Liberada por amor

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Capítulo 4 Capítulo 4: Cicatrices y verdades

POV Blanca Ramírez

​El dolor en mis nudillos y el hematoma en mi pómulo eran el recordatorio de que seguía viva. La oportuna irrupción de Matías en las cocinas desiertas me había salvado de la navaja de la Alacrana. Horas después, bajo una custodia estricta que él mismo exigió, regresé al locutorio temblando por la adrenalina.

​Fue entonces cuando el olor a carne asada, cebolla caramelizada y pan caliente se convirtió en una bofetada directa a mis sentidos. Llevaba cuatro años alimentándome de pasta grisácea y frijoles duros. Cuando Matías De la Fuente abrió ese empaque térmico sobre la mesa desconchada, mi estómago rugió con una violencia que me avergonzó.

​Él empujó la caja hacia mí junto con un café de verdad, cuyo aroma me hizo cerrar los ojos, transportándome lejos de los muros del penal.

​—Come —dijo con su voz grave. Ese día no llevaba chaqueta, solo una camisa blanca remangada que dejaba ver los músculos de sus antebrazos. Su cabello crespo castaño caía un poco sobre su frente, dándole un aire mucho más humano.

​—Si crees que me vas a comprar con comida de contrabando, licenciado, te equivocas —murmuré, aunque mis manos ya tomaban el alimento con una urgencia que no pude disimular.

​Matías esbozó una media sonrisa que detesté porque hizo que mi pulso se acelerara. ¿Por qué actuaba como el príncipe encantador en mitad del infierno?

​—No intento comprarte, Blanca. Intento que tengas la energía suficiente para lo que vamos a hacer hoy. —Sacó una libreta y una pluma; sus ojos oscuros mantuvieron una calidez que me desestabilizaba—. Necesito que me hables de Petra. De tu infancia. De cómo llegaste al punto de perder a Daniela. Si voy a destruir la credibilidad de tu madre en el tribunal, necesito conocer cada grieta de su historia. Y de la tuya.

​Di un bocado. El sabor fue tan intenso que me escocieron los ojos. Mastiqué en silencio, ganando tiempo, construyendo el muro alrededor de mi pecho. Hablar de Petra era como tragar vidrio molido.

​—Petra Martínez nunca quiso una hija —empecé, fijando la vista en la taza de café—. Quería un accesorio, una sirvienta y un saco de boxeo. Crecí esquivando sus manos e insultos. Para ella, yo solo era la bastarda de un hombre que no se quedó. Me repetía que mis ojos claros eran el recordatorio de su fracaso.

​Matías dejó de escribir. Sentí su mirada fija, pesada y atenta, sin lástima.

​—A los catorce años descubrí que el alcohol silenciaba su voz en mi cabeza, y entendí por qué a ella le gustaba tanto —proseguí, apretando la mandíbula al recordar el ardor del licor barato bajando por mi garganta la primera vez—. A los quince, descubrí que las pastillas me hacían olvidar dónde estaba. Y a los dieciséis, simplemente dejé de intentar estar presente; así ya nada me dolía. Me rodeé de gente que estaba tan rota como yo. Vivíamos en fiestas de tres días, en sótanos oscuros, en callejones. Era una vida desenfrenada, sí. Era un desastre. Pero al menos, cuando estaba drogada, no me dolía saber que la mujer que me dio la vida me odiaba.

​El silencio en el locutorio se volvió sepulcral.

​—¿Y el embarazo? —preguntó suavemente, casi con cautela.

​—Tenía diecisiete. Me desmayé en un baño público y desperté en una clínica de caridad. Cuando el doctor me dijo que estaba embarazada de tres meses... el mundo se detuvo. —Levanté la vista y clavé mis ojos miel en los suyos—. No sé quién es el padre, Matías. Fue un fantasma en mi neblina. Pero cuando escuché ese latido rápido, algo dentro de mí hizo clic. Era mío. Alguien a quien yo podía amar bien. Decidí limpiarme ese mismo día.

​—Pero Petra se enteró —dedujo él.

​Mi risa fue corta y amarga.

​—Claro que se enteró. Yo estaba pasando la abstinencia en mi cuarto, temblando y rogando no perder al bebé. Petra entró. Pensé que me mataría a golpes, pero sonrió. Me dijo que yo era una puta inútil, pero que el bebé le serviría. La registró como suya pagando a una partera corrupta. Usó mi debilidad para encerrarme y robarse a Daniela. Quería las ayudas sociales y jugar a la madre mártir. Y cuando yo, a los dieciocho años, completamente limpia, traté de llevarme a mi hija en la noche... llamó a la policía. Me acusó de secuestro y el sistema, por mis antecedentes, le creyó a ella. Y ahora, pagó para que me maten aquí dentro.

​Mis manos empezaron a temblar de pura rabia. De repente, una mano cálida y grande se posó sobre la mía, deteniendo el temblor de golpe. Matías había cruzado la distancia sobre la mesa; su pulgar acarició mi piel con una suavidad que me dejó sin aliento. Fue el primer contacto amable que recibí en años.

​—Esa mujer no va a volver a tocarte y tampoco va a conservar a tu hija, Blanca —dijo Matías, con la mandíbula tensa y los ojos oscurecidos por una determinación letal, impulsada por el fantasma de su antiguo cliente inocente—. Te doy mi palabra. Vamos a destruirla en la corte.

​Él recogió sus papeles con una parsimonia tensa. Antes de ponerse de pie, me miró fijamente.

​—¿Conoces a un juez llamado Vega? —preguntó en un susurro cortante.

​Negué con la cabeza, extrañada.

​—No. ¿Por qué?

​Matías guardó el expediente y me clavó una mirada gélida.

​—Él firmó tu orden de detención. Murió el año pasado.

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