Capítulo 2 02
Mina
Mi corazón dio un brinco.
—Sí, por supuesto —asentí.
—Bueno, es un empleo de tiempo completo. Esto es una agencia de niñeras —la señora sacó de una cajita una tarjetita rectangular de color rojo y la extendió hacia mí mientras me observaba con seriedad.
Me acerqué con pasos lentos y tomé la tarjeta que decía: «No deje a su hijo solo. Solicite su niñera 06377337».
Levanté la mirada para encontrarme con sus ojos azules claros.
—¿Me explica? —la observé fijamente.
—Claro —tragó saliva con suavidad y entrelazó sus manos mientras me miraba—. Es sencillo. En este lugar hay chicas disponibles para el servicio de niñera. Si alguien necesita una, simplemente llama y le proporcionamos lo que requiere. Veo que eres joven y, por lo general, buscan chicas como tú.
Asentí.
—¿Quieres? Solo me queda un puesto —hizo una pausa—. Si necesitas trabajo rápido, este es el lugar.
—Sí, lo necesito… —miré la tarjeta.
—Entendido —miró la laptop sobre su escritorio blanco—. Solo te diré las desventajas.
—Escucho con atención —asentí rápidamente y sonreí.
—Niños —comentó con seriedad—. Ventajas: dinero. La paga es muy buena; la mayoría de las personas que solicitan nuestros servicios son adineradas.
Parpadeé y dejé de sonreír.
—Pero…
En ese momento la campanita sonó y me giré para mirar a la persona que entró. Era una chica más o menos de mi edad que llevaba un vestido que llegaba a sus rodillas, con un pequeño lazo blanco en la cintura y zapatillas blancas. Pero lo que más llamaba la atención era su cabello castaño: del lado derecho estaba corto, algo disparejo y llegaba a sus mejillas; del lado izquierdo llegaba hasta sus caderas.
La castaña se detuvo frente a nosotras y se secó el rostro lleno de lágrimas.
—¡Solo me quedé dormida un maldito minuto! —levantó su dedo índice mirándonos a ambas—. ¡Un maldito minuto! ¡Y la niña asquerosa esa comenzó a jugar conmigo como si fuera una de sus Barbies! —sollozó—. ¡Y mira lo que hizo! —comenzó a llorar con fuerza.
La señora sacó un pañuelo y se lo entregó. La chica lloraba con intensidad y luego, con el paño, se sonó la nariz.
—¡Esa niña hizo que mi deseo de ser madre desapareciera! —exclamó mientras veíamos cómo bajaba secreción nasal por su nariz.
Yo señalé mi nariz sutilmente mientras la miraba fijamente.
Ella aspiró y el líquido subió. Era tan repugnante, pero gracioso.
—¡No la soporto! —lloró con tristeza y el líquido volvió a bajar.
—Oye, eh… —señalé nuevamente mi nariz.
La señora suspiró exasperada.
—¡Limpiaste los mocos, Bett! —pronunció entre dientes y le lanzó otro paño al rostro.
La chica aspiró otra vez, se limpió la nariz y después el rostro.
—¡Y deja de llorar, que ibas a casarte y cancelaste la boda solo porque Carl tenía orejas grandes y tu hijo las iba a heredar! —la regañó—. ¡Ahorita estarías en algún lugar del Caribe, bastarda!
—¡Mamá! —exclamó ella llorando, pero más calmada.
Las miré a ambas. Ya entendía su parecido.
—Si quieres el trabajo, preséntate mañana a las siete AM —la señora se retiró por una puerta blanca.
Miré a la chica y ella ya lo hacía.
—Es que no quería que le pusieran de apodo Dumbo —murmuró—. En la escuela ponen apodos —tomó una bocanada de aire—. A mí me decían chata, porque no tenía trasero.
