Novio Sustituto Para el Jefe de la Mafia

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Capítulo 5

POV de Liam

—Tienes que hacerlo, mijo —recordé que decía mamá, con los ojos llenos de lágrimas—. Tienes que hacer esto… por el bien de la familia.

Hablaba de ocupar el lugar de Miranda en el altar, en la boda con Donatello.

—¡Eso es ridículo, ma! —había gritado yo.

Pero lo aún más ridículo era que había sido mi padre quien primero había planteado aquella idea disparatada.

Después de que el doctor declarara muerta a Miranda, mamá se desplomó y yo estaba demasiado aturdido como para reaccionar.

El doctor intentó reanimarla de inmediato y, por suerte, volvió en sí. Pero cuando levanté la cabeza, papá ya se había ido.

Mamá y yo nos quedamos en la habitación de Miranda toda la noche, llorándola. Ni siquiera podía ordenar mis pensamientos; el shock era demasiado.

Mi hermana había estado tan llena de vida la última vez que la vi. Cuando le pregunté si de verdad no quería casarse con Donatello, aseguró que sí quería. ¿Quién iba a imaginar que estaba planeando quitarse la vida?

Mamá lloraba contra mi pecho cuando escuchamos pasos entrando en la habitación. Por el sonido del bastón que los acompañaba, ambos supimos que era papá.

Mamá se incorporó y se secó las lágrimas, porque sabía que a su esposo le molestaba verlas.

Me parecía una locura, considerando que acabábamos de perder a alguien muy querido.

—No podemos quedarnos aquí sentados llorando toda la noche —dijo papá, y me volví para mirarlo. ¿Hablaba en serio?

—¡Ahí está el cuerpo de tu hija, frío y sin vida! —espeté en voz alta, señalando la figura rígida de Miranda sobre la cama.

—Tú y yo tenemos que hablar —dijo, ignorando mis palabras—. En menos de dos horas, Donatello Moranno estará de pie en el altar, esperando a una novia.

Me quedé sin palabras.

—Acabas de perder a tu hija, ¿y eso es lo único que te importa? —le pregunté cuando por fin me salió la voz.

—¡Lo perdería todo si esta boda no se celebra! —papá alzó la voz.

—¿Y por qué tendríamos que preocuparnos por ese tal Donatello, de todos modos? —pregunté, abriendo los brazos.

—Si te quedaras más en casa, sabrías lo que pasa aquí y por qué tu hermana tenía que casarse con Don —respondió con voz grave, antes de volverse hacia mi madre, destrozada—. Habla con tu hijo.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

—Nuestra familia está endeudada, Liam —sollozó mamá—. Le debemos a Donatello cientos de millones de dólares.

—Bueno, ¡páguenle! —sugerí, una solución obvia que, por alguna razón, se les estaba escapando. Pero mamá soltó un sollozo ahogado y negó con la cabeza.

—Ya no tenemos ese tipo de dinero —dijo—. Debemos muchísimo y la mayor parte es a Donatello. ¡Le debemos desde hace diez años!

Mis cejas se alzaron de golpe y mis ojos se abrieron de par en par, incrédulo. Ni siquiera podía parpadear mientras asimilaba esa realidad. Mi familia… La familia mafiosa LaRosa… ¿se estaba yendo a la quiebra?

Me giré para mirar el cuerpo de Miranda. ¿Así que ella era el cordero sacrificado para Donatello a cambio de nuestras deudas?

—Tu padre ofreció a Miranda a Don hace todos esos años, desesperado —me informó mamá—. La bala alojada en el hueso de la cadera de tu padre… eso se lo hizo Donatello porque tu padre quiso huir a Italia cuando no pudimos pagarle.

—Y Miranda fue una ofrenda de paz —susurré, conteniendo las lágrimas que me ardían en los ojos—. ¿Por qué nadie me lo dijo?

Mamá suspiró con tristeza.

—Ni siquiera Miranda lo supo hasta hace tres años —respondió—. Tú estabas en Europa y no creímos que debiéramos molestarte.

—Y ahora ya no está —dije con la voz estrangulada—. Miranda no va a volver jamás.

—Donatello nos mataría a todos —susurró mamá, con las lágrimas acumulándosele en los ojos.

Yo sabía de lo que era capaz Don Morranno. Había oído historias sobre él, y cada una me helaba hasta los huesos. Ese hombre era despiadado, y solo le importaba una cosa: su dinero.

Si mi familia debía tanto, antes de que terminara el día todos nos reuniríamos con Miranda en el purgatorio.

—¿Qué debo hacer? —le pregunté a mi madre, ansioso por salvar al resto de mi familia.

—El plan es simple —dijo mi padre cuando entré en su despacho, después de decirle que estaba listo para ayudar—. Tú y Miranda son idénticos. La única diferencia es que tú eres un hombre. No podemos dejar a Don plantado en el altar, así que tú irás con él y, en cuanto vea que eres un hombre, le explicarás la situación.

Miré a mi madre, preguntándome si yo era el único que estaba escuchando ese plan ridículo.

—Me mataría ahí mismo —repliqué, y mi padre asintió.

—Es una de las cosas que podrían pasar —dijo—. Otra posibilidad es que quede demasiado en shock para reaccionar. Donatello no está acostumbrado a las sorpresas.

—Seguro que tampoco le gustan —murmuré entre dientes.

—¿Quieres seguir con vida? —preguntó mi padre con seriedad, inclinándose hacia adelante—. Solo tienes que saber en qué momento empezar a hablarle en cuanto tengas la oportunidad.

Me gustara o no el plan, no tenía muchas opciones.

Mi hermana perdió la vida porque se negó a pasar por esto. Y ahora, ahí estaba yo, ocupando su lugar, enfundado en el vestido blanco destinado para ella, preparándome para casarme con un hombre. Un hombre igual que yo.

—Por mi madre —me dije a mí mismo cuando se abrieron las puertas de la iglesia—. Por la familia LaRosa.

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