Capítulo 7 Esclava De Su Obsesión
Victoria.-
Al llegar a mi habitación me deshice del peinado, sentía que el aire me faltaba.
— Esto no me puede estar pasando, ¡NO! –grité arrojando el broche contra la pared, en ese momento mi teléfono vibró sobre la mesa de noche el corazón se me detuvo de inmediato.
Seguramente era el engreído, hijo de puta de Izan Valenti.
— Si es él voy a mandarlo al mismísimo infierno.
Miré la pantalla y no sabía si era igual o peor.
Henry Jones.
“No vemos mañana en tu presentación, hermosa. Espero que ya tengas respuesta a mi propuesta, no le queda mucho a tu laboratorio”
Leer el mensaje me provocó náuseas. No tenía idea que Henry Jones se presentaría aquí.
— No puedo terminar así –pensé por un momento en aceptar la propuesta de Chloe pero… no puedo, no después de haber estado con su prometido–. ¿Qué voy a hacer?
Mi celular volvió a vibrar sobre mis piernas, haciéndome pegar un brinco, esta vez no fue un mensaje fue un mail no reconocí el remitente era un tal Elías, pero cuando leí detenidamente el contenido.
La sangre se me heló.
(…)
Habían pasado tres días desde la gala, tres días en los que apenas había podido dormir mirando ese broche sobre mi mesa de noche como una bomba de tiempo, pero no era peor que la presencia de Henry Jones el día de mi presentación.
El implante Exodum se presentó ante la junta médica europea con total éxito en lo técnico, pero los comentarios de Henry sobre la situación financiera y el estado de mi laboratorio me puso en desventaja, una manera de presionarme para aceptar su absurda propuesta.
Lo que me obligó a arrastrarme a este despacho. En el mail que me llegó indicaba que una firma radicada en el extranjero había adquirido el total de la deuda puente de mi laboratorio.
Y esa firma era una subsidiaria directa de Izan Valenti.
— Eres un maldito parásito –siseé rompiendo el silencio, mis manos apoyadas sobre el borde de su escritorio, temblando de furia –Comprar mi deuda a través de una empresa pantalla… ¿Así es como compites? Ni siquiera sé porque me sorprende.
Izan no parpadeó, pasó la página del informe con sus dedos largos y elegantes (Los mismos dedos que conocían cada rincón de mi piel) y luego muy lentamente alzó la vista, sus ojos azules, carentes de cualquier rastro de calor se fijaron en mí.
— Son negocios, Victoria tú elegiste poner tu cuello en la guillotina del mercado financiero al pedir un préstamo sin garantías reales, yo solo compré el hacha –respondió con una calma exasperante –no te compré por miedo a tu tecnología, te compré porque puedo y porque tu implante Exodum es demasiado bueno para estar en manos de alguien tan idealista como tú.
— No te voy a vender la patente –declaro firme a pesar del pánico que me corroe las entrañas–, mañana mismo buscaré un fondo de capital de riesgo, liquidaré la deuda antes del viernes.
Soltó una risa baja, oscura, que me erizó la piel, se reclinó en su sillón de cuero y entrelazó las manos sobre su abdomen.
— No vas a conseguir ni un solo inversor –expresó con una seguridad implacable –Porque si mañana por la mañana no firmas el contrato de absorción que tengo aquí mismo, ejecutaré la deuda de inmediato, tu laboratorio será cerrado por los alguaciles el viernes a primera hora, quedarás en la calle, Victoria.
El piso pareció desvanecerse bajo mis pies. Me quedé sin aire, mirándolo con un miedo profundo, sabía que era ambicioso, pero esto… esto era una ejecución pública.
— ¿Por qué me haces esto? –mi voz se quebró finalmente–. ¿No te bastó con robar mi idea hace ochos años? ¿Con romperme el corazón? ¿Tanto me odias?
Izan se puso de pie lentamente y rodeó el escritorio con elegancia depredadora que lo caracterizaba, deteniéndose a escasos centímetros de mí, su loción de cedro y tabaco me invadió nublando mi capacidad de pensar.
— No te odio, Victoria –susurró, inclinándose hacia a mí atrapando mi mirada –Al contrario, te encuentro… fascinante especialmente cuando crees que tienes el control y descubres que estás completamente a mi merced.
Estiró su mano y con un movimiento que ya conocía, atrapó mi barbilla entre sus dedos.
Su agarre era firme, una caricia dominante que me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás.
— Tienes una opción –continuó, sus labios rozando casi los míos–, puedo darte el oxígeno que tu laboratorio necesita para seguir operando bajo tu nombre, pero el precio no se paga en dinero.
— ¿Qué quieres? –pregunté, aunque mi cuerpo, traidor y encendido por su cercanía ya intuía la respuesta.
— Te quiero a ti, en mis términos, en mi territorio –su pulgar presionó mi labio con brusquedad –cada vez que te llame, vendrás, cada vez que te ordene arrodillarte, lo harás. Serás mi secreto en la oscuridad, Victoria.
— No puedo hacerle esto a Chloe…
— Entonces dile adiós a tu laboratorio.
El chantaje era la trampa perfecta para el deseo prohibido.
Si me negaba el trabajo de mi vida moriría el viernes, porque no hay manera que acepte la propuesta de Henry Jones.
Pero, con Izan… si aceptaba me convertiría en la esclava de una obsesión que no sabía que existía y traicionaba a Chloe de la peor manera posible.
