Capítulo 3 CAPÍTULO 3
La mentira de Lorena
Alma abrió los ojos en un cuarto blanco.
La luz le pegó fuerte. Cerró los ojos otra vez. Los volvió a abrir despacio. Un techo con una grieta. Una ventana con cortinas verdes. El pitido de una máquina. El olor a desinfectante.
Un hospital.
—Señorita, ya despertó.
Una enfermera joven se acercó a la cama. Le puso la mano en la frente. Le revisó el suero. Sonrió con una sonrisa que no era del todo sonrisa.
—Voy a llamar al doctor. Usted tranquila.
—Dónde estoy.
—En el hospital público de Ciudad M. Llegó hace ocho días.
—Ocho días.
—Sí, señorita. Usted estaba inconsciente. Perdió mucha sangre. Tiene suerte de estar viva.
La enfermera salió.
Alma se quedó mirando el techo. Intentó pensar. La cabeza le pesaba como si se la hubieran llenado de arena.
Ciudad M. Ella nunca había estado en Ciudad M. Ella vivía en la capital. Estudiaba medicina. Hacía prácticas en el hospital central.
¿Qué hacía aquí?
Entró el médico. Un hombre mayor, con la bata arrugada y los ojos cansados.
—Señorita Sarmiento. ¿Cómo se siente?
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Por la identificación que traía.
—Doctor, qué día es hoy.
El médico le dio la fecha.
Alma parpadeó.
—No. Eso no puede ser.
—¿Disculpe?
—Eso fue hace un año, doctor. Un año.
El médico se quedó quieto.
—Señorita, ¿qué es lo último que recuerda?
Alma cerró los ojos. Buscó. Buscó con fuerza.
—Una clase. Farmacología. Iba saliendo con Lorena y dijimos de comer pizza en la esquina.
—¿Y después?
—Después, nada. Después me desperté aquí.
El médico se sentó al lado de la cama. Se pasó la mano por la cara.
—Señorita, usted acaba de dar a luz hace ocho días. Su hijo está en la sala de al lado. Está sano.
Alma abrió los ojos muy grandes.
—Qué.
—Tiene un hijo, señorita.
—No. No es posible. Yo no estaba embarazada. Yo no…
—Usted llegó a este hospital en una banca de urgencias, desangrándose, con un recién nacido en los brazos. Nadie sabe quién la dejó. No traía papeles, ni acompañante, ni nada. Solo una identificación vieja de la universidad en el bolsillo.
Alma se llevó las manos al vientre. Lo sintió blando, hundido, extraño. No era el vientre plano que ella recordaba.
Empezó a llorar.
—Yo no me acuerdo. Yo no me acuerdo de nada.
—Señorita, cálmese.
—Doctor, yo no me acuerdo. Un año. Me falta un año entero.
El médico le tomó la mano.
—Puede ser amnesia por trauma. A veces el cuerpo borra lo que no puede soportar. Vamos a hacerle estudios. Pero necesito que respire.
—Yo quiero ver a mi hijo.
—Primero los estudios.
—Doctor, por favor. Quiero ver a mi hijo.
El hombre la miró un segundo. Después asintió.
Diez minutos después, la enfermera entró con un bulto envuelto en una manta azul.
Alma estiró los brazos. Temblaba. El bebé era pequeño, tibio, con los ojos cerrados y una mata de pelo oscuro. Lo apretó contra el pecho. Sintió el peso. Sintió el latido.
Y lloró.
Lloró sin saber por qué lloraba. Lloró porque el cuerpo se acordaba de algo que la cabeza no. Lloró porque ese niño era suyo, lo supo en el primer segundo, lo supo aunque no recordara haberlo cargado. Lloró porque por dentro había un hueco con forma de año entero.
—Mi hijo —susurró—. Mi hijo. Hola, mi amor. Mamá está aquí. Mamá está aquí.
El bebé se movió en el sueño.
La enfermera salió del cuarto sin hacer ruido.
Alma se quedó sola. Con el niño dormido contra el pecho. Con el teléfono de la mesita de noche al alcance de la mano.
Había un solo número en el mundo que ella se sabía de memoria. El de la única persona a la que podía llamar.
Marcó.
Sonó tres veces.
—¿Aló?
—Lorena.
Silencio al otro lado.
—¿Alma?
—Lorena, soy yo.
—Dios mío. Dios mío, Alma. ¿Dónde estás?
—En un hospital. En Ciudad M. Lorena, no me acuerdo de nada. Me dicen que di a luz, que perdí mucha sangre. No me acuerdo de nada.
Lorena se quedó callada al otro lado.
—Alma, escúchame bien. Respira. ¿Estás sola?
—Sí.
—Nadie sabe que estás viva, ¿me oyes? Nadie. Y no puede saberlo.
—Lorena, por qué.
—Porque hace un año te enamoraste de un hombre. Un compañero de la universidad. Te quedaste embarazada. Ese hombre no quería al bebé. Su familia tampoco.
—Lorena…
—Escúchame. Cuando se enteraron, te empezaron a buscar. Para quitarte al niño. Esa gente es peligrosa, Alma. Mafia. Con dinero y con armas. Hace unos meses me dijiste que ibas a salir del país para protegerte. Después de eso no supe más de ti.
Alma apretó el teléfono contra la oreja. Las lágrimas le caían por la cara sin que ella se diera cuenta.
—Lorena.
—Dime, amiga.
—Qué tengo que hacer.
—Sal del país. Ya. Con lo que tengas. No me digas a dónde vas. Entre menos sepa yo, mejor para ti. Cambia de nombre. Empieza de cero. Y júrame una cosa.
—Qué.
—Júrame que no vas a volver, Alma. Nunca. Por tu bien. Júramelo.
Alma cerró los ojos.
—Te lo juro.
—No me llames más a este número. Bota el teléfono. Desaparece.
—Lorena, gracias.
—Cuídate, amiga.
Colgó.
Alma se quedó con el teléfono en la mano un largo rato. Después lo dejó sobre la cama. Miró al bebé que dormía contra su pecho. Le acarició la cabeza.
—Tú estás conmigo —le susurró—. Tú estás conmigo y nadie te va a quitar de mis brazos. Nunca. ¿Me oyes? Nunca.
El bebé se movió apenas.
Y Alma supo, en ese segundo, que el resto de su vida iba a girar alrededor de ese niño. Que nunca iba a volver a su país. Que nunca iba a preguntar por ese hombre que Lorena no había querido nombrar. Que ese hijo era lo único que le quedaba. Y que iba a ser suficiente.
Lorena colgó el teléfono.
Se quedó mirándolo sobre la mesa un largo rato. Una sonrisa apenas visible le apareció en la comisura de los labios.
Alma estaba viva. Sin memoria, eso era perfecta pues no había tenido que sacarla de su camino.
Se levantó del sofá. Agarró el bolso. Salió del apartamento.
Su padre, el doctor Arteaga, era socio fundador de la clínica privada de los de la Vega. Amigo personal de Constanza desde hacía treinta años. Fue él quien pasó los primeros informes del romance a la señora. El que vigiló el embarazo desde adentro del hospital. El que le contó a Constanza el día que Alma se desmayó en urgencias.
Y Lorena, con el apellido Arteaga detrás, tenía las puertas de la mansión de los de la Vega abiertas desde niña.
Llegó a la mansión a las nueve de la noche. La recibió el mayordomo. Constanza bajó de su estudio con el bebé en los brazos.
—Lorena. ¿A qué se debe la visita?
—Señora Constanza. Necesito hablar con usted.
—Te escucho.
Lorena miró al bebé. Le sonrió apenas. Después volvió a mirar a Constanza.
—Señora, llevo años viendo a su hijo en la clínica de mi papá. Lo conozco. Conozco sus tratamientos, su historial, sus tiempos de recuperación. Y desde que despertó, con todo respeto, está frágil. Deprimido. No come bien. No duerme bien. Llora por ella.
Constanza la miró sin mover un músculo.
—Sigue.
—Su hijo necesita una mujer al lado. Una mujer que lo ayude a recuperarse físicamente, que entienda su enfermedad, que pueda acompañar el proceso. Una mujer de la casa. De confianza. Con apellido.
—¿Y esa mujer eres tú?
—Soy médico, señora. Soy hija de su mejor amigo. Me conocen en esta casa desde que yo tenía siete años. Yo puedo cuidar a Sergio. Y puedo cuidar a su nieto.
Constanza no contestó de inmediato.
Caminó despacio por el salón, con el bebé en los brazos, meciéndolo apenas. El niño dormía.
—Lorena.
—Dígame.
—¿Tú estás enamorada de mi hijo?
Lorena tragó saliva.
—Desde los dieciséis años, señora.
Constanza la miró. Por primera vez en la noche, sonrió de medio lado.
—Bien. Me gusta la gente que no me miente.
—Señora…
—Te instalas en la casa mañana. Vas a tener una suite al lado de la habitación de Sergio. Tu función oficial es supervisar la recuperación de mi hijo y apoyar en la crianza del niño. Tu función real es hacer que mi hijo se olvide de esa mujer y que, cuando esté listo, te vea a ti como la opción natural.
—Sí, señora.
—Pero una cosa te advierto, Lorena Arteaga.
—Diga.
—A mi hijo no lo presiones, si Sergio siente que le están imponiendo una mujer, cierra la puerta y no la abre más.
—Tengo paciencia, señora.
—Eso espero.
Constanza le puso al bebé en los brazos. Lorena lo recibió con cuidado. El niño abrió los ojos un instante, la miró y volvió a cerrarlos.
—Cuídalo como si fuera tuyo —dijo Constanza—. Porque algún día, si haces bien tu trabajo, lo va a ser.
—Sí, señora.
—Y una última cosa.
—Diga.
—Si alguna vez me traicionas, Lorena, te hago lo mismo que le hice a ella. Pero peor. ¿Me oíste?
Lorena sonrió.
—Claro, señora.
