Capítulo 4 CIENTO SESENTA KILÓMETROS POR HORA.
El muro de hormigón estaba a cien metros. El punto de no retorno geométrico acababa de cruzarnos.
Mi vista seguía clavada en el papel, rastreando las líneas imaginarias de la curva que no existía en mis apuntes oficiales, pero que yo conocía a la perfección por mis noches estudiando planos del terreno. Sabía que Ares me estaba mirando de reojo. Podía sentir el peso de su mirada perforando la visera oscura de su casco, buscando desesperadamente el quiebre de mi postura.
No me moví. Mis manos descansaban sobre la libreta, relajadas. Mi respiración era pausada, inflando y desinflando mi pecho contra la presión aplastante del cinturón de cinco puntos.
—Frenada fuerte en cincuenta, mantener rasante interior, izquierda tres se cierra —dicté. El compás de mis palabras coincidió exactamente con las revoluciones del motor—. Ojo, asfalto sucio en salida.
Ochenta metros. Setenta metros. El instinto humano básico de autoconservación empezó a rasguñar el interior de mi cráneo, exigiéndome que levantara los brazos para proteger mi rostro del impacto inminente. Lo silencié. Enterré ese instinto bajo una losa gruesa de terquedad y orgullo. Si iba a morir empotrada en un aeródromo oxidado por culpa de la pataleta de un piloto mimado, lo haría leyendo mis notas.
Sesenta y cinco metros.
La bota derecha de Ares abandonó el acelerador y se estrelló contra el pedal del freno con la fuerza de un martillazo.
La física irrumpió con brutalidad absoluta. La inercia de una tonelada y media de metal lanzada a ciento sesenta kilómetros por hora se transformó en pura energía cinética. Los cinturones me cortaron la clavícula y el pecho, deteniendo el peso de mi torso mientras mi cabeza daba un latigazo hacia adelante, frenado únicamente por el sistema HANS del casco.
El chirrido de los neumáticos ahogó el ruido del escape. El olor agrio a goma quemada inundó el habitáculo a través de las rejillas de ventilación.
Ares pisó el embrague, bajó tres marchas en fracciones de segundo con tirones violentos a la palanca secuencial y tiró del freno de mano hidráulico. El eje trasero se bloqueó. La cola del Fiesta derrapó salvajemente hacia la derecha, barrida por la fuerza centrífuga. El coche pivotó sobre su propio eje frontal en un arco perfecto, violento y calculado.
El flanco derecho del vehículo rozó el muro de hormigón. Pude escuchar el roce mínimo del polvo desprendiéndose de la pared, a escasos quince centímetros de la ventanilla de policarbonato que me separaba de la aniquilación.
El coche completó los ciento ochenta grados. Ares soltó el freno de mano, contraviró el volante con agilidad asesina y hundió el pie en el acelerador nuevamente. La tracción total arañó el asfalto sucio, empujándonos hacia la recta de salida, alejándonos del muro sin un solo rasguño en la chapa.
—Recta larga de doscientos, rasante a fondo —continué dictando, retomando el ritmo un microsegundo después de que las ruedas se enderezaran, mi voz aún plana y desprovista de emoción.
El coche devoró los doscientos metros de recta. Al llegar al final de la antigua pista, Ares clavó los frenos. El vehículo se detuvo por completo en medio de la neblina de polvo y humo de caucho que nosotros mismos habíamos levantado.
El motor bajó de revoluciones hasta quedar en un ralentí inestable, tosiendo por el sobreesfuerzo térmico. El zumbido de los electroventiladores rompió el silencio de la cabina.
Desconecté el cable de mi casco y me quité la pieza protectora, dejándola descansar sobre mis rodillas. El sudor me perlaba la frente, pero mis manos, acomodando el bolígrafo en la espiral de la libreta, no tenían ni un solo temblor.
Ares hizo lo mismo. Se arrancó el casco y lo arrojó sin cuidado sobre el asiento trasero. Su pecho subía y bajaba con violencia. Los mechones rubios se le pegaban a las sienes empapadas en sudor. Se giró hacia mí. Sus ojos avellana, enmarcados por la tensión de una mandíbula apretada hasta el extremo, escudriñaron mi rostro con la intensidad de un forense buscando la causa de muerte.
Buscaba terror. Buscaba la pupila dilatada, la respiración cortada, la queja histérica, la exigencia de abandonar el coche inmediatamente.
Encontró hastío. Un aburrimiento denso y absoluto.
Me pasé el dorso de la mano por la mejilla, limpiando una gota de sudor, y le sostuve la mirada. No parpadeé.
—¿Terminaste tu berrinche termodinámico, Thorne? —pregunté, con el mismo tono que usaría para preguntar la hora—. Porque si ya agotaste tu necesidad de demostrarme que sabes tirar del freno de mano, tenemos que volver a la pista oficial. Estamos perdiendo presión en los neumáticos por el calor del asfalto y Leo va a deducir el costo de la goma de nuestro bono mensual.
Ares entreabrió los labios. La sorpresa fracturó su fachada depredadora por una fracción imperceptible de segundo. Su ceja marcada por la cicatriz se frunció, creando un surco profundo de confusión y frustración. Sus dedos seguían aferrados al volante forrado, los nudillos blancos por la fuerza, pero su postura defensiva comenzó a ceder.
Él estaba preparado para lidiar con el miedo. Había diseñado su vida entera alrededor de intimidar a los demás. No tenía un protocolo para lidiar con la indiferencia clínica.
—No gritaste —murmuró. Su voz era ronca, arrastrando las palabras como si le costara articularlas.
—No había necesidad. A ciento sesenta kilómetros por hora, la distancia de frenado con compuestos mixtos sobre asfalto degradado es de sesenta y dos metros para un vehículo de estas especificaciones. Pisaste el pedal a los sesenta y cinco. Tenías un margen de tres metros. Matemáticamente, nunca estuvimos en peligro.
La justificación técnica pareció golpearlo más fuerte que cualquier insulto. Ares negó con la cabeza lentamente, evaluándome no ya como un estorbo corporativo, sino como una anomalía defectuosa en su tablero de control.
—Estás completamente loca —sentenció, casi en un susurro, pasando una mano enguantada por su rostro.
—No, Thorne. Soy la única persona cuerda en este coche. Y si vas a intentar asustarme de nuevo, te sugiero que te esfuerces más o me avises con tiempo para traer un libro. Esta demostración fue mediocre.
Dejé caer el bolígrafo sobre la libreta y me acomodé en el asiento baquet, mirando hacia el frente a través del parabrisas manchado de polvo.
El silencio denso se apoderó de la cabina. Podía escuchar su respiración irregular intentando calmarse. La bestia acababa de golpear contra un muro invisible y no sabía cómo reaccionar.
Varios segundos después, escuché el clic metálico de la caja secuencial. El motor rugió de nuevo, pero esta vez, sin la furia asesina de antes. Giró el volante y enfiló el morro del coche hacia el camino de tierra, regresando a la ruta establecida por el equipo sin pronunciar una sola palabra.
Primer punto para mí.
El Rompecopilotos acababa de descubrir que no importaba cuánta velocidad imprimiera sobre el acelerador, ni cuántas trampas mortales tendiera en el camino; mi voz seguiría ahí, fría, dictando la siguiente curva en la oscuridad. Y lo peor de todo, para su maldito ego, es que iba a tener que escucharme si quería seguir con vida.
