Capítulo 6 CAPÍTULO 6
El salón estaba en silencio. Solo se oía el tic-tac de los relojes electrónicos y la respiración apretada de los dos finalistas sobre el tablero iluminado.
Santiago de la Vega, con el número siete, llevaba veintiocho minutos pensando una jugada. Tenía la frente sudada bajo la máscara y las manos apretadas sobre las rodillas. Al frente, el número doce movía las piezas con una calma que no le pertenecía a un niño de seis años.
Sergio, desde la zona de acompañantes, miraba sin parpadear. Su hijo le había pedido una sola cosa antes de salir del cuarto esa mañana.
—Papá, no pongas cara de que te importa mucho su gano. Me pones nervioso.
Y Sergio había puesto la cara más neutra que tenía, que era la cara de cerrar contratos millonarios, aunque por dentro estaba preocupado.
—Jaque mate.
La voz del número doce sonó casi aburrida. El árbitro verificó, levantó la cabeza y lo confirmó. Aplausos, cámaras, bullicio, todo paso como en cámara lenta para Santiago. Le pusieron a Santiago la medalla de plata sin que él volteara a mirarla. Apretón de manos protocolario sobre el tablero, foto oficial con la sonrisa más falsa que pudo, y apenas el árbitro se alejó, Santiago caminó hacia la salida del salón sin mirar a nadie.
Sergio quiso seguirlo, pero el organizador se le interpuso pidiéndole cinco minutos para fotos. Sergio apretó la mandíbula y se quedó.
Santiago empujó la puerta del baño del segundo piso de un manotazo. Estaba vacío. Caminó hasta el último lavamanos y le pegó una patada al pedestal.
—Estúpida jugada del caballo.
La puerta se abrió detrás de él.
Entró el número doce con la medalla de oro al cuello, mirando el techo con la curiosidad de un turista. Santiago lo vio por el reflejo del espejo y se dio la vuelta.
—Lárgate.
—Es el baño. No es tuyo.
—Lárgate igual.
—Vine a hacer pis.
—Pues hazlo y vete.
El número doce no se movió. Se apoyó en el lavamanos del medio, cruzó los brazos y se quedó mirando a Santiago como si estuviera viendo un programa de televisión interesante.
—¿Por qué estás bravo?
—No estoy bravo.
—Le pegaste al lavamanos.
—Eso no es estar bravo.
—¿Y qué es?
—Eso es desahogarse.
—Mi mamá dice que desahogarse es llorar.
—Cada uno se desahoga como puede.
—Bueno.
El número doce se quedó callado dos segundos. Después abrió la boca otra vez.
—Jugaste bien.
—Tú jugaste mejor.
—Ya lo sé.
—Bueno.
Otros dos segundos.
—¿Cómo te llamas?
—No te voy a decir.
—Yo me llamo Ángel.
—Felicidades.
—¿Tú eres siempre así?
—Así cómo.
—Así, gruñón.
Santiago se le acercó dos pasos. Ángel no se movió ni un centímetro.
—Mira, Ángel. No sé quién te enseñó modales, pero cuando una persona te dice que te vayas, te vas. No te quedas haciendo preguntas como si fueras periodista.
—Mi mamá dice que las personas bravas necesitan compañía, aunque no la pidan.
—Tu mamá está equivocada.
—Mi mamá nunca se equivoca.
—Ya, qué especial.
Santiago se acercó otro paso. Ángel ladeó la cabeza, lo miró a través de los huecos de la máscara y sonrió. Lo notó por la forma en que se le movieron las mejillas debajo del plástico.
—¿Sabes por qué creo que estás bravo?
—Sorpréndeme.
—Porque te ganó alguien que ni siquiera entrena. Yo no entreno. Yo solo juego con mi mamá los domingos.
Santiago levantó el puño.
Echó el brazo atrás, apretó los dedos hasta que las uñas se le clavaron en la palma y dio un paso adelante con la intención clarísima de sacarle un diente al niño que lo había humillado en cadena nacional.
Y Ángel, en lugar de retroceder, se llevó las dos manos a la máscara y se la levantó hasta la frente como quien levanta un sombrero.
—Quieres golpearme, ¿verdad?
Santiago se quedó con el puño en el aire.
Lo bajó despacio.
Lo volvió a levantar como queriendo verificar que era real y no una alucinación. Lo bajó otra vez.
Abrió la boca.
La cerró.
La abrió.
—Qué.
Ángel también se quedó quieto. La sonrisa se le fue borrando del rostro. Se le pusieron los ojos enormes.
—Qué.
—Tú… —dijo Santiago.
—Tú…Que
Santiago levantó las manos despacio, se quitó la máscara y la dejó caer al piso.
Ángel se llevó las manos a la cabeza.
—Ay, no.
—Ay, sí.
—Esto no está pasando.
—Esto sí está pasando.
—Mi mamá me va a matar.
—¿Por qué te va a matar tu mamá?
—No sé. Pero seguro me va a matar.
—La mía no existe, así que esa parte no me preocupa.
Caminaron los dos al espejo grande del fondo, sin decírselo, como si los hubieran llamado. Se pararon uno al lado del otro y se quedaron mirando.
Ángel ladeó la cabeza a la derecha. Santiago, sin pensar, ladeó la cabeza a la derecha también. Ángel ladeó hacia la izquierda. Santiago hacia la izquierda. Ángel sacó la lengua. Santiago sacó la lengua.
—Para.
—Pero estás haciendo lo mismo que yo.
—¡Tú me estás copiando!
—¡Yo no te estoy copiando, idiota!
—Entonces para.
—¡No estoy haciendo nada!
Se miraron al espejo. Y los dos, al mismo tiempo, se rieron. Una risa corta, nerviosa, rara.
—Esto es muy raro —dijo Ángel.
—Está rarísimo.
—¿Tú tienes algún hermano?
—No.
—Yo tampoco.
—¿Algún primo igualito?
—No tengo primos.
—Yo tampoco. Tengo una abuela. Pero la abuela no se ve igual a mí.
—Faltaba más.
Santiago se separó del espejo y se sentó en el piso de mármol con la espalda contra la pared. Ángel lo miró un segundo y se sentó al lado, hombro con hombro.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Ángel otra vez.
—Santiago.
—Santiago qué.
—Santiago de la Vega.
Ángel se quedó pensando.
—Mi papá tiene empresas grandes en este país.
—Ah. Yo de empresas no sé nada.
—Mejor para ti.
—¿Por qué?
—Porque es aburrido.
Ángel se rió.
—¿Y vives en una casa grande?
—En una mansión.
—¿Mansión, mansión?
—Con piscina, jardín, cancha de tenis y un cuarto solo para zapatos de mi abuela.
—¿Tu abuela tiene un cuarto solo para zapatos?
—Sí.
—Eso es ridículo.
—Lo sé.
Se rieron otra vez.
Después se quedaron callados. La risa se les fue gastando como se gasta una vela, y debajo quedó otra vez la rareza, más pesada.
—Ángel.
—Dime.
—Esto no es coincidencia.
—No.
—Dos personas con la misma cara no se conocen por casualidad en un torneo de ajedrez.
—No.
—A mí me dijeron que mi mamá me abandonó al nacer.
—A mí mi mamá me dice que mi papá no podía estar con nosotros. Pero cada vez que le pregunto más, le tiembla la voz.
—¿Le tiembla la voz?
—Cada vez. Y se le ponen los ojos rojos. Y cambia de tema.
—Eso es porque está mintiendo.
—Mi mamá no miente.
—Todo el mundo miente, Ángel. Mi papá me lo dijo.
—Pues mi mamá no.
—Entonces oculta cosas.
—Eso sí.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Otra vez con eso.
Santiago se rió un poco. Después volvió a la cara seria.
—Y nos parecemos hasta cuando ladeamos la cabeza.
—Hasta cuando sacamos la lengua.
—Yo creo que somos hermanos —dijo Santiago.
—Yo también lo creo.
—Pero no podemos estar seguros.
—Yo estoy seguro. Tú no.
—Yo necesito una prueba.
—Las pruebas son de adultos.
—Pues nos volvemos adultos por un rato.
Ángel se rió.
—Me caes bien para ser tan gruñón.
—Tú me caes mal para ser tan amigable.
—Eso es porque no tienes amigos.
—Es porque no me hacen falta.
—Mentiroso.
—Cállate.
Más silencio.
—Santiago.
—Dime.
—Si somos hermanos, alguien nos separó.
—¿Tú a quién le crees? ¿A tu papá o a mi mamá?
—No sé.
—Yo le creo a mi mamá.
—Yo le creo a mi papá.
—Entonces tenemos un problema.
—Tenemos un problema gigante.
Ángel le tendió el meñique.
—Pacto.
—¿Pacto de qué?
—De no decirles a los grandes hasta que averigüemos qué pasó.
—Yo no hago pactos de meñique.
—Pues hoy haces uno. Mete el meñique.
Santiago metió el meñique. Lo enganchó con el de Ángel.
—Pacto.
—Pacto.
Quedaron los dos sentados en el piso del baño, con las medallas tiradas a un lado, las máscaras al otro y el secreto recién hecho en el medio.
Afuera, en el salón, Sergio buscaba a su hijo con cara de asesino. Y Emma López, parada al lado de las puertas con las gafas puestas, miraba el reloj y se preguntaba dónde demonios se había metido Ángel.
Ninguno de los dos sabía que sus hijos acababan de jurarse en un baño que no iban a contar nada.
Hasta averiguar quién había mentido.
