Capítulo 3 Capítulo 3
Alexander solo observaba a la pequeña chica quien batallaba con sigo misma para tratar de resistir a toda costa, que algo fuera a salir de su boca. Vance la tomó por los brazos y la alzó sobre sus piernas quedando sobre su regazo. Aún era él quién ponía ritmo y sonrió cuando Helena recostó su cabeza sobre su hombro, podía escuchar su respiración acelerada, Alexander decidió que era momento de ponerle más ritmo a sus movimientos y así lo hizo. Tanto fue la abrumadora sensación que su pene le hizo sentir que sin querer soltó un sollozo de placer, tan agudo y sensible que claro que no pasó desapercibido para Alexander.
Paró sus movimientos y Helena lo miró aterrada, esperaba lo peor, tal vez una bofetada como era su costumbre, según lo que contaban de él y después de eso los azotes sobre el sillón, pero lo que jamás esperó fue que Alexander volviera hacer el mismo movimiento de cadera para que ella pudiera sollozar de nuevo.
La rubia quiso reprimirlo esta vez, pero Alexander quitó la mano de su boca y le dijo...
—Hazlo de nuevo. —Con sus pupilas dilatadas al pedírselo.
Helena no podía entender por qué le pedía eso cuando sus reglas eran no hacer sonido alguno, pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Alexander empezó a follarla de nuevo, aún más rápido. No pudo más, necesitaba desahogarse y entonces empezó a soltar gemidos con su dulce y aguda voz.
—¡AAH! ¡aaah! ¡aaah! —Vance sonrió y volvió a recostarla en la cama poniendo su oído cerca de la dulce boca de la prepago. Ese sonido en vez de enfurecerlo, causó algo que jamás hubiera imaginado y era ponerlo aún más caliente de lo que ya estaba, era algo que incluso para él había resultado toda una sorpresa.
—Di mi nombre —le pidió cuando estuvo a punto de correrse.
Helena soltó otro gemido seguido del nombre de Vance cuando ambos se corrieron al mismo tiempo. Alexander ni siquiera salió de ella cuándo acabó y empezó a moverse de nuevo, haciendo que empezara a gemir otra vez, ya que su sensible cuerpo estaba al cien.
—Señor Vance... —Alexander la miró como si se tratara de una auténtica locura—. Tiene que pagar extra si lo volvemos hacer.
Helena le pidió y el sonrió.
—Te pagaré toda la jodida noche si sigues diciendo mi nombre...
Helena llegó hasta el otro día a su departamento, con zapatillas en mano y el cabello enmarañado, eran las 7 a.m. y caminaba de una forma extraña.
Estaba demasiado exhausta y le dolía el cuerpo, apenas entró a su habitación se recostó sobre la cama dispuesta a dormir por todo el día si le era posible, pero Leyna la interrumpió.
—¿Cuántos clientes tuviste? —preguntó al ver a su amiga demasiado cansada.
Helena alzó su mano y levantó un dedo. Leyna Abrió los ojos, sorprendida.
—¿Uno solo te hizo esto? —La señaló sentándose en la cama junto a ella—. Alexander Vance —atinó a decir.
Helena soltó un puchero y escondió su rostro en su almohada respondiendo.
—Fue tan intenso —exclamó—. Y extraño.
Leyna se paró de la cama negando con la cabeza.
—Te dije... extraño es el segundo nombre del señor Vance. —Se tranquilizó al ver bien a su amiga, solo estaba exhausta, así que la dejaría descansar—. Espero y no se te haga costumbre, sabes lo que pasa cuando un cliente se interesa mucho en ti —le recordó, aún que no quisiera Helena tenía que tener ese detalle bien presente. La rubia asintió cabizbaja.
—Bruno no puede saber que pasé toda la noche con el señor Vance o me castigará. —Su expresión preocupada hizo que Leyna la mirara con agobio.
—Esperemos que no corazón, no puedo verte como la última vez. —Helena escondió de nuevo su rostro entre su almohada y su amiga comprendió que no quería hablar más del tema y lo entendió, era muy delicado para ella revivir lo de siempre.
Mientras se encontraba en un sueño profundo, Helena apareció en su niñez, esa etapa que para cualquier niña tendría que ser un hermoso recuerdo para Helena solo fue el inicio de su infierno. No conoció a su madre, pues ella había sido causante de su muerte al darle la vida, era algo que siempre le recordaba su padre, ese señor que la despreció desde su nacimiento. Helena había sido autosuficiente, incluso a la corta edad de 12 años cuidaba de su padre cuando llegaba ebrio y también se encargaba de trabajar para ambos, jamás tuvo una vida fácil, pero nunca se dio por vencida porque soñaba con ir a la escuela y terminar una carrera, tener un buen trabajo y comprarse una casa para ella y su padre, pero Edek Jacov no tenía los mismos planes para su pequeña hija.
Una noche de julio su vida cambió, Edek llegó a altas horas de la noche y como era costumbre, ebrio hasta caerse. Levantó a Helena de su cama y empezó a sacar su ropa de los cajones.
—¿Qué pasa? —La pobre Helena preguntó restregando sus ojitos somnolientos.
Su padre solo dijo "vístete" con voz urgida.
