Capítulo 6 6
-En realidad, yo tampoco lo sabía. No tenía idea de que no me gustaba la comida que tú haces.
Zoé no tuvo tiempo de preguntar qué quería decir con eso, porque en ese momento, Eduard estiró el brazo y atrajo hacia sí el plato de verduras en escabeche que estaba frente a ella.
Fingió usar los cubiertos para explorar el contenido del plato antes de recoger un trozo con precisión y llevárselo a la boca.
El sabor era desconocido para él. Un equilibrio peculiar entre lo picante, lo ácido y un toque de dulzor.
-Tus habilidades culinarias no son malas -dijo, dejando los cubiertos con elegancia sobre el plato-. Señora Cole, ¿cuándo se enteró usted de que esto no me gustaba?
Recordaba que Zoé había subido enfadada esa mañana, incluso se había acostado a un lado de la cama murmurando que él era pretencioso.
¿Había sido porque la señora Cole la trató injustamente?
El tono helado de su voz hizo que la señora Cole se estremeciera. Inconscientemente, se escondió detrás de Lily.
Eduard continuó:
-¿No dice nada, señora Cole? ¿Cree que no necesita explicarse conmigo porque soy ciego?
Su voz estaba impregnada de una frialdad que parecía congelar el aire del comedor.
De pronto, la señora Cole cayó de rodillas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Yo... No debí decirle esas cosas a la señora...
Eduard solía parecer bondadoso, incluso apacible, pero cuando se enfurecía... nadie podía soportarlo.
-Pero, señor, no lo hice con mala intención. Solo pensé que no era necesario que ella cocinara... es agotador para una chica tan joven...
Eduard sonrió con calma y alzó la vista hacia ella.
-¿Y quedó satisfecha con arruinar el desayuno que mi esposa preparó con esfuerzo para mi?
El silencio se extendió como una ola helada por el comedor.
Las palabras de Eduard sorprendieron no solo a la señora Cole y a Lily. Incluso Zoé abrió los ojos con asombro.
¿Eduard... me está defendiendo?
Temblando, la señora Cole replicó:
-¡No lo arruiné! No tiramos el desayuno... Lily y yo... nos lo comimos...
La sonrisa en los labios de Eduard se tornó aún más gélida.
-Parece que ustedes son más señoras de la casa que yo.
Con un golpe sordo, Lily también cayó de rodillas sin pensarlo.
La señora Cole se arrastró hasta las piernas de Zoé.
-Señora, por favor, tenga piedad... Solo tenía miedo de que, al llegar, pensara que los sirvientes no la cuidábamos bien. No quise que cocinara por su cuenta...
Por su edad, la señora Cole podía ser considerada casi como una madre para Zoé.
¿Cómo podría soportar verla rogando de esa manera?
Zoé frunció los labios con cierta rigidez.
-Esposo, la señora Cole no lo hizo con mala intención. Si quieres probar mi comida, la haré de nuevo...
Mientras hablaba, se levantó para ir a la cocina.
Pero justo cuando pasó junto a Eduard, él le tomó la mano y la atrajo, haciendo que se sentara en sus piernas, junto a su pecho.
Aquella fragancia fresca, masculina, con un toque a menta, la envolvió por completo, y Zoé se sonrojó al instante.
Eduard rodeó su cintura con un brazo y le susurró con voz profunda:
-¿Cómo me llamaste justo ahora?
Zoé se sonrojó aún más.
-Te... te llamé esposo.
-¿Y qué preparó mi esposa para el desayuno?
-Panqueques de mantequilla, tocino... unas papas al horno que yo misma hice...
Eduard la miró con una sonrisa en los labios, y luego depositó un suave beso en su frente.
-Entonces, hazme otro desayuno mañana, ¿sí?
Zoé frunció los labios.
-¿Y el desayuno de hoy?
-Solo come algo -respondió él con ternura mientras la soltaba-. Vas a llegar tarde.
Fue entonces que Zoé, algo aturdida por el momento, miró la hora y se dio cuenta:
-¡Oh, no! ¡Voy a llegar tarde!
Eran casi las ocho, y ella tenía clase a las ocho y media.
Devoró a toda prisa unos bocados al azar antes de subir rápidamente a cambiarse de ropa y tomar su bolso.
Cuando bajó de nuevo, no vio a la señora Cole por ningún lado. Lily seguía arrodillada en el mismo sitio.
Eduard, quien mantenía las gafas negras puestas, aún bebía su leche con lentitud.
Probablemente la oyó bajar las escaleras, porque dijo con voz tranquila:
-Le pedí a un chofer que te lleve a la universidad. Vuelve temprano cuando termines.
Zoé se sonrojó.
-Gracias.
-Señor, ya le dije a la señora Cole lo que me pidió.
Seguramente fue a informarle a esa persona.
Después de que Zoé se marchó, Eduard habló lentamente:
-Levántate.
Se acomodó con elegancia en su silla de ruedas.
-Hay algo que no logro entender. Tanto tú como la señora Cole fueron enviadas por mi abuelo. Entonces, ¿cómo es que el tío Donny logró sobornar a la señora Cole pero no a ti?
Lily palideció al instante. Con un ruido sordo, volvió a arrodillarse en el suelo.
-¿Es porque tienes otras órdenes? -preguntó Eduard mientras tomaba un pañuelo de papel y se limpiaba la boca con elegancia-. No te haré nada por ahora. Después de todo, mi abuelo te envió para vigilarme. Deberías reportarle lo siguiente: me molesté y alejé a la señora Cole para proteger a Zoé.
Los ojos de Lily se iluminaron.
-¡No se preocupe!
....
-Gracias, James.
Zoé, con el bolso en la mano, abrió la puerta del auto cerca de la Universidad de Ayrith y luego corrió hacia el edificio.
La luz de la mañana brillaba sobre su cola de caballo, dándole un aire enérgico y juvenil.
Apenas su figura desapareció de su vista, el conductor sacó su teléfono y realizó una llamada.
-Señor, la señora se bajó del auto a dos calles de la universidad.
La voz grave del hombre apenas se oyó al otro lado.
-¿Qué dijo?
-Que nuestro coche es demasiado lujoso. No quiere que la gente sepa que está casada con un hombre rico.
-Bien. Hazle caso.
Zoé, sin aliento, entró al aula tres minutos antes de que comenzara la clase.
Laura la miró, desconcertada.
-¿De verdad viniste?
Zoé se limpió el sudor de la frente.
-¡Gracias a Dios que no llegué tarde!
Seguía igual que siempre: vaqueros descoloridos, camiseta blanca, cola de caballo alta y sin una gota de maquillaje.
No había en ella rastro alguno que indicara que era la esposa de alguien.
Después de secarse el sudor, sacó su libro de texto y el cuaderno con total seriedad.
-El profesor debería terminar de explicar la teoría anterior hoy, ¿verdad?
Laura la observó como si estuviera viendo un fantasma.
Si no recordaba mal, el apuesto y ciego esposo de Zoé tenía veintiséis años.
Nunca había estado con una mujer. Así que, después de casarse...
¡Debió ser salvaje y apasionado!
Pero entonces, ¿por qué no había marcas en el cuello de Zoé?
¿Por qué no hablaba con voz ronca?
