Capítulo 2 JAMÁS ME AMASTE
Las puertas de la mansión se abrieron y Antonella entró sin detenerse. Todo estaba impecable, como siempre, demasiado ordenado, demasiado perfecto… como si en esa casa nadie viviera realmente. No había rastro de amor, ni de discusiones, ni de nada que se pareciera a un matrimonio.
Dejó su abrigo sobre una silla y avanzó hacia las escaleras sin mirar atrás.
—Buenas noches, señora.
La voz de Marta la hizo detenerse un segundo. Antonella respiró hondo antes de girarse.
—Buenas noches, Marta.
—¿Desea que le sirva la cena?
Una sonrisa amarga apareció en sus labios, Marta había sido testigo de las noches que Nella esperaba a Vincent calentando la cena una y otra vez solo para terminar cenando sola, de las veces que la escuchaba sollozar en su habitación, de las veces que se esmeraba preparando algo con sus propias manos para que Vincent jamás llegara, como mujer sentía su dolor y entendía como había ido rompiéndose poco a poco, pero solo podía mirarla con lástima.
—No… gracias. No tengo hambre.
—¿Se encuentra bien, señora?
Antonella sostuvo su mirada apenas un instante. Por un segundo quiso decir la verdad, soltar todo, romperse frente a alguien… pero no. Ella pensaba que en esa casa no había nadie para ella.
—Estoy bien, gracias.
La mentira salió con facilidad.
—Puede retirarse a descansar. No creo que el señor vuelva… así como no volvió anoche.
Marta asintió en silencio y se retiró.
Antonella subió a la habitación y, al entrar, todo seguía igual. La cama intacta, las cortinas cerradas, el aire frío. Nada había cambiado, como si ese lugar nunca hubiera sido compartido.
Se quedó de pie unos segundos, intentando sostenerse, pero no pudo. Se sentó en la orilla de la cama y se llevó una mano a la boca, tratando de contener el llanto que finalmente la venció.
—Qué ridícula…
Negó con la cabeza, sintiendo cómo todo lo que había guardado por años se le venía encima, sintiendo como su corazón se caía a pedazos, como todo el esfuerzo que había puesto en ese hombre no había sido más que un desgaste gratuito.
—Te dije que no te enamoraras…
Cerró los ojos con fuerza.
—Te lo dijo mamá… te lo dijo todo el mundo… te dijeron que no te casaras con ese hombre, que él jamás te amaría y aun así creíste que lo lograrías.
Una risa amarga escapó de sus labios, mientras sus lágrimas no dejaban de caer.
—Pensé que si lo amaba lo suficiente… si era paciente… si me quedaba a su lado… algún día…
Se detuvo, porque ya no tenía sentido terminar la frase.
—Pero nunca fui yo.
Sus dedos se aferraron a la tela de su falda y los sollozos no se detenían, era como si una represa se hubiera roto dejando salir todo el dolor de golpe.
—Jamás tuve una oportunidad… nunca me miraste… porque nunca me amaste.
La imagen de Vincent con esa mujer volvió a su mente y algo dentro de ella volvió a romperse al saber que hiciera lo que hiciera, jamás sería suficiente para Vincent, jamás sería lo que el quería, jamás sería merecedora de su amor.
Se puso de pie y caminó hasta el espejo. Se observó con detenimiento: hermosa, elegante… pero completamente rota por dentro.
—Esto se acabó.
La puerta sonó con un golpeteo tímido, Antonella parpadeó y abrió la puerta, ahí estaba Marta, frotándose las manos con pesar.
—Señora… la buscan —dijo con cierta incomodidad.
—¿Quién?
—Una mujer.
Antonella no necesitó preguntar ya sabía quién era la mujer, asintió sin decir nada, volvió al espejo, retocó su maquillaje con precisión, jamás se mostraría débil frente a ella, aunque ella tuviera el corazón de Vincent, Nella tenía el título de esposa, por lo menos hasta que Vincent decidiera dejarla libre.
Bajó lento las escaleras con la elegancia que la caracterizaba y cuando la vio, no se sorprendió.
Scarlett estaba ahí, segura de sí misma, con esa sonrisa provocadora que Antonella ya conocía.
—Nella… qué bueno verte.
Antonella no se detuvo, solo la miró con desdén.
—¿Qué quieres, Scarlett? No eres bienvenida aquí.
Scarlett alzó una ceja, divertida, como si disfrutara cada palabra.
—Que yo recuerde… esta es la casa de mi Vin, no solo tuya, así que puedo venir cuantas veces quiera, soy su amiga, ¿Recuerdas?
Antonella no reaccionó, no le dio el gusto, solo la miró de pies a cabeza con una sonrisa sarcástica.
—Habla. ¿Qué quieres? Tengo cosas que hacer.
Scarlett avanzó un paso, acortando la distancia con evidente intención.
—Seré clara. Supongo que viste las fotos… y sabes lo que hay entre Vincent y yo —su voz se volvió más baja, más insinuante—, la pasión con la que me devoró en ese hotel… uuff, se nota que hace mucho no tocaba a una mujer.
El corazón de Antonella se rompió, pero no lo mostró, no se rompería frente a ella, no le daría el gusto, había ocultado sus sentimientos por año ante la sociedad y no dejaría caer su máscara frente a ella.
—Sí, vi la revistas, ahora todo el mundo se enteró de que eres una zorra —respondió con frialdad, sin titubear—, frente a la sociedad eres una ramera barata que se mete con un hombre casado, ahora dime… ¿qué quieres?
Scarlett tensó el rostro un segundo, pero su sonrisa regresó con rapidez.
—¿Cómo te atreves? Vin y yo nos amamos, y si tuve suerte… quizás le dé un hijo —sus palabras cayeron como un golpe directo, bajo, cruel.
