Capítulo 5 Bajo el mismo techo
La puerta se cerró detrás de mí. El sonido fue definitivo. Seco e irreversible.
No era una casa; era una jaula de cristal y acero. El vestíbulo me recibió con mármol oscuro y líneas tan limpias que resultaban hostiles. Todo estaba diseñado para imponer, para recordarme que mi presencia allí no era un deseo, sino una rendición.
—Bienvenida —dijo Sebastián a mis espaldas—. A tu nuevo hogar.
No me giré. No iba a darle el gusto de ver la derrota en mis ojos.
—No lo llames hogar. Es donde guardas lo que compras.
—Llámalo como quieras, Valeria. Pero es el lugar donde vas a vivir a partir de ahora.
Me crucé de brazos, sintiendo el vacío del inmenso salón.
—Esto no es vivir. Esto es estar cautiva.
—Depende de cómo juegues tus cartas.
Me giré bruscamente. Su calma me sacaba de quicio.
—Esto no es un juego, Sebastián. Es mi vida.
Él dio un paso hacia mí. Lento. Controlado. Como un depredador que sabe que su presa ya no tiene escapatoria.
—Todo es un juego. La diferencia es que algunos mueven las piezas y otros solo esperan a que se las coman.
—No soy una de tus piezas.
—No —susurró, acortando la distancia—. Eres la única pieza que vale la pena mover.
Sus palabras me golpearon en el estómago. No era un cumplido; era una declaración de propiedad. Me obligué a sostenerle la mirada.
—Deja de hablar como si esto fuera normal.
—No lo es. Por eso necesitamos reglas. Y a partir de hoy, mis reglas son tu ley.
Solté una risa amarga.
—¿Más condiciones? ¿No fue suficiente con el contrato?
Sebastián ignoró mi sarcasmo y empezó a enumerar, su voz volviéndose glacial:
—Primera regla: nadie fuera de esta casa sabe la verdad. Este matrimonio es real para el mundo, y eso es lo único que importa.
—¿Y qué gano yo con esa farsa?
—Protección. Pasas de ser una sospechosa de fraude a ser una Montalvo. Eres intocable mientras estés conmigo.
Odiaba que tuviera razón. Mi apellido era barro; el suyo, una armadura.
—Segunda regla —continuó—: no interfieres en mis negocios. Jamás.
—Ni tú en los míos.
—Tus negocios ya son míos, Valeria —me corrigió. Su voz no admitía réplica—. Firmaste. Todo lo que te pertenece, ahora me pertenece a mí. Aquí, el poder lo tengo yo. Y si lo dudas… intenta salir por esa puerta.
El desafío quedó suspendido en el aire, pesado como el plomo. Di un paso hacia él, invadiendo su espacio. La rabia me devolvió el calor.
—Firmé para sobrevivir, no para convertirme en tu esclava.
—Cuidado —advirtió en un susurro peligroso—. Estás confundiendo orgullo con poder.
—Y tú estás confundiendo control con derecho.
Estábamos demasiado cerca. Podía ver el destello oscuro en sus pupilas.
—Tercera regla —añadió sin apartarse—: compartimos esta casa, pero no esta cama. No voy a tocarte. No te preocupes.
—¿Te doy asco ahora? —pregunté antes de poder frenarme.
Una leve sonrisa, cruel y cargada de una promesa oscura, cruzó su rostro.
—Porque cuando te toque, Valeria… no será parte de un contrato. Será porque me lo pidas.
Mi respiración se alteró. Maldita sea.
—Eres insoportable.
—Y tú reaccionas demasiado. Tu habitación está en el segundo piso, ala derecha. La mía, en la izquierda. Mantén la distancia.
Me giré para irme, pero su voz me detuvo de nuevo.
—Valeria. Hay una última regla. No confíes en nadie.
—Eso ya lo aprendí.
—No —dijo él—. Aún no. Lo que está pasando es mucho más grande de lo que crees. El fraude es solo la superficie.
—¿Qué hay debajo?
—Todavía no lo sé. Aún no sé en quién confiar.
—¿Y en mí sí?
Él guardó silencio. Me observó un segundo. Dos.
—No —respondió finalmente.
—Perfecto. Porque yo tampoco confío en ti.
—Bien. Eso nos mantendrá vivos.
Subí las escaleras sin mirar atrás. Cada paso era una afirmación: no iba a romperme. Entré en mi habitación, cerré la puerta y apoyé la espalda contra la madera.
Entonces, mi teléfono vibró. Número desconocido.
—¿Sí? —contesté, mi voz apenas un susurro.
—Así que ya estás dentro de la boca del lobo —dijo una voz distorsionada—. Pregúntale a tu esposo qué escondió tu padre realmente. El sótano de esa casa no está vacío, Valeria. Busca lo que falta.
La llamada se cortó. Me quedé inmóvil. No era solo una venganza. No era solo un contrato. Estaba en el centro de un nido de víboras y acababa de casarme con la más peligrosa de todas. Sebastián no sabía una cosa:yo también estaba jugando.
Y esta vez… no iba a ser la presa.
