Capítulo 2 Sometida, Atada y Temblando…
Victoria.-
El pulso me latía con fuerza en mi cuello, no sabía quién era él, tampoco me importaba solo sabía que necesitaba la oscuridad que me ofrecía.
Me puse de pie lentamente, quedando a pocos centímetros de su pecho, su altura me obligaba a mirar hacia arriba, colocándome en una posición vulnerable que él aprovechó de inmediato para deslizar su mano firme alrededor de mi cintura, pegándome a su cuerpo. De inmediato sentí la dureza de su entrepierna a través del pantalón.
Un recordatorio de lo que estaba por venir.
— Guíame –dije entregándome al control absoluto, sonrió de medio lado en medio de una expresión peligrosa y sin soltar el agarre de mi cintura.
El pasillo hacia las habitaciones privadas estaba sumido en una sombra casi absoluta, las paredes proyectando una luz carmesí sobre el suelo alfombrado. Cada paso que dábamos me alejaba de la realidad sumergiéndome en un territorio donde la razón no tenía poder.
Nos detuvimos frente a una de las puertas, revelando un espacio donde el lujo se mezclaba con el erotismo. Zion me empujó suavemente hacia el interior cerrando la puerta a nuestras espaldas.
— Date la vuelta –ordenó, su voz ya no era un susurro. Era un mandato crudo.
Obedecí, giré lentamente sobre mis talones dándole la espalda, sentí su presencia detrás de mí, sus manos bajaron hasta mis hombros apartando mi cabello hacia un lado dejando mi cuello expuesto y dejó caer su aliento caliente sobre mi piel erizada.
— Esta noche no existes, Valkirya –susurró–. Aquí solo eres mía ¿Entendido?
— Sí –respondí apenas con un hilo de voz.
— No te escucho, quiero que lo digas con claridad.
— Sí, señor –me rendí por completo a su juego.
Sus manos bajaron por los tirantes de mi vestido, con un movimiento lento, pero firme deslizando la seda hacia abajo la tela cayó sin resistencia, dejándome completamente desnuda en el centro de la habitación expuesta bajo sus ojos analíticos. El deseo se encendió en mi vientre con una intensidad devastadora.
Pude escuchar el roce de su ropa mientras de desvestía, el reflejo del techo me devolvió su imagen un cuerpo atlético, de músculos marcados. Regresó a mi espacio con una soga de seda negra, tomó mis muñecas y sin pedir permiso las llevó detrás de mi espalda.
— Camina hacia la cama, de rodillas en el borde, mirando hacia la pared –mandó, dándome un ligero toque en mi nalga que me hizo saltar.
Hice lo que me pidió, escuché sus pasos acercarse, de repente su mano grande y callosa se estrelló contra mi trasero, el sonido resonó en la habitación, seguido de un ardor agudo que hizo que un gemido escapara de mis labios.
— Eso es para que recuerdes quien manda aquí –Expresó con un tono brusco, sentí como acarició la zona enrojecida con la palma de la mano un contraste tortuoso que me volvió loca.
Sin darme tiempo a recuperarme, me tomó por las caderas sus dedos se hundieron en mi piel y me jaló hacia atrás, obligándome a ajustar mi cuerpo contra el suyo.
Sentí la dureza despiadada de su erección chocando contra mi intimidad húmeda y palpitante.
Estaba lista, completamente abierta y consumida por la necesidad de que me llenara. Él no se apresuró, deslizó sus dedos hacia adelante encontrando mi centro saturado de deseo, separó mis labios y hundió dos dedos dentro de mí con una estocada profunda que me hizo arquear el cuello hacia atrás.
Los movió dentro de mí con un ritmo despiadado, girándolos, buscando mis puntos más sensibles hasta que empecé a suplicar moviendo mis caderas contra su mano en un intento desesperado por alcanzar el clímax.
— No te muevas a menos que yo te lo ordene –gruñó en mi oído, sacando los dedos de golpe, dejándome vacía y jadeando –Mírame en el espejo, quiero que veas como te tomo.
Levanté la vista hacia el espejo del techo. A través de los agujeros de mi máscara, vi la escena...
Yo, sometida, atada y temblando. Él una figura de puro poder y control total sobre mí.
Sosteniendo mis caderas con una fuerza que dejará marcas al día siguiente, se posicionó y con un solo empuje largo, firme y devastador se hundió en mí por completo.
Un grito ahogado quedó atrapado en mi garganta, la sensación de plenitud fue tan intensa que todo mi cuerpo se tensó en un espasmo, era enorme, caliente y despiadado. Comenzó a embestirme con un ritmo salvaje que hacía que la cama crujiera bajo nuestros cuerpos.
Cada estocada era profunda golpeando mi intimidad obligándome a balancearme hacia adelante y hacia atrás.
— Eres perfecta para esto Valkirya –jadeó Zion, su respiración volviéndose errática por primera vez para él–. Tan estrecha… tan jodidamente sumisa.
El placer comenzó a construirse en mi vientre bajo, los impactos de su cuerpo contra el mío eran rítmicos. Me arrastró al borde del abismo y justo cuando sentí que iba a estallar, él se detuvo en seco, manteniéndose profundamente enterrado dentro de mí.
— No… por favor… –supliqué, girando un poco mi cabeza, las lágrimas de frustración y placer nublaron mi visión.
— Pídemelo –ordenó apretando mi mandíbula obligándome a mirarlo de reojo –Pídeme que te haga acabar, pídeme que te rompa.
— Por favor… hazme tuya… tómame fuerte –grité, perdiendo cualquier rastro de orgullo.
Esa fue la señal, yo lo sabía.
Soltó mi mandíbula, reanudando las embestidas con una ferocidad animal.
El ritmo se volvió frenético, casi doloroso por la intensidad, pero sumamente adictivo. Mi mente se apagó por completo, ya no existía nada de mi verdadero yo.
Pocos segundos después, una descarga eléctrica recorrió mis músculos, mi interior se contrajo con violencia en un orgasmo demoledor que me hizo temblar de pies a cabeza. Emití un gemido agudo que llenó la habitación.
Al sentir mis contracciones rodeándolo, Zion soltó un gruñido gutural me dio tres estocadas brutales y se corrió dentro de mí llenándome con una marea caliente mientras su cuerpo se tensaba al límite contra mi espalda.
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