuentre si regresa. Nos la llevamos a mi casa esta misma noche. A partir de hoy, estás conmigo en esto hasta el final del camino. No hay vuelta atrás.

Miré la caja de madera en el suelo polvoriento y luego fijé la vista en los ojos decididos de Sebastián. El juego del gato y el ratón en los pasillos de la escuela había terminado; la cacería real acababa de empezar.

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