Notas de Colisión

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Capítulo 3 ARNESES AJUSTADOS.

El chasquido metálico del cinturón de cinco puntos resonó en la cabina estrecha, clausurando cualquier posibilidad de escape. Tiré de la correa central, aplastando el tejido grueso contra mi pecho hasta que el aire se volvió un lujo calculado. El asiento de fibra de carbono, moldeado a medida para un cuerpo mucho más ancho que el mío, me envolvía como un exoesqueleto rígido.

Primera vez dentro de su territorio.

El habitáculo del Ford Fiesta RS WRC era un horno espartano. Sin plásticos, sin adornos, sin paneles insonorizantes. Solo acero desnudo, el intrincado laberinto gris de la jaula antivuelco y un panel de interruptores que parpadeaban con luces ámbar. El calor del suelo ya comenzaba a traspasar las suelas de mis botas ignífugas. Olía a gasolina cruda, a goma recalentada y al sudor rancio de los que habían ocupado este asiento antes que yo y habían fracasado.

La puerta del piloto se abrió de golpe, arrancándome de mi evaluación sensorial.

Ares Thorne se dejó caer en su baquet con una agilidad felina que contradecía su tamaño. No me dirigió la palabra. Ni siquiera un vistazo periférico. Aseguró sus propios arneses con tres movimientos violentos y precisos, se caló el casco de fibra de carbono sobre la cabeza y conectó el cable del intercomunicador a la centralita del tablero.

Lo imité. El acolchado de mi casco me presionó las mejillas. Introduje la clavija negra en la ranura correspondiente. Un zumbido estático cobró vida directamente dentro de mis oídos.

Ares pulsó el botón de ignición.

El motor de cuatro cilindros y turbo de inyección no arrancó; detonó. Un rugido mecánico ensordecedor taladró mis tímpanos, haciendo vibrar cada tornillo del chasis y sacudiéndome los dientes. La vibración subió por mis botas, atravesó mi columna vertebral y se instaló en la base de mi cráneo. Era violencia pura encapsulada bajo un capó de chapa, lista para ser desatada.

Engranó la primera marcha. El golpe metálico de la caja secuencial sonó como el cerrojo de un rifle de asalto.

Salimos disparados del parque de asistencia. La fuerza G me empujó contra el respaldo, comprimiendo mis pulmones. Desplegué mi libreta de notas sobre mis rodillas, asegurando las hojas con la pinza metálica de la tabla. Mis dedos estaban firmes. La adrenalina intentó bombear mi ritmo cardíaco, pero la sofoqué bajo una gruesa capa de pragmatismo. No me pagaban por emocionarme; me pagaban por ser una calculadora humana a bordo de un misil tierra-tierra.

—Prueba de reconocimiento, sector tres —Mi voz fluyó a través del micrófono interno, plana y metálica por el filtro del intercomunicador—. Camino de grava compacta. Tenemos un límite de ochenta kilómetros por hora hasta el punto de control.

Ares no respondió. Sus manos, enfundadas en guantes de gamuza negra, aferraban el volante forrado en alcántara. Los nudillos se le marcaban bajo la tela. Su pie derecho hundió el acelerador, ignorando por completo mi instrucción.

El velocímetro digital trepó a cien en menos de tres segundos. Ciento diez. Ciento veinte.

Levanté la vista de mis apuntes. El camino de grava compacta, bordeado de banderas amarillas del equipo, quedaba a nuestra derecha. Ares acababa de dar un volantazo seco hacia la izquierda, saltando el cordón que delimitaba la zona de pruebas oficial. Los neumáticos de compuesto mixto chirriaron al abandonar la tierra y morder el asfalto abandonado de la antigua pista del aeródromo de San Jude.

—Esa no es la ruta establecida, Thorne.

Ninguna respuesta. El motor bramó en tercera marcha. Ciento treinta kilómetros por hora.

El aeródromo abandonado era una franja de asfalto agrietado, devorado por la maleza en los bordes y rodeado de naves industriales oxidadas. Al final de la recta principal, a unos ochocientos metros de nuestra posición, se erguía una horquilla cerrada, un giro de ciento ochenta grados flanqueado por un muro de contención de hormigón armado.

Entendí su juego en una fracción de segundo. La anatomía de la trampa se desplegó en mi mente con claridad clínica.

Quería asustarme. Quería demostrarme que él tenía el control absoluto de las variables, que yo era una simple pasajera a merced de su psicopatía. Pretendía acelerar a fondo hacia ese muro de hormigón y esperar el instante exacto en que mis nervios colapsaran. Esperaba el grito. Esperaba que me aferrara a la jaula antivuelco, suplicando por mi vida. Quería quebrarme antes del viernes para no tener que lidiar con mi autoridad durante la carrera oficial.

La aguja digital parpadeó. Ciento cuarenta kilómetros por hora.

El paisaje gris y desolado se difuminaba en mi visión periférica. La vibración del asfalto irregular amenazaba con desenfocar las líneas de mi libreta. Respiré hondo. El aire del habitáculo ardía, pero mis pulmones se expandieron con una calma gélida. Evalué la distancia. Evalué la fricción de los neumáticos mixtos sobre el asfalto cuarteado. Conocía la masa del vehículo y la potencia de los discos de freno Brembo.

Si frenaba a los cien metros, viviríamos y derraparíamos limpiamente. Si frenaba a los sesenta metros, empotraría el morro del coche contra el muro a una velocidad letal.

Ciento cincuenta kilómetros por hora. El muro de hormigón crecía en el parabrisas, transformándose de una línea gris difusa a una pared sólida y texturizada, salpicada de marcas de pintura vieja.

Bajé la mirada hacia mis notas de ruta. La pinza metálica crujió bajo la presión de mi pulgar izquierdo. Me negué a mirar el muro. Desconecté mi cerebro de la amenaza visual y me sumergí en el universo seguro de la geometría, los ángulos y las distancias.

Él era el músculo; yo era el cerebro. Y no iba a permitir que el músculo me dictara los términos de mi propia supervivencia.

—Ciento cincuenta metros para horquilla izquierda —Mi voz rompió la estática del intercomunicador. No tembló. No se aceleró. Mantuve un tono clínico, exacto, casi aburrido.

Ares no levantó el pie del acelerador. El rugido del escape invadió la cabina, engullendo cualquier otro sonido.

Ciento sesenta kilómetros por hora.

El diablo estaba al volante, pero yo tenía el mapa del infierno en mis manos.

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