Capítulo 3 Capítulo 3
Por la noche hago una videollamada con Claudia, mi mejor amiga, mientras cocino algo de arroz para cenar.
—¿¡Cómo que vas a ser la esposa de tu jefe!? —repite Claudia, sus ojos abiertos llenan la pantalla de mi teléfono.
—¡Su falsa esposa! —aclaro rápidamente, agitando la cuchara de madera como si pudiera dispersar la sorpresa—. Mira, lo que menos me importa es eso, yo solo quiero vacaciones… Estoy cansada del trabajo y de lo monótona que es mi vida. Además, tampoco va a ser tan difícil, ni siquiera tengo que darle besos ni dormir con él.
Claudia ladea la cabeza, con expresión incrédula.
—Pero ¿no te parece raro que te haya elegido a ti?
—No, me dijo que es porque soy la única soltera y sin hijos de la empresa, y es cierto. También está Elena, la otra soltera, pero ya tiene sesenta años y dudo que quiera presentarle a alguien mayor a sus padres… —replico, revolviendo la comida con la cuchara de madera. Chasqueo la lengua al notar el arroz pegándose al fondo de la olla. El olor a quemado se mezcla con las especias—. En fin, ¿sabes lo único que me inquieta?
—¿Que siendo tan galán esté soltero? —pregunta Claudia, frunciendo el ceño. Niego con la cabeza.
—Quiero saber, ¿por qué les miente a sus padres? Digo, ¿cuánto tiempo estuvo mintiendo diciendo que tenía una relación cuando en realidad estaba soltero? —expreso, con las palabras corriendo en mis labios. Claudia hace una mueca pensativa y luego se encoge de hombros, su imagen se vuelve borrosa por la mala conexión.
—¿Será gay y sus padres unas personas de mente cerrada? —interroga.
Arqueo las cejas, sorprendida por la posibilidad. Siempre vi a Alejandro como alguien reservado, pero muy coqueto y claramente muy masculino. Sin embargo, podría ser que mi percepción falle, por algo siempre elijo mal a los hombres.
—¿Se enojará si le pregunto? —cuestiono, lo medito por un instante y suspiro—. Prefiero no arriesgarme, lo que falta es que lo ofenda y me deje sin vacaciones. Además, ¿qué es esto? ¿Una copia barata de Cincuenta sombras de Grey?
Claudia suelta una carcajada. Luego, hace una mueca burlona.
—Yo creo que te da miedo confirmar las sospechas y perder un crush…
—¿Un crush? —la interrumpo arrugando la nariz—. Para que sepas, es mi jefe, nunca lo vi con otros ojos… ¡Y además lo odio! Me parece muy arrogante y si acepté esta propuesta es solo…
—Por las vacaciones, sí —termina diciendo por mí—. ¿Ya armaste las maletas?
—Aún no, ni siquiera sé si aceptar, Clau.
Claudia entrecierra los ojos, cruzando los brazos frente a la pantalla.
—¿Cómo que no sabes si aceptar? ¡Me dijiste que ya confirmaste!
Me quedo callada, notando el leve hervor del arroz en la olla. En efecto, ya había aceptado, pero la idea de fingir una relación con Alejandro me tiene con los nervios a flor de piel. No me gusta la incertidumbre, y menos cuando se trata de un hombre que parece tener más secretos que una novela de suspenso.
—Acepté en mi cabeza, no se lo confirmé a él directamente, todavía tengo mis dudas. Es que estoy pensando cómo voy a manejarlo. Alejandro es tan… intimidante.
—¿Intimidante? ¿O estás diciendo que es tan guapo que te pone nerviosa?
—¡Claudia! —exclamo, rodando los ojos—. No es eso.
—Sí, claro, seguro que no —replica con una sonrisa burlona—. Bueno, yo digo que hagas las maletas, te pongas un buen bikini y te prepares para disfrutar de esas vacaciones. Si al final del viaje no descubres por qué está fingiendo, al menos tendrás un bronceado de envidia.
Miro la pantalla con una mezcla de resignación y diversión mientras Claudia me lanza un beso de despedida.
Suspirando, desconecto la llamada y empiezo a buscar mi ropa. Si bien no pienso demasiado en el motivo detrás de todo esto, no puedo evitar sentir que estoy entrando en un terreno desconocido. ¿Qué clase de hombre necesita una falsa esposa y por qué justo yo?
Reviso mi armario, pero pronto me doy cuenta de que no tengo idea de qué llevar. ¿Formal, casual, elegante? Decido que lo mejor será hablar directamente con Alejandro.
Al día siguiente, llego a la oficina un poco antes de lo habitual. Me siento nerviosa mientras espero que él llegue.
Sentada en mi escritorio, reviso los correos, pero no logro concentrarme. Miro el reloj, preguntándome cuánto falta para que Alejandro llegue, cuando, de repente, una voz detrás de mí me hace dar un respingo.
