Capítulo 3 03
Mina
Asentí mientras juntaba mis cejas.
—Luego el dios de la silicona me hizo el milagro —señaló sus senos—. Senos y trasero —sonrió.
—¡Yo diría el dinero de Carl! —exclamó la señora desde lejos.
Ella resopló y se retiró por la puerta por donde había entrado la señora. Yo salí de la tienda. Ya había dejado de llover, así que retomé mi camino al edificio. Cuando llevaba varios minutos caminando, me detuve en una heladería y compré una paleta de sabor a limón, mi favorito. Pagué y salí, continué mi trayecto lentamente mientras quitaba la envoltura del helado y lo observaba. Se veía tan delicioso. Miré al frente y, cuando abrí la boca para dar la primera lamida, una camioneta plateada pasó a toda velocidad a mi lado y, al pisar un charco, me llenó de agua sucia. Me detuve en seco, aún con la boca abierta. Me empapó por completo: mi cabello, mi ropa, todo. Nada se salvó y hasta tragué agua sucia.
Miré mi helado, que destilaba gotitas de agua sucia, y pude ver cómo la gente me observaba con rostros divertidos y llenos de asco.
Sacudí mis manos asqueada, corrí hasta un bote de basura y tiré el helado completo allí.
¿Quién habrá sido el desgraciado o desgraciada que hizo eso?
Comencé a dar pasos largos y, luego de unos minutos, llegué al edificio y entré. Obviamente todos me miraban; era tan deprimente. Al llegar al apartamento me quité todo y entré a la ducha para darme un baño profundo y cepillarme los dientes. Esperaba no enfermarme.
Ya con ropa cómoda, marqué y pedí mi ensalada de todos los días. Mi madre me hacía todo y nunca aprendí a cocinar, por eso mientras había estado aquí compraba comida. Sí… sabía que eso no ayudaba a mi bolsillo.
La ensalada llegó y comencé a comer.
Las horas después del almuerzo se resumían en dormir. Soy extremadamente dormilona; puedo dormir muchas horas al día. Así que luego de mi rica comida me fui a dormir.
Al día siguiente me levanté temprano y me dirigí a ese lugar. Créanme, lo pensé durante la noche: nunca había cuidado niños. La única criatura pequeña que había cuidado era el perrito de mi tía Lily y era un desastre. Entonces, sin perder más tiempo y ya lista, me marché hacia allí.
Luego de casi una hora logré llegar y entré. Pude ver a la señora vestida con su impecable vestido rojo detrás del escritorio. De inmediato me observó con seriedad.
—Viniste —comentó mirando la computadora mientras movía sus dedos frenéticamente sobre el teclado.
—Sí, voy a querer el trabajo —me detuve frente a ella.
Ella sonrió mirando la laptop.
—Me imaginé.
—¿Cuándo comienzo?
Ella sonrió y me acercó una hoja.
—Ahora mismo. Llena esa planilla.
Asentí y eso hice: completé todo lo que preguntaban sobre mí, sobre todo mis datos personales.
Y entonces los teléfonos empezaron a sonar.
—Veremos qué niño cuidarás hoy —ella movió sus dedos mirando los tres teléfonos rojos sobre el escritorio—. Seleccionaré este. Mina, hoy será tu día de suerte.
Levantó uno de los teléfonos y habló. Después de unos minutos colgó y me observó con el ceño fruncido.
—¿Qué ocurre?
—Nada. Quieren tu servicio a partir de las ocho de la noche y vendrán por ti a esa hora.
Asentí lentamente.
—Muy bien… Entonces vuelvo por la noche.
El teléfono volvió a sonar y ella atendió. Me detuve al ver el ademán que hizo con su mano.
Después de que terminó de hablar, me observó con atención.
—Necesitan un servicio por dos horas para cuidar a un niño. ¿Lo quieres o esperas hasta las ocho?
Más dinero, obviamente.
—Lo quiero —asentí.
—Perfecto —ella se agachó, desapareciendo detrás del alto escritorio. Después se levantó y me entregó un vestido del mismo color y modelo que usaba la chica del día anterior, junto con unas zapatillas—. Póntelo, que vendrán por ti en cinco minutos.
—Sí, por supuesto.
