Liberada por amor

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Capítulo 3 Capítulo 3: Fantasmas y alacranes

​POV Matías De la Fuente

​El olor a desinfectante industrial barato jamás lograba enmascarar el verdadero hedor de la penitenciaría femenil: una mezcla rancia de sudor, humedad y desesperanza absoluta. Caminé hacia el estacionamiento con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes. Acababa de dejar a Blanca Ramírez en el locutorio, y la rabia combinada con la adrenalina me quemaba las venas.

​Recordé nuestro primer encuentro el día anterior, cuando entró como un huracán al cubículo, negándose a sentarse; apoyó las manos en la mesa descarapelada e invadió mi espacio personal con una hostilidad magnética. El impacto había sido físico, un golpe seco en el esternón. Blanca era hermosa de una manera cruda, salvaje y dolorosa. El uniforme beige, holgado y áspero, no lograba ocultar la silueta de un cuerpo naturalmente resistente, y sus ojos ambarinos destellaban una desconfianza perpetua.

​Pero yo sabía leer a la gente en el estrado. Noté de inmediato que elegía la silla más cercana a la puerta —siempre buscando una ruta de escape— y que su dedo índice golpeaba la mesa dos veces sin que ella lo notara, un tic que delataba el pánico bajo su máscara de hierro. No era una víctima pasiva; era una guerrera dispuesta a morder antes de dejarse pisotear.

​Me subí al auto y golpeé el volante con frustración. Su confesión de hacía unos minutos sobre la Alacrana, la colchoneta rajada con la palabra "MAÑANA" y la navaja oculta en el jabón de las duchas había despertado a mis propios demonios. Un año atrás, había fallado de la peor manera. Llevé un caso que parecía sencillo, confié en los tiempos del sistema y fui lento; mi cliente inocente terminó asesinado en su propia celda. Nunca me lo perdoné. Cuando hojeé el expediente de Blanca en el bufete familiar y las alarmas del sistema se encendieron exigiéndome que no investigara, juré que no permitiría un segundo cadáver bajo mi guardia. Su historia de supervivencia a una abstinencia brutal en aislamiento y su devoción absoluta por recuperar a Daniela me habían cautivado con una fuerza que iba mucho más allá de lo profesional. Esta mujer era mi causa personal.

​Encendí el motor del Audi, sintiendo la urgencia pisándome los talones. Sabía perfectamente que sacarla de ese agujero implicaría desenterrar una red de corrupción y enfrentarme directamente a mi madre, Ofelia Rivas de De la Fuente. Ya podía escuchar su voz aristocrática y desdeñosa resonando en mi cabeza: "¿Una exconvicta de barrio bajo, Matías? ¿Una adicta?". Los De la Fuente no toleraban el escándalo, pero la idea de prenderle fuego a su perfecta torre de cristal corporativa por defender a Blanca me resultaba extrañamente placentera.

​Agarré el teléfono para marcarle directamente al juez y exigir el traslado de emergencia inmediato; no podíamos esperar a la próxima semana si el precio por su cabeza ya se había pagado. El teléfono no llegó a enlazar la llamada. En su lugar, la pantalla parpadeó con una línea entrante de un número interno de la prisión. Era el custodio que había sobornado esa misma mañana para que vigilara sus pasos.

​Al responder, una voz ahogada por una estática ensordecedora me cortó la respiración:

​—Abogado De la Fuente... la celadora del pabellón C acaba de desviar a Ramírez hacia las cocinas abandonadas. Cortaron las luces del pasillo subterráneo y las cámaras están apagadas. Tiene que regresar ya.

​POV Blanca Ramírez

​El sonido de la navaja automática al abrirse rasgó la penumbra de las cocinas desiertas con un eco helado. Me pegué a la pared de azulejos grasientos, sintiendo cómo el aire se congelaba en mis pulmones. La silueta maciza de la Alacrana se recortó contra la escasa luz que entraba por el pasillo. No venía sola; dos de sus lacayos cubrían la única salida trasera.

​—Vaya, vaya, Ramírez —siseó, arrastrando las botas con una parsimonia sádica—. Pensaste que el abogaducho rico te iba a comprar la vida, ¿verdad?

​—¿Quién pagó, Alacrana? —pregunté, tragándome el terror, obligando a mis manos a cerrarse en puños. Si iba a morir, me llevaría un trozo de ella conmigo—. Dime quién te dio la plata.

​La mujer soltó una carcajada ronca que rebotó en las ollas de aluminio industriales. Hizo girar el arma entre sus dedos callosos, disfrutando de mi desesperación.

​—Tienes enemigos muy generosos afuera, preciosa. Tu madrecita, Petra Martínez, mandó decir que dejes de estar revolviendo las aguas. Ya se enteró de que traes a un De la Fuente husmeando donde no debe, y me pagó una fortuna para asegurase de que jamás salgas de este agujero.

​El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. Petra. Sabía que era un monstruo, pero pagar para que asesinaran a su propia hija superaba cualquier nivel de maldad que hubiera imaginado.

​—Pero eso no es todo —continuó la Alacrana, acortando la distancia con la mirada fija en mi pecho—. Me dio un recado muy específico para ti, para que te lo lleves al infierno: cada disgusto que le has dado lo seguirá pagando la dulce Daniela.

​El nombre de mi hija actuó como un detonador. El pánico por mi propia vida se evaporó, reemplazado por una furia ciega, volcánica y destructiva. La mención de Daniela no me quebró; me convirtió en un animal rabioso.

​—¡Con mi hija no te metas, maldita perra! —rugí.

​Olvidé que ella tenía un arma. Olvidé las reglas de la prisión. Me lancé hacia adelante en el segundo exacto en que la Alacrana tiró el primer tajo directo a mi cuello.

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