Capítulo 7 VII
La brisa era fría y los grillos sembraban temor, pero sentados sobre la tierra húmeda, rodeados de las plantaciones que ellos mismos habían creado, Catherine sentía un calor interno reconfortante. Observó a su esposo, cuyos ojos permanecían cerrados, como si meditara. Sus manos entrelazadas parecían suplicar que ese lazo jamás se rompiera.
—Mi amada, ¿acaso deseas leer mi mente? —bromeó en un murmullo.
—Sería imposible, mi príncipe —titubeó.
—Entonces… ¿por qué me miras?
—Estoy observando que a las plantas les falta agua —respondió nerviosa—. Además, ¿cómo sabe su excelencia que lo miro si tiene los ojos cerrados?
Thomas se incorporó, tomando entre sus manos el suave rostro de Catherine. Ella no pudo apartar la mirada de sus ojos azules; sentía que su espíritu escapaba por sus labios.
—Es imposible que no conozca nada de ti —susurró—. Cada vez que estoy cerca, mis pies flaquean, mis manos buscan tu piel y mi corazón al tuyo. Si mañana debo morir, lo haré feliz. No es el reino lo que me gratifica… eres tú, hoy y por toda la eternidad.
Catherine se sintió indigna de aquel amor, pero por una vez deseó ser egoísta. Anheló compartir su vida con él, pese al asesinato de su madre.
Pero todo instante, bueno o malo, es interrumpido.
—¡Su majestad! —corrió Edward—. La reina desea verle antes de que amanezca.
Aunque no habían hallado el refugio real, las sombras del príncipe informaron a los soldados leales. Thomas presentía una guerra política inminente, aunque no se arrepentía de haber sido feliz junto a su esposa.
—Edward, cuida de la princesa. Que coma bien y no se separe de ti —ordenó—. Presiento que esto no será nada bueno.
Ella lloró esa noche. Sabía que la emperatriz había movido sus piezas. Aquella mujer que había asesinado a su madre sin piedad.
«Prometo que algún día te haré lo mismo», susurró entre lágrimas.
En la oscuridad, una sonrisa macabra se dibujó en el rostro del ser que observaba. La risa escalofriante resonó como un eco antiguo. Vlad aún estaba presente.
La villana emperatriz ya había movido sus piezas. Catherine lo sabía con una certeza amarga, clavada en el pecho. Aquella noble suprema había asesinado a su madre sin mostrar remordimiento alguno; desconocía el motivo oculto, pero jamás olvidaría la forma deshumanizada en que lo hizo.
—Prometo que algún día te haré lo mismo —susurró entre lágrimas, aferrándose a las frías telas que aún conservaban el aroma de su esposo.
Antes de rendirse por completo a las pesadillas, sintió una necesidad desesperada de impregnar su ser con el último rastro que Thomas había dejado entre sus ropas. Inhaló profundamente, como si aquel perfume pudiera protegerla. Luego, con su nombre escapando de sus labios —Thomas—, cayó en un sueño inquieto.
Una sonrisa macabra se dibujó en el rostro del ser que la observaba desde las sombras. Le resultaba cómico su sufrimiento, pero aún más divertido le parecía el hecho de que, incluso después de haber masacrado a su harén, él continuara regresando a ella.
La burlesca curva de sus labios se enderezó lentamente. Caminó hacia su lecho y levitó, quedando frente a frente con su cuerpo dormido.
De sus dedos emergió una uña afilada. La clavó con precisión en un punto pequeño, aunque profundo. Una gota espesa de sangre resbaló por la pierna de Catherine. La lengua de Vlad no tardó en aparecer, degustando aquel sabor con un estremecimiento extático.
El deseo ardió en su mirada, pero se contuvo. Aún no era el momento.
Con un gesto sutil, depositó pesadillas en su descanso. De ese modo aliviaría, aunque fuera un poco, la ansiedad de aquello que planeaba cumplir. Abandonó el lugar riendo, una carcajada escalofriante que atravesó los bosques y pareció llegar hasta Rumania, recordándole al mundo que él aún existía.
Entonces, el sueño se quebró.
«¿Qué es esto?»
Catherine se encontró rodeada de hogares de vidrio, tan altos como palacios. Las personas caminaban sin mirarse, con los ojos fijos en rectángulos luminosos que sostenían entre sus manos. Vio a una mujer sin rostro que la amenazaba con desvivirla.
Una estrella gigantesca descendía del cielo, besando la tierra y los árboles. Y allí, entre la multitud, estaba Thomas… pero no estaba solo. A su lado había una mujer desconocida.
—Ven a mí —susurró una voz.
Despertó abruptamente.
Su corazón palpitaba con violencia, y limpió el sudor frío que cubría su frente y su cuello con manos temblorosas.
—Princesa, es hora de despertar —dijo Edward con suavidad, golpeando la puerta.
El sonido le provocó un sobresalto aún mayor. Mientras se dirigía a la tina ya preparada, reflexionó sobre aquellos sueños. Había pensado tanto en Thomas que ahora lo veía, pero junto a otra dama. Y aquellas ciudades… jamás había visto algo semejante. Eran horroras, antinaturales, y le generaban un terror desmedido.
Pese a las adversidades que desgarraban su alma, Catherine comprendía —aunque aún no del todo— que aquello solo eran pequeñas piedras anticipando su sendero.
El retorno al frío palacio no era más que una prueba mínima de lo que le aguardaba.
El verdadero camino de la villana apenas comenzaba.
Y esta vez, no habría retorno.
