Capítulo 6 Capítulo 6: El rastro del lodo
POV Matías De la Fuente
El asfalto irregular raspó los bajos de mi Audi con un chirrido metálico. Estaba lejos del distrito financiero, conduciendo por un laberinto periférico de terracería y cables clandestinos. Era un rincón olvidado donde la miseria y la corrupción dormían en la misma cama. Mientras sorteaba los baches, las palabras desdeñosas de mi madre, Ofelia, repicaban en mi mente con un eco hipócrita. Para ella, los habitantes de este suburbio eran simple "escoria", pero la verdadera podredumbre no estaba en el lodo de estas calles, sino en las torres de cristal donde mi familia firmaba contratos corporativos e ignoraba la realidad del país.
La adrenalina me carcomía las entrañas. Llevaba los ojos miel de Blanca grabados a fuego, empujándome a cruzar líneas que el bufete De la Fuente jamás aprobaría. No era un caso pro bono; se trataba de ella. Recordar el pánico disimulado en su mirada, su dedo índice golpeando la mesa y la saña con la que la Alacrana intentó matarla ayer me obligaba a moverme rápido. No permitiría que la burocracia judicial le cobrara la vida. El fantasma de mi antiguo cliente inocente, asesinado en su celda porque confié en el sistema y fui lento, me siseaba al oído con una culpa abrasadora. Juré que no permitiría un segundo cadáver bajo mi guardia. Blanca era una obsesión visceral, una causa que desafiaba mi lógica profesional.
Estacioné el auto frente a una fachada de bloques de cemento gris sin pintar. Un par de perros callejeros me ladraron desde la acera de enfrente mientras apagaba el motor. Me ajusté el saco del traje gris marengo, perfectamente consciente de que mi altura, mi cuna y mi ropa a la medida gritaban "dinero" a kilómetros de distancia. Era un blanco fácil, pero la urgencia de salvarla anulaba cualquier precaución. Bajé del auto y caminé hacia la puerta de metal oxidado. Según el informe de mi investigador, aquí operaba Carmela, la partera corrupta que había firmado el certificado de nacimiento falso de Daniela. Toqué la superficie metálica con los nudillos, dando tres golpes secos y autoritarios.
Tardaron un minuto en abrir. Una mujer de unos sesenta años, de rostro curtido y mirada evasiva, se asomó por la rendija. Olía a tabaco barato y a encierro. Al verme, su expresión pasó de la sospecha al cálculo, pero al notar mi seriedad, el temor la dominó.
—¿Busca a alguien, patrón? —preguntó con voz rasposa, intentando cerrar la puerta al sentirse intimidada.
—A usted, Carmela —respondí con frialdad— hablemos de Petra Martínez.
Empujé la puerta de hierro con la palma de mi mano, usando mi peso y cuerpo atlético para forzar la entrada antes de que pudiera negarse. Entré tras ella y cerré la puerta a mis espaldas, atrapándola en su propio territorio abarrotado de muebles viejos y estatuillas religiosas cubiertas de polvo.
—Yo no conozco a ninguna Petra —tartamudeó la mujer, cruzando los brazos sobre su delantal descolorido—. Si viene a buscar problemas, le grito a mis hijos. Están en el patio de atrás.
Esbocé una sonrisa fría, perfectamente desprovista de una sola gota de humor. Era la misma sonrisa implacable que utilizaba en los tribunales corporativos cuando estaba a punto de destrozar a un testigo hostil.
—Gríteles si quiere —dije, bajando el tono de voz de manera amenazante—. En su contra presentaré cargos federales por falsificación de documentos, falso testimonio y complicidad en la sustracción de una menor. Eso se paga con hasta quince años en un penal de máxima seguridad. ¿Cree que sus hijos irán a visitarla allí?
Carmela tragó saliva ruidosamente. Sus ojos se clavaron con terror en la copia del certificado que extraje de mi saco. La partera dio un par de pasos vacilantes y se dejó caer en un sofá desvencijado, llevándose las manos a la cabeza.
—Petra... Petra me dijo que la muchacha era una drogadicta perdida —susurró, con una vocecita quebrada—. Me aseguró que la bebé iba a terminar muerta si no la sacaba de ese ambiente. Me pagó cincuenta mil pesos en efectivo por firmar el papel. Juró que lo hacía por el bien de la criatura.
Una punzada de pura rabia me recorrió el estómago. Por el bien de la criatura. Petra Martínez había mercantilizado la vida de su propia nieta para sepultar a Blanca.
—Petra le mintió —le espeté, dando un paso al frente y usando mi altura para dominar el espacio—. Blanca Ramírez dio a luz limpia, y su madre le robó a la bebé mientras ella se recuperaba del parto. Y usted, por cincuenta mil miserables pesos, la ayudó a legalizar ese secuestro. No vine a escuchar justificaciones morales, Carmela. Me importan las pruebas.
Saqué mi teléfono celular y activé la grabación de voz. Va a repetirme todo ante este micrófono. Y sobre todo, me va a decir quién más respaldaba a Petra Martínez. Sé perfectamente que ella no tiene los recursos para comprar la sentencia de un juez ni para coordinar un operativo policial de esa magnitud.
La partera levantó la vista, balanceando el cuerpo, presa de un pánico absoluto.
—Si Petra se entera, me va a mandar a matar. Pero el verdadero peligro es el hombre que la protege desde las sombras. El capitán Ortega, el alto mando de la policía judicial. Él ha sido su amante secreto desde hace años. Ortega fue quien movió los hilos corporativos, trajo el dinero en efectivo para el juez Vega y ordenó fabricar las pruebas falsas de la detención.
La furia en mi pecho creció de forma exponencial al confirmar la magnitud de la conspiración, pero me obligué a mantener la mente fría.
—El capitán Ortega es el menor de sus problemas a partir de hoy —declaró mi voz letal—. Si coopera conmigo, este audio irá directo a un juez federal, lejos de la policía local y de sus oficiales comprados. Le conseguiré inmunidad total y protección del Estado. Si se niega, mañana pasará el resto de sus días en una celda.
Carmela asintió lentamente, derrotada. Se puso de pie y, detrás de una figura de yeso de la Virgen de Guadalupe, sacó una libreta de espiral manchada de grasa y me la extendió con manos temblorosas. Mientras ella desgranaba la mentira frente al micrófono, guardé la libreta como si fuera oro molido. Era la llave definitiva para abrir la celda de Blanca.
Al salir a la calle polvorienta, la tormenta caía con una violencia implacable, convirtiendo la terracería en un lodazal espeso. Pero yo no sentía el barro ni el frío. Me subí al auto, encendí el motor y miré la libreta en el asiento del copiloto junto a la grabación terminada. Mi pulso estaba acelerado a mil por hora. No era solo la satisfacción profesional de ganar un caso imposible; era la urgencia visceral de volver a la prisión, de sentarme frente a Blanca, invadir su espacio y ver cómo la hostilidad salvaje de sus hermosos ojos miel se transformaba al saber que, por fin, la pesadilla terminaba e iba a volver a casa con su hija. Iba a liberar a Blanca Ramírez, sin importar a cuántos hombres poderosos tuviera que destruir en el camino.
