Capítulo 4 La prensa
Habían sido dos semanas en Newman, una lección brutal de resistencia. Clark no solo era un jefe exigente que me recordaba que no estaba siendo eficiente también estaban Liam, poco hablador pero sumamente demandante, y los continuos piropos de Noah, que siempre aparecía cuando estaba más sobrecargada de trabajo.
Cada uno a su manera me agotaba, pero hoy era domingo y, por fin, libraba. Casi lloré cuando me dieron el día libre. Sin embargo, no podía permitirme colapsar; le había prometido a Maya un desayuno el día de hoy, eso haríamos
—Vamos, Maya, el día está precioso —dije, tratando de disimular mis ojeras bajo un par de lentes de sol.
Nos dirigimos a la pequeña cafetería donde trabajé durante años antes de obtener la pasantía. Era un lugar modesto, con olor a café tostado y pan recién horneado; un refugio donde nadie me preguntaba por las auditorías de los Newman. Al entrar, la campanilla sobre la puerta anunció nuestra llegada.
Eduardo, el dueño y mi antiguo jefe, salió de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Elena! —exclamó, dejando una bandeja sobre el mostrador para venir a abrazarme—. Mira nada más quién ha vuelto. Te ves cansada, muchacha, ¿te están haciendo trabajar demasiado?
—Hola, Eduardo. Un poco, la verdad —respondí, devolviéndole el abrazo—. Pero nada que unos panqueques no puedan curar.
—Tú sabes que aquí siempre tienes tus panqueques favoritos. Maya, ¿lista para la ración doble de sirope?
Maya rió, animada, y corrimos a sentarnos a nuestra mesa de siempre, junto a la ventana. Por un momento, mientras el aroma a panqueques inundaba el ambiente y charlábamos sobre nimiedades, sentí que por fin podía respirar. Por un par de horas, al menos.
Maya, que estaba mirando hacia la calle mientras esperaba que nos sirvieran, preguntó:
—Hermana, ¿quién es ese hombre que está parado cerca de la entrada?
Seguí su mirada hacia afuera. Un hombre con aspecto descuidado, vistiendo una chaqueta oscura y sosteniendo una cámara profesional con un lente de largo alcance, estaba apoyado contra un poste de luz, tomando fotos hacia adentro de la cafetería.
—No sé, quizás persiga a alguien famoso por aquí.
—¿Te imaginas que esté Cardi B aquí en esta cafetería? —dijo Maya; le gustaba mucho esa cantante.
Vimos llegar a Eduardo con los panqueques. ¡Por fin!
—Pues con el hambre que tengo, aun así iría primero a pedirle su autógrafo —bromeé.
Ambas nos reímos y empezamos a comer, tratando de ignorar la presencia extraña. Pero la tranquilidad duró poco. El hombre de la cámara entró al establecimiento con paso decidido.
—¿Elena Baker? —preguntó, con una voz rasposa que no lograba ocultar su tono de urgencia profesional.
Dejé el tenedor sobre el plato.
—¿Quién pregunta? —respondí, tratando de mantener mi voz firme mientras terminaba de tragar el bocado que tenía en la boca.
El hombre no se inmutó. Levantó la cámara y, sin pedir permiso, capturó una foto rápida de nosotras dos antes de bajar el equipo.
—Soy periodista de The City Heart —dijo, mostrando una identificación con indiferencia—. ¿Es verdad que usted es la amante de Clark Newman?
—¡Eso no es cierto! —exclamé, indignada.
—¿Acaso niega las declaraciones de Vanessa Williams, quien asegura que los encontró juntos en las oficinas de Newman?
—Eso es falso. Yo apenas llegaba… —intenté explicar, pero no me dejó terminar.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo y llegaron más reporteros, bloqueando la salida principal.
—Elena, me indican que usted era camarera de este lugar. ¿Acaso su aventura con el señor Newman le dio el puesto de su asistente?
—No, yo soy solo una pasante… —dije, sintiéndome acorralada por los flashes.
Eduardo, desde el mostrador, estaba acorralado también por los periodistas, incapaz de intervenir. La situación era un caos; todos hacían preguntas indecorosas mientras las cámaras seguían disparando. Al ver que no había forma de salir por el frente, tomé a mi hermana de la mano con fuerza. Divisé una salida de emergencia que daba al parqueadero y que, por fortuna, estaba entreabierta.
—¡Vámonos, Maya! —grité.
Salimos corriendo entre el tumulto, escapando por el parqueadero antes de que los periodistas lograran rodearnos por completo. Mi domingo de paz se había convertido en mi peor pesadilla mediática.
Cuando por fin los perdimos, agotadas de tanto correr, Maya se soltó de mi mano.
—Hermana, ¿qué está pasando? —preguntó tan cansada como yo.
—No lo sé… —Me llevé las manos a la cabeza. ¿Qué había pasado y cómo era posible que dijeran que era la amante de Clark?
—¿Cómo no vas a saber? Ese tal Newman es tu jefe, ¿tienes algo con él? —su cara lo decía todo, pero yo tampoco sabía qué responder—. Hermana, por Dios, es un viejo.
—Primero, sí es mi jefe, pero no salgo con él. Segundo, solo tiene 31 años, no está tan viejo…
—Tienes 24 años, ¡es un viejo para ti! Vamos, explícate ahora —cruzó los brazos—. ¿Quién es la tal Vanessa que te encontró?
Escuchar de nuevo su nombre me hizo recordar quién era.
—Joder, esa hija de…
—¡Esa boca, hermana!
Haciendo caso omiso, solo respondí: —Ella estaba allí cuando él me besó.
—¿Él? ¿Quién, tu jefe?
—Sí, se la quería quitar de encima el día de la entrevista y me besó.
—Pues vaya lío que se armó por dejarte besar. ¿Es que eres tonta o qué? ¿Cómo te dejaste besar por ese hombre? ¿Acaso no pensaste que podría ocurrir algo así?
—¡Stop! Basta de regañarme… Solo vayamos a la residencia allí estaremos bien —dije viendo que unos reporteros se acercaban buscándonos
