Notas de Colisión

Download <Notas de Colisión> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 2 LA TELEMETRÍA DEL MONSTRUO.

El hangar principal del equipo apestaba a hierro quemado, fibra de vidrio rota y desesperación corporativa. Los mecánicos corrían de un lado a otro como hormigas alteradas, cortando los paneles laterales del coche destrozado con sierras radiales que escupían cascadas de chispas naranjas contra el suelo.

En el epicentro del caos, inamovible y furioso, estaba él.

Ares Thorne.

Se había bajado la parte superior del mono ignífugo, dejando las mangas grises atadas a su cadera. Llevaba una camiseta negra, pegada como una segunda piel a la musculatura tensa de su espalda y hombros, empapada en sudor. Imponente, de un metro ochenta y ocho de pura arrogancia contenida. El cabello rubio oscuro, revuelto por la fricción del casco, le caía sobre la frente en mechones húmedos.

Estaba arrinconando al jefe de suspensión contra una caja de herramientas, discutiendo a gritos.

—¡Te dije que ajustaras el rebote del tren delantero! —El barítono rasposo de su voz cortaba fácilmente el ruido de las sierras, cargado de una furia visceral—. ¡El coche subviró como un maldito tractor comercial! ¡No puedo atacar la línea de la curva si esta basura de metal se desliza cuando hundo el pie en el acelerador!

Leo caminó a mi lado, deteniéndose a una distancia prudente. Carraspeó con fuerza.

Ares dejó de gritar de golpe. Giró la cabeza lentamente, como un depredador que acaba de escuchar el crujido de una rama seca. Sus ojos, de un color avellana tan claro que destellaban dorados bajo los halógenos industriales, nos escanearon con una hostilidad abierta y sin filtros. Una fina cicatriz cruzaba verticalmente su ceja izquierda, otorgándole un aire permanentemente salvaje.

—Dime que ya empacaste las cosas de Martín y lo mandaste a llorar a su casa —escupió Ares, frotándose la nuca cubierta de tensión—. Si voy a correr el viernes en Mónaco, necesito un copiloto que no tenga el estómago de un niño enfermo.

—Te presento a tu nuevo navegante, Ares —Leo me señaló con un gesto cansado—. Valentina Cruz. Viene de nuestra liga satélite de formación. Es una prodigio con los cálculos de tiempo.

Ares parpadeó. Una sola vez. Y entonces, soltó una carcajada seca, ronca y completamente carente de humor que hizo eco en las paredes metálicas del garaje.

Caminó hacia nosotros con pasos lentos y pesados. Evaluó mi metro sesenta de estatura con un desdén tan denso que alteró la gravedad de la habitación. Se detuvo a menos de un metro de distancia. El calor que irradiaba su cuerpo y el olor penetrante a testosterona, adrenalina y aceite de motor me golpearon de frente. Tuve que alzar la barbilla para mantener el contacto visual.

—Esto es una maldita broma de mal gusto, Rossi —Ares ni siquiera me dirigió la palabra a mí, mantuvo la vista clavada en el director—. La chica apenas alcanza a ver por encima del salpicadero. La fuerza de aceleración le va a partir el cuello en la primera horquilla rápida. Necesito a alguien que soporte el ritmo, no a una mascota de la liga infantil para llenar la cuota de inclusión del equipo. Consígueme un hombre.

Los mecánicos más cercanos bajaron sus sierras. El silencio se tragó el oxígeno del hangar.

No sentí ira. La ira es una emoción descontrolada, inútil y estúpida. Lo que experimenté fue el instinto clínico y frío de diseccionar su ego en la mesa de operaciones.

Desplegué la hoja de telemetría que había arrancado sigilosamente de la impresora de los ingenieros al entrar al garaje.

—No fue culpa del rebote del tren delantero, Thorne —Mi voz cortó el silencio. Plana, exacta y cortante. No retrocedí ni un milímetro.

Ares clavó sus ojos en mí, la burla muriendo lentamente en su boca.

—¿Qué diablos acabas de decir?

Levanté el papel, tocando el gráfico de líneas rojas irregulares con la uña de mi pulgar.

—Dije que no fue culpa del coche. Y tampoco del estómago de Martín. Te estrellaste porque eres un piloto arrogante que ignora las leyes de la física.

La mandíbula de Ares se encajó. Un músculo saltó bajo la piel curtida de su pómulo.

—Cuidado con cómo me hablas. No sabes con quién estás tratando.

—La curva era una 'Derecha Cuatro menos, se cierra sobre rasante' —continué, ignorando su tono de amenaza barata. Leí los datos en voz alta, acribillándolo con pura matemática empírica—. Entraste a ciento treinta kilómetros por hora. Llevabas un doce por ciento de exceso de velocidad sostenida. Martín te cantó la nota a tiempo, lo vi en la marca de registro de la radio. Pero en lugar de frenar progresivamente y trasladar el peso del chasis a los neumáticos delanteros, hundiste el pedal tarde y de golpe por puras ansias de espectáculo.

Avancé un paso corto. Su pecho era un muro de piedra bloqueando mi camino, pero no me detuve hasta obligarlo a bajar la mirada hacia mí.

—Bloqueaste los discos de freno. Provocaste un subviraje masivo. El coche no giró porque le quitaste toda la tracción por pura y absoluta impaciencia. —Aplasté la hoja de telemetría contra su pecho tenso, dejándola pegada ahí con la yema de mis dedos—. No necesitas mecánicos que te ajusten la suspensión, Thorne. Necesitas cerrar la boca y aprender a escuchar a quien te lee la ruta. Porque la próxima vez que bloquees los frenos en un acantilado congelado de Mónaco, no habrá neumáticos de contención esperándote. Habrá una caída de cien metros al vacío.

Nadie respiraba en el garaje. Esperaban que Ares me destrozara a gritos o que arrojara alguna herramienta pesada contra la pared. Él, infame por sus explosiones coléricas que destruían mobiliario y carreras ajenas, se quedó completamente de piedra.

Bajó la vista hacia el papel impreso presionado contra su pecho y luego la subió lentamente hacia mi rostro. Sus pupilas estaban dilatadas, oscureciendo el dorado de sus iris. Evaluaba la frialdad de mi pulso, la firmeza estricta de mi postura. Yo no temblaba. No parpadeaba.

Sus ojos reflejaron algo indescifrable. Un destello oscuro, letal e instintivo que rozó los bordes de una fascinación retorcida.

Me di la media vuelta, dándole la espalda al piloto estrella con total y calculada indiferencia. Caminé hacia el capó masacrado del Ford Fiesta. La lámina de metal aún irradiaba calor por el fuego recién extinguido del motor. Apoyé la carpeta que Leo me había dado sobre la pintura azul rayada, saqué el bolígrafo de mi bolsillo de cuero y quité la tapa.

El clic metálico resonó en la bóveda silenciosa.

Firmé en la última página. Trazos rápidos, afilados y seguros. Mi sentencia de muerte o mi salvación financiera; el asfalto decidiría pronto cuál de las dos sería.

Dejé el bolígrafo sobre el papel y me preparé para alejarme, pero una sombra inmensa y densa bloqueó la luz de las lámparas halógenas a mis espaldas.

Ares se había movido con una rapidez depredadora silenciosa. Su pecho rozó mi espalda. Me acorraló contra el capó ardiente del coche usando la ventaja de su peso, apoyando una mano ruda, gigante y manchada de aceite a cada lado de mi cintura sobre el metal, encerrándome en su propio perímetro.

El aire abandonó mis pulmones de golpe. El calor del motor me quemó los muslos a través de la tela de los vaqueros, pero me obligué a mantener la columna recta, negándome a encogerme ante la proximidad forzada y asfixiante. Su respiración se estrelló contra la curva de mi cuello, caliente y amenazante.

—Te crees intocable escondida detrás de tus números de papel, Cruz —murmuró. Su barítono vibró directamente contra mi piel, provocando que el vello de mi nuca se erizara de inmediato—. Pero el asfalto real huele a sangre, no a tinta de impresora.

Inclinó la cabeza una fracción más, acercando sus labios a un milímetro de mi oído.

—El viernes —susurró. Cada vocal fue una promesa gélida que contrastaba con el calor de su cuerpo—. Te haré rogar que te deje salir de mi coche antes de que termine el viernes.

No me giré. Si lo hacía, mi nariz rozaría inevitablemente la aspereza de su mandíbula. En lugar de eso, sostuve mi carpeta contra el pecho, me zafé de su encierro deslizando los hombros con un movimiento rápido por debajo de su brazo, y lo miré con desdén puro.

—Entonces pisa el acelerador a fondo, Thorne. Porque la cobardía me aburre y no tengo dinero para pagarme el viaje de vuelta.

Salí del hangar sin mirar atrás, sintiendo el peso de su mirada letal clavada en mi espalda con cada paso de mis botas sobre el concreto. La guerra acababa de empezar, y ninguno de los dos estaba dispuesto a pisar el freno.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk