Capítulo 6 VI
Aquel día, nubarrones de formas colosales desfiguraron la belleza celestial. El cielo, antes diáfano, se volvió un lienzo de sombras agitadas. Entre la lóbrega vaharina, el ser inmoral reclamó poder, percibiendo en la tempestad el costado más terrorífico de Catherine. No era solo la tormenta lo que rugía: algo antiguo y prohibido se agitaba con ella.
Entre las hojas delgadas y envejecidas del bosque, las pisadas impactaban con un crujido quebradizo, hiriendo la tierra. Las cortezas eran arrancadas con violencia por la velocidad desesperada de la huida. La necesidad de verla se marcaba en el aire, mezclada con el aroma conocido de la pasión y la obsesión.
Su cuerpo se transformó entonces en un gigantesco murciélago, de alas descomunales y un rostro humano deformado por el deseo. Camuflado entre las nubes, fue capaz de verla.
La situación no fue desagradable en lo más mínimo. Ella fue tomada por una dulce paz, por una sensación de amor tan profunda que anulaba cualquier noción de posesión. Solo existía el sentimiento puro. Nada de lo que él había hecho —o haría— con ninguna mujer, incluida la princesa heredera, se asemejaba a aquello.
Con sus venas ennegrecidas a punto de estallar, esa noche tomó dominio de sus concubinas, intentando demostrarse a sí mismo que nunca sería capaz de amar. En el acto, mató a tres de ellas, quedándose únicamente con Raluca, su leal servidora.
Los planes del asesino fluctuaban en una línea temporal que iba más allá de la mente humana; planes que, según su propio pensamiento retorcido, enriquecerían la vida de Catherine. Aun así, aquellos eran apenas los primeros pasos hacia el lado oscuro de la princesa: un abismo tan vasto y profundo que incluso las olas del mar parecían insignificantes ante su presencia.
La noticia del asesinato llegó a oídos del imperio, tomada como testimonio a través de Raluca. Se inició la búsqueda de los sospechosos por el asalto a la propiedad privada y el asesinato a sangre fría de las tres jóvenes, con pruebas de ultraje lascivo.
Aun con temor y una forma distorsionada de amar, Raluca siguió los planes del conde. Tomó como candidatura perfecta convertirse en sirvienta exclusiva al lado de la princesa: la infiltrada ideal para obtener información durante el día, cuando él no podía acercarse a la suprema noble.
—Su majestad, emperatriz —dijo con voz quebrada—. Somos enviados de la corte de mi preciada nación. Ruego que encuentre a quienes ultrajaron a mis hermanas e intentaron hacer caer a mi conde.
Las lágrimas frías se desvanecían en su rostro.
—He visto el cuidado que el conde prodiga a sus sirvientas —respondió la emperatriz—. Tengan cuidado: este reino no descansará hasta hallar al culpable de tal masacre.
El concilio se llenó de aplausos ante aquella promesa de justicia. Sin embargo, eran palabras vacías. El conde, consciente de la magnitud de su crimen, sabía que nadie encontraría al verdadero culpable. Además, la astuta emperatriz jamás movería un dedo por el asesinato de simples sirvientas. En el sentido aristocrático, las personas de bajo estatus no merecían la atención de la alcurnia, y menos aún de una soberana que despreciaba incluso a quienes sostenían el imperio con sus impuestos.
El castillo se sentía frío sin la presencia de sus majestades. Las habitaciones vacías reforzaban la idea de que unificar los palacios sería lo más eficiente, una construcción sólida que había sido rechazada con firmeza por el heredero de la corona. Aun así, los feudos insistían. La estabilidad política se desbalanceaba a medida que el príncipe se ausentaba de su camino al trono.
La división era evidente: algunos afirmaban con entusiasmo que el joven heredero no había realizado aún ninguna hazaña digna de la corona; otros sostenían que, por derecho sanguíneo, era el único príncipe, y que cualquier negativa sería considerada traición directa al imperio.
Aunque la emperatriz decía amar a su hijo, en su corazón el amor propio siempre fue superior.
—Lamento que la ausencia del príncipe heredero los haya puesto en tan desdichada situación —endulzó su voz—. Meditaré esto con sumo cuidado. Para cuando el sol nos ilumine, estén preparados para mi respuesta.
Aquellas declaraciones afectaron profundamente a quienes apoyaban al heredero. Las iniquidades de la reina eran conocidas en todo el territorio, y esas palabras aseguraban un viaje largo y doloroso.
En el frío bosque que habían llamado hogar, construido en apenas unos días, reinaban la tranquilidad y la plenitud. Los planes macabros del exterior aún no los alcanzaban. Solo existían el uno para el otro, descubriéndose a través de la piel y las emociones.
Catherine se sentía plena. Había sido ella quien descubrió ese deseo por su esposo, y en ese presente podía evitar pensar en la deshonra provocada por su hermano. Allí solo estaban Thomas y ella, el hombre que la cuidaba y la amaba.
«¿Cómo puede mi príncipe amarme si nunca antes me había conocido?», reflexionó.
Aunque la duda surcaba su mente, su timidez era mayor. La luz que él le brindaba apagaba las sombras que su propia familia había sembrado en su corazón.
