Capítulo 2 Capítulo 2
¿Escuché mal o me está pidiendo que sea su esposa? Sí, habré escuchado mal. Alejandro me está mirando con esos ojos verdes y calculadores, esperando que responda. Mi cerebro, sin embargo, no logra procesar la información. Tal vez porque llevo tres años trabajando en su agencia de viajes sin unas malditas vacaciones, o tal vez porque nunca he tenido una conversación fuera de lo estrictamente laboral con este hombre.
—Perdón, ¿qué dijiste? —balbuceo, tratando de no sonar como una completa idiota.
—Necesito que finjas ser mi esposa durante dos semanas —lo repite sin pestañear, un poco más relajado, como si fuera la cosa más normal del mundo—. A cambio, tendrás unas vacaciones pagadas en un destino paradisíaco.
Vacaciones pagadas. ¿Está de broma? ¿Qué está pasando aquí? Me esfuerzo por no reírme mientras él sigue observándome desde su elegante despacho, como si no acabara de tirar una bomba. Yo solo quería salir de la oficina, llegar a casa, meterme en la cama y fantasear con una playa tropical, pero ahora...
—¿Por qué yo? —logro preguntar, cruzándome de brazos. Si me va a pedir algo tan ridículo, al menos quiero saber por qué eligió a la más cansada de sus empleadas.
Alejandro se inclina sobre su escritorio, apoyando ambas manos sobre la superficie pulida. Sus ojos permanecen fijos en los míos y, aunque me siento incómoda, no desvío la mirada.
—Eres la empleada que lleva más tiempo aquí, puedo confiar en ti. Además, eres soltera y sin hijos… ¿o me equivoco?
Me quedo en silencio, porque no tiene sentido negarlo. Está en mi expediente. No tengo hijos, ni pareja, ni gatos, ni nada que pueda interponerse en mi agenda de fingir ser la esposa de un hombre al que apenas conozco fuera del trabajo. Increíble. Respiro profundo, intentando encontrar alguna señal de que esto es una broma, una cámara escondida, cualquier cosa que me permita volver a mi rutina diaria.
—¿Qué gano yo con esto, además de las vacaciones? —pregunto finalmente, porque si voy a considerar esta locura, necesito algo más que un viaje de ensueño.
—Descanso completo, todo incluido. Y un bono sustancial al finalizar, por mantener la discreción. No es nada personal, Isabel, simplemente necesito cumplir con una formalidad familiar y no quiero involucrar a nadie más.
“No es nada personal”. Como si fingir estar casada con tu jefe no fuera algo personal. Estoy tentada a rechazarlo, a decirle que está completamente loco, pero luego recuerdo las palabras mágicas: vacaciones pagadas.
—¿Y si alguien se entera de que es una farsa? —pregunto, intentando no parecer desesperada por un poco de sol.
Alejandro se cruza de brazos, sin perder la compostura.
—Nadie se enterará. Lo he organizado todo. Será un viaje discreto, solo estaremos tú y yo, en un lugar donde nadie nos conoce. Y, por supuesto, todo será más que profesional.
Me observo por un segundo desde fuera: la chica que nunca ha salido de la ciudad, a punto de aceptar irse de "luna de miel" con su jefe. Todo esto es un desastre potencial, pero uno que suena demasiado tentador como para dejarlo pasar.
—¿Qué tendría que hacer exactamente? —pregunto, ya rindiéndome al absurdo de la situación.
—Solo fingir que estamos casados. Te presentarás como mi esposa ante mi familia, te relajarás, disfrutarás de las instalaciones del resort y, después de unas semanas, todo volverá a la normalidad. —Alejandro me mira con esa seguridad imperturbable que siempre me ha sacado de quicio, pero que ahora parece reconfortante.
Me quedo en silencio. No es una mala oferta. De hecho, considerando que llevo tres años organizando las vacaciones de otras personas sin siquiera un descuento en clase turista, es más que atractivo. Un pequeño riesgo por una gran recompensa. Me relamo los labios antes de soltar la última pregunta que queda en mi mente:
—¿Tendré que dormir contigo?
Alejandro levanta una ceja, divertido.
—Por supuesto que no. Tendremos habitaciones separadas. No soy un monstruo.
Antes de que pueda responder, Alejandro saca un contrato de su escritorio y lo coloca frente a mí. Es delgado, pero tiene varias páginas. No puedo evitar reír de nervios: por supuesto que lo tiene todo planeado. Respiro hondo y empiezo a leer.
Cláusula 1: No habrá contacto físico innecesario, incluyendo, pero no limitado a, besos, abrazos o gestos afectivos.
Miro a Alejandro de reojo. Él se limita a asentir con expresión seria. Sigo leyendo.
Cláusula 2: Se mantendrá una relación estrictamente laboral durante la estadía.
Nada de cenas románticas ni momentos incómodos a solas. Me siento un poco más aliviada.
Cláusula 3: No se compartirá habitación. Se asignarán suites separadas en el hotel o resort designado.
Bien, nada de problemas ahí.
Sigo leyendo, pasando por más detalles sobre los horarios de vuelos, los arreglos para las comidas, y las responsabilidades que tendré como "esposa ficticia". Todo parece más formal de lo que me esperaba.
—¿Es real todo esto? —murmuro, levantando la mirada.
—Es completamente real, Isabel —responde Alejandro con la misma calma inquebrantable.
De nuevo, bajo la vista al contrato. La última cláusula llama mi atención.
Cláusula 7: El empleado se compromete a mantener total confidencialidad sobre la naturaleza de este acuerdo durante y después del viaje. Cualquier violación de esta cláusula resultará en la nulidad de los beneficios ofrecidos y posibles acciones legales.
Suspiro. No es solo una broma pasajera o una locura espontánea de mi jefe. Está preparado para protegerse de cualquier filtración o problema. Esto es un negocio.
—¿Tendré algún problema legal si algo sale mal? —pregunto con más seriedad, apuntando la cláusula con el dedo.
—No, siempre y cuando cumplas con el contrato. Es una formalidad, nada más. —Alejandro se inclina ligeramente hacia atrás, sus ojos todavía fijos en mí—. Isabel, son solo dos semanas. Dos semanas para que ambos cumplamos con nuestras obligaciones y luego todo volverá a la normalidad.
Termino de leer el documento y, aunque mi mente me grita que esto podría salir mal de tantas maneras, la promesa de unas vacaciones pagadas me hace inclinar la balanza. Llevo tres años sin un respiro, y esto podría ser la oportunidad que estaba esperando.
—Lo pensaré —digo, aunque sé que ya he tomado una decisión.
Alejandro asiente, tranquilo.
—Tienes hasta mañana para darme una respuesta. El vuelo sale en dos días.
Me levanto lentamente, recogiendo mis cosas y dirigiéndome hacia la puerta, pero antes de salir, Alejandro habla de nuevo.
—Isabel... —Su voz me detiene—. Confío en que tomes la decisión correcta. Será algo inolvidable.
Lo miro por encima del hombro, todavía procesando todo lo que ha sucedido. Inolvidable, sin duda. Esa es justamente la parte que me asusta.
