LOS GEMELOS SECRETOS DEL CEO

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Capítulo 4 CAPÍTULO 4

Emma López

—Y es por eso, señoras y señores, que la cardioplegia molecular cambiará la forma en que tratamos las cardiopatías congénitas en niños menores de diez años.

El auditorio estalló en aplausos.

Emma López, treinta y un años, bata blanca y pelo corto teñido en caoba claro, sonrió desde el atril. Los flashes la golpearon en la cara. Tres años de noches en blanco, de laboratorios alquilados a crédito, de un hijo durmiendo bajo una manta en el rincón mientras ella movía pipetas. Y ahí estaba. En el congreso internacional de cardiología de Ciudad N, capital del país X.

—Doctora López, una pregunta más. ¿Es cierto que el desarrollo del medicamento empezó por su hijo?

Emma sonrió.

—Mi hijo nació con una cardiopatía congénita severa. Los médicos me dijeron que no iba a pasar de los tres años. Hoy tiene seis. Y juega ajedrez mejor que su madre.

Risas. Más aplausos.

—Gracias a todos.

Bajó del atril.

Cuando salió por la puerta lateral, una manito le agarró la falda.

—¡Mami!

—Ángel.

El niño se le pegó a las piernas. Pelo negro, ojos enormes, suéter azul. Emma se agachó y lo apretó contra el pecho.

—Te vi en la televisión.

—¿Sí?

—Saliste muy bonita.

—Gracias, mi amor.

—¿Ya tenemos dinero para la playa?

—Tenemos para la playa y más. Pero primero ganas las olimpiadas. Después la playa. ¿Trato?

—Trato.

Le extendió la mano pequeña. Emma se la apretó con seriedad.

—Mami.

—Dime.

—Mañana confirman a qué país vamos.

—Lo sé.

—¿Y si es lejos?

—Vamos igual, Ángel.

El niño sonrió. Se le iluminó la cara.

La maestra la llamó al día siguiente, a las once.

—Doctora López. Confirmaron la sede.

—Dígame.

—País S. La final se hace allá. Viajan la próxima semana.

Emma apretó el lápiz que tenía en la mano hasta que se le partió.

—La próxima semana.

—Sí, doctora. Sé que es un viaje largo, pero Ángel se lo merece.

—Déjeme pensarlo.

—Doctora, el cupo es de él. Si no va, lo pierde la escuela.

—La llamo en la tarde.

Colgó.

Se quedó sentada en la silla de la cocina con las manos temblándole. País S. La capital. El mismo país del que había huido hace seis años con un bebé en los brazos y una promesa en la boca. La misma ciudad donde Lorena le había dicho clarito: júrame que no vas a volver, por tu bien.

Y ella había jurado.

Pero al otro lado de la cocina, sentado frente al tablero de ajedrez, su hijo movía las piezas con una mano y se mordía la otra. Concentrado como un viejo. Su hijo, que llevaba seis meses entrenando para esto. Su hijo, por el que ella había construido todo. Su hijo.

Se levantó. Caminó hasta el comedor.

—Ángel.

—Dime, mami.

—Vamos a País S.

El niño abrió los ojos enormes.

—¿En serio?

—En serio.

—¡La maestra dijo que ese era el más difícil!

—Por eso te necesitan.

—¿Tú vas conmigo?

—Yo voy contigo. Siempre.

El niño se le tiró encima. Emma lo apretó. Cerró los ojos.

—Mami.

—Dime.

—¿Estás triste?

—No, mi amor.

—Tienes la cara de cuando estás triste.

—Estoy nerviosa por ti, nada más.

—Yo voy a ganar.

—Sé que vas a ganar.

Esa misma tarde, Emma volvió a llamar a la maestra.

—Aceptamos el viaje.

—Excelente, doctora.

—Pero quería proponerle algo.

—Dígame.

—Las olimpiadas se transmiten en vivo, ¿no es así?

—Por canales internacionales, sí.

—Maestra, los niños tienen seis a dieciséis años. Van a quedar expuestos en redes sociales, en titulares, en clips que circulan por internet. Yo, como médica, atiendo casos de bullying infantil con secuelas serias. He visto lo que hace una cara de niño viralizada sin permiso.

—Doctora…

—Mi propuesta es que los niños jueguen con máscara. Una máscara neutra, con el número del competidor. Sin rostro a la vista durante la transmisión. Protege a todos, no solo a uno.

La maestra se quedó callada un segundo.

—Es una idea interesante.

—Yo le redacto la propuesta esta misma noche y se la mando para que la presente a la organización. Si quiere, la firmamos como junta de padres. Es más fuerte así.

—Me parece bien, doctora. Démelo escrito y lo presento mañana.

—Gracias, maestra.

Colgó.

Se quedó con el teléfono en la mano un largo rato. Después marcó otro número y empezó a redactar el correo.

Si entraba a País S, iba a entrar invisible. Su hijo no iba a salir en una pantalla con la cara descubierta. Eso no.

Tres días después, la organización aprobó la propuesta. Todos los niños con máscara durante las partidas oficiales. Primera edición en hacerlo.

Emma colgó la llamada y respiró por primera vez en una semana.

Días después.

El hotel del evento ocupaba dos cuadras enteras del centro de la capital, cinco estrellas.

Emma bajó del taxi con Ángel de la mano. Llevaba las gafas de sol puestas, el pelo corto recogido detrás de las orejas, un pañuelo de seda alrededor del cuello. El niño cargaba la mochila con su tablero personal, regalo de cumpleaños.

Pasó la puerta giratoria.

El lobby estaba lleno. Familias de todo el mundo, niños con uniformes escolares, fotógrafos, organizadores con tabletas. Emma caminó hacia el mostrador con paso firme. Sin mirar a los lados.

—Buenos días. López. Reservación a nombre de Emma López.

—Un momento, señora.

La recepcionista tecleó. Ángel, al lado, miraba todo con los ojos abiertos.

—Mami, mira el techo.

—Sí, mi amor.

Y entonces lo vio.

En el espejo detrás del mostrador.

Un hombre alto, de traje oscuro, cruzando el lobby con un niño de la mano. El niño llevaba un suéter rojo y una mochila pequeña a la espalda.

Emma se quedó quieta.

El corazón se le aceleró sin razón. Sin que ella entendiera por qué.

El hombre cruzó el lobby. Pasó a tres metros de ella. No la miró.

Pero ella sí lo miró. A través del cristal oscuro de las gafas, lo siguió hasta que él y el niño salieron por la puerta giratoria. Hasta que el portero les abrió un auto negro. Hasta que el auto arrancó.

Y se quedó con una sensación rara en el pecho. Una mezcla de calor y de miedo. Algo que el cuerpo recordaba, aunque la cabeza no.

—Mami.

—Dime.

—¿Estás bien?

—Sí, mi amor.

—Te pusiste pálida.

—Cansancio del vuelo.

La recepcionista le entregó las llaves. Emma agarró a Ángel de la mano y caminó hacia el ascensor sin voltear.

Sergio de la Vega se subió al asiento trasero con Santiago al lado.

—Papá.

—Dime.

—Esa señora del mostrador te miró.

—¿Cuál señora?

—La de las gafas.

Sergio frunció el ceño. Miró por la ventana. El hotel quedaba atrás.

—No me di cuenta.

—Yo sí. Te miró raro.

—¿Raro cómo?

—Como si te conociera.

Sergio le revolvió el pelo y sonrió apenas.

—Ya, Santiago. No empieces.

—No es historia. La vi.

Sergio no contestó.

Pero por dentro algo se le quedó pegado. Una mujer en el lobby. Pelo corto. Gafas oscuras. Pañuelo de seda al cuello. Le había parecido familiar. No supo de dónde. Se sacó la idea con un movimiento de hombros y miró por la ventana.

La ciudad pasaba afuera, gris, ruidosa, igual que siempre.

Como si nada hubiera cambiado en seis años.

Como si nada.

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