Liberada por amor

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Capítulo 5 Capítulo 5: El peso del apellido

POV Matías De la Fuente

El despacho principal de la firma "De la Fuente & Asociados" olía a caoba pulida, cuero caro y ambición desmedida. Desde el ventanal del piso veinticinco, la ciudad se extendía inalcanzable como un monstruo de concreto bajo una espesa capa de contaminación; una metrópolis donde la ley era una sugerencia y la justicia, una mercancía al mejor postor.

Me aflojé el nudo de la corbata de seda y dejé caer el bolígrafo sobre el escritorio. Llevaba tres horas repasando el expediente de Blanca, pero las letras impresas se desdibujaban en mi mente, reemplazadas una y otra vez por la imagen de sus ojos miel, inyectados en ira y dolor. Todavía podía sentir el eco de sus nudillos temblorosos bajo la yema de mi pulgar. Me había dicho a mí mismo que ese gesto, esa necesidad repentina de tocarla y calmarla tras el atentado en las cocinas del penal, había sido una táctica puramente profesional. Una forma de anclar a una testigo hostil.

Pero no era un idiota. Sabía mentirle a un juez, pero no me mentía a mí mismo.

Blanca Ramírez no me era indiferente. Hacía apenas unas horas la había cargado en brazos, sintiendo su cuerpo tenso y herido contra mi pecho, rescatándola a tiempo del acero de la Alacrana. La certeza de que su propia madre, Petra Martínez, había pagado por su muerte me revolvía el estómago. El fantasma de mi antiguo cliente inocente, aquel que murió asesinado en su celda porque yo no fui lo suficientemente rápido, me siseaba al oído con una culpa abrasadora. No iba a permitir un segundo cadáver bajo mi guardia. Blanca se había convertido en una obsesión que desafiaba toda mi lógica profesional.

Debido a su origen humilde y su historial, mi enfoque tenía que ser estrictamente analítico, pero me resultaba imposible. A mis treinta años, había salido con herederas y modelos que parecían cortadas por el mismo patrón de perfección aburrida. Blanca, en cambio, era un incendio forestal, una guerrera indomable. Notaba cada uno de sus detalles: la cicatriz de su muñeca, la forma en que calculaba las salidas de la habitación y ese tic nervioso donde golpeaba el dedo índice contra la mesa y sus fieros y bellos ojos de amazona. Quería salvarla, y la quería para mí.

Volví al expediente. La trampa de Petra era burda pero efectiva. No existían registros prenatales a su nombre; Daniela había sido registrada mediante una partera corrupta y un comandante de policía sobornado. Petra vendió a su hija a la cárcel por unos cuantos billetes y los subsidios de la menor. Sin embargo, el dato más perturbador era el que involucraba al juez Vega, quien firmó la orden de detención exprés de Blanca antes de morir en un extraño accidente. Vega había recibido un depósito jugoso el mismo mes del juicio. ¿De dónde había sacado Petra, una mujer de barrio, semejante cantidad? Alguien más poderoso la estaba financiando.

El crujido de la puerta de roble interrumpió mi línea de pensamiento. Instintivamente, cerré la carpeta de Blanca justo en el momento en que Ofelia De la Fuente cruzaba el umbral. Mi madre. A sus cincuenta y tantos años, era la encarnación del elitismo, impecable en su traje sastre color marfil y perlas legítimas en el cuello. Caminaba con esa autoridad de quien está acostumbrada a que el mundo se aparte a su paso.

—Matías —saludó, con un tono cordial pero cargado de exigencia—. El senador Valdés acaba de llamar. Quiere que revisemos los contratos de su nueva constructora antes del viernes. Espero que ya tengas a tu equipo en eso.

—Los asociados junior están revisando las cláusulas desde ayer, madre. Todo estará listo —respondí, adoptando la máscara de frialdad y control que ella esperaba de mí.

Ofelia asintió, satisfecha, pero su mirada afilada se desvió hacia la carpeta sin membrete que yacía bocabajo en mi escritorio.

—Me alegra escucharlo. Este bufete se construyó sobre la base de relaciones de alto nivel, Matías, no lo olvides. Tu padre no levantó este imperio para que perdieras el tiempo jugando al héroe en los juzgados de lo penal con escoria y criminales de poca monta. Tu futuro es la dirección de esta firma, no el trabajo de asistencia social. Asegúrate de que esos casos de caridad no interfieran con nuestras cuentas reales.

—No te preocupes. Lo tengo bajo control —mentí, con una calma ensayada.

Ofelia me dedicó una última sonrisa gélida antes de darse la vuelta y abandonar el despacho, cerrando la puerta con un clic definitivo.

En cuanto me quedé a solas, el silencio del lugar se sintió sofocante. Si Ofelia supiera que esa "escoria" era la mujer de la cual no podía apartar mis pensamientos ni un solo maldito segundo, el infierno se desataría en la familia De la Fuente. Tomé mi teléfono celular y marqué el número de mi investigador privado.

—Necesito que encuentres a la partera que registró a Daniela —ordené en cuanto respondieron—. Andando, averigua también quién financió al juez Vega. Alguien le dio el dinero a Petra Martínez.

La voz del investigador al otro lado de la línea sonó tensa, interrumpiendo mi instrucción de golpe:

—Licenciado, ya encontré el rastro de la transferencia a la cuenta secreta del juez Vega antes de que muriera. No vino de Petra Martínez. La cuenta de origen corporativa que pagó el soborno para encerrar a Blanca Ramírez... pertenece a un capitán de la policía y amante de Petra Martínez, Archivaldo Ortega.

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