Capítulo 7 Quien se cree
El sonido del vaso al estrellarse contra la pared de mármol resonó con la misma fuerza que mi ira. Maldije por mi falta de puntería, pero Clark ni siquiera se inmutó. Detuvo su andar por un segundo, inclinó ligeramente la cabeza sin dignarse a voltear y continuó su camino fuera de la habitación, dejándome con el pecho agitado y las manos temblando de impotencia.
—¡Estúpido, arrogante, manipulador! —Susurré apretando los dientes, mientras sentía que el calor de la rabia me subía hasta las mejillas.
Maya y Noah aparecieron casi de inmediato por el pasillo, atraídos por el estruendo. Mi hermana tenía los ojos abiertos como platos, sosteniendo una cuchara con helado a medio camino de su boca, mientras Noah miraba los vidrios rotos en el suelo con una mezcla de sorpresa y una leve sonrisa divertida.
—Eh... ¿cuñada, qué genio te gastas? —bromeó Noah intentando romper la tensión.
—Noah, cállate —lo regañó Liam, apareciendo justo detrás de ellos con su habitual seriedad, aunque su mirada se posó en mí con un dejo de genuina compasión—. Elena, cálmate. Sé que esto tiene una explicación.
—¿Una explicación? ¡Dijo en la televisión que nos vamos a casar! —le interrumpí, sintiendo que las lágrimas de frustración amenazaban con desbordarse—. Pues ve y explícale a tu hermano que no me voy a casar con él.
Maya dejó caer el helado en la mesada de la cocina, olvidándose por completo del postre. Se acercó a mí a zancadas y me tomó de los hombros. Sentía el rostro caliente, la piel erizada por la rabia y las manos apretadas en dos puños temblorosos.
—Nos vamos ya mismo —repitió mi hermana; su voz era un látigo de firmeza—. Elena, no vas a dejar que ese infeliz decida el resto de tu vida como si fueras un trofeo de su campaña corporativa.
—¡Es que ni loca me quedo aquí! —exclamé, zafándome del agarre de Maya para dar un paso al frente, esquivando los cristales rotos—. Se cree el dueño del mundo. "¿Una boda?", ¡ja! Antes prefiero caminar descalza sobre estos mismos vidrios que caminar hacia un altar con él.
Noah dio un paso atrás, alzando las manos en señal de paz mientras miraba a Liam.
—A ver, tranquilas las dos —intervino Liam, dando un paso al frente para interceptarnos la salida. Su tono no era agresivo, sino exasperantemente sereno—. No pueden irse. Y no lo digo porque quiera retenerlas por la fuerza, sino porque simplemente es imposible en este momento.
—¿Imposible? Mírame, Liam —me encaré, encajándole un dedo en el pecho mientras la voz me temblaba por una mezcla de rabia y desprecio—. Mira cómo me muevo hacia la puerta.
—Elena, escúchame un segundo antes de que te vayas —insistió Liam, cruzándose de brazos con la calma calculadora que odiaba de su familia—. Ya dieron la orden a la administración de la residencia de que no vivirían más allá. En este preciso momento, una empresa de mudanzas está recogiendo las pocas pertenencias que tenían. Sus cosas vienen hacia acá en camino.
—¿Qué hicieron qué? —gritó mi hermana, dándose la vuelta para encarar a Liam—. ¡Nadie les dio permiso para tocar nuestras cosas! ¡Esto es un secuestro!
—No las estoy reteniendo contra su voluntad —corrigió Liam con una mueca casi imperceptible, manteniendo los ojos fijos en mí—. Solo les digo que no tienen a dónde regresar. Sus pertenencias no son muchas, así que llegarán aquí en menos de una hora y se instalarán en las habitaciones del ala este.
—A ver, ¿esto es una maldita broma? ¿Una cámara oculta? —dije con la voz grave, vibrando de una furia contenida que me quemaba por dentro—. Me importa un carajo si quemaron la residencia con todo adentro. No me voy a quedar bajo el mismo techo que ustedes. Hijos de p…. manipuladores...
Un silencio pesado cayó sobre la estancia. Mi mente empezó a girar a mil por hora. Sentí una punzada de impotencia tan profunda. Pero si pensaban que estos riquillos de mierda iban a comprar mi dignidad y moverme como a una ficha en su tablero, estaban muy equivocados. Prefería dormir en el suelo de una calle cualquiera antes que cederles un solo milímetro.
Di un paso firme hacia la puerta principal, pero Liam no se movió del camino. Me observó con una mezcla de lástima, ajustándose los puños de la camisa.
—Elena, seamos realistas por un minuto —dijo Liam, bajando el tono, entrando de lleno en su terreno de negociador—. ¿A dónde vas a ir? ¿Tienes dinero para pagar un hotel esta noche? Es más... ¿tienes suficiente en tu cuenta para tomar al menos un autobús hasta Nueva York?
La pregunta se quedó flotando en el aire como un insulto. Sentí cómo el calor de la rabia se concentraba en mis puños, tensando cada músculo de mi cuerpo.
—Eso pensé —continuó Liam, aprovechando mi silencio con una frialdad casi piadosa—. El boleto más barato de autobús a la terminal...
—¡Cállate la boca! ¡No pienso seguir en tu puto juego! —grité fuera de mí, dándole un empujón en el pecho para abrirme paso a la fuerza.
Giré la manija y salí como una exhalación a la noche, con Maya siguiéndome los pasos sin dudarlo un solo segundo. Antes de dar el portazo, me di la vuelta para clavarle a Liam una mirada llena de veneno y espetarle mi última amenaza:
—Espero que así como sacaron todas mis cosas y tomaron decisiones por mí, mañana mismo pueda volver a mi residencia y esté todo exactamente como lo sacaron... O juro por Dios que destruiré este lugar piedra por piedra antes de que me vean pisar un altar.
