Capítulo 20 XX
Durante días enteros, el mundo exterior dejó de existir. El universo se había contraído hasta los límites de una alcoba real, cuyas paredes de piedra parecían sudar bajo la intensidad de lo que allí ocurría. El aire se había vuelto una sustancia viscosa, un fluido denso atrapado entre tapices que absorbían el aroma a incienso quemado, el sudor rancio de las sábanas de lino y el almizcle metálico de una pasión que bordeaba la desesperación. Catherine y Thomas no solo se amaban; se devoraban con la urgencia de dos náufragos que saben que el océano está a punto de engullirlos. Cada encuentro era un simulacro del juicio final, una batalla donde la única bandera blanca era la fatiga absoluta.
La piel de Catherine, perlada por una transpiración constante que brillaba como mica bajo la luz mortecina de las velas de sebo, se fundía con la anatomía de Thomas en un baile de espasmos, mordiscos y susurros rotos. En la penumbra, sus cuerpos no parecían humanos, sino una sola criatura mitológica luchando por su propia existencia. Thomas no podía apartar la mirada ni un segundo. Verla entregada a los deseos más primarios de la carne, con el cabello enredado y los ojos perdidos en el vacío del placer, le resultaba un poema sangriento. Era una oda a la rendición total, un sacrificio donde él era tanto el sacerdote como la víctima. Cada suspiro que escapaba de los labios de Catherine, rojos e inflamados por los besos voraces que se intercambiaban sin tregua, chocaba contra el pesado dosel de la cama como el eco de una oración pagana en una catedral olvidada.
Por las mañanas, el sol se filtraba como un intruso por las rendijas de las pesadas cortinas de terciopelo. Thomas despertaba con un dolor sordo y pulsante en la base del cráneo, una resaca física provocada por la falta de sueño y la fuerza casi violenta con la que ella lo aferraba durante el clímax. En su espalda, las marcas de las uñas de Catherine se alineaban como estigmas de una devoción absoluta, surcos rojos que escocían al contacto con la ropa, recordándole que ella no aceptaba una entrega a medias.
Ahora, Thomas se sentía completo. No era la mera fricción de los cuerpos lo que lo sostenía, sino una amalgama de amor y un pavor existencial que solo ella podía calmar. Catherine, a pesar de las cicatrices invisibles que el pasado —lleno de abusos, traiciones y sangre— había tallado en su psique, se había arrojado voluntariamente al abismo de este sentimiento. Había permitido que los demonios que antaño la atormentaban por las noches quedaran sofocados, aplastados bajo el peso del cuerpo de su rey. Habían esperado una eternidad, atravesando guerras y complots, para ser finalmente una sola entidad: una bestia de dos espaldas que desafiaba la soledad inherente a la corona.
—Mi rey… —gemía ella en el umbral del sueño, y en su voz no había rastro de la sumisión que la corte esperaba de una reina, sino un reclamo de propiedad absoluto. Era el sonido de una mujer que había conquistado su propio paraíso en medio del infierno.
Un golpe de realidad, seco, persistente y cargado de la frialdad del mundo exterior, destrozó la burbuja de éxtasis. El sonido de los nudillos contra la madera de roble de la puerta principal resonó como una sentencia de muerte. Afuera, el mundo no se había detenido; seguía conspirando, pudriéndose en sus propios resentimientos. Raluca golpeaba con una insistencia febril, su voz filtrándose por las rendijas con noticias que sabían a ceniza y a rancio protocolo. La emperatriz viuda, esa sombra del pasado que Thomas deseaba desterrar, exigía ver a su hijo.
La anciana había llegado no como una madre, sino como una conquistadora caída, con una pompa innecesaria y un despliegue de poder residual que buscaba reclamar un lugar que la historia ya le había negado. Su presencia era un recordatorio de que las deudas de sangre nunca se cancelan del todo.
Agotados, con los músculos temblorosos y la mente nublada por los vapores de la alcoba, los reyes tuvieron que enfrentar lo inevitable. El tránsito de la cama al trono fue un descenso doloroso. La sala principal del castillo se sentía gélida, un contraste brutal con el calor febril de la habitación. Allí esperaba la viuda. Sus arrugas eran surcos profundos en un rostro que alguna vez fue el epítome de una belleza legendaria, pero que ahora solo reflejaba una presencia de rencores y amarguras. Era una reliquia de un tiempo de traiciones, una estatua de carne que aún respiraba odio.
Bajo el implacable peso de la etiqueta ceremonial, la viuda tuvo que realizar el acto más amargo de su existencia. Según las leyes de la sangre y el linaje, Thomas debería haber sido quien se inclinara ante su madre, pero el orden natural había sido subvertido por el decreto del dolor. Ante el daño irreparable que ella había causado a la estabilidad del reino y a la integridad de su hijo, el protocolo se había invertido. Fue una humillación pública y silenciosa: un beso forzado al polvo del salón frente a los guardias que alguna vez le temieron.
—Thomas, tu madre te ha esperado mucho tiempo —murmuró la anciana, dejando que una delgada lágrima rodara por sus mejillas ajadas. Era un gesto calculado, una pieza de teatro diseñada para despertar una lástima que Thomas ya no era capaz de sentir.
—Emperatriz viuda —intervino Thomas, su voz sonando como el choque de dos espadas de acero en un cementerio—. Está usted ante su Rey y su Reina. No tiene permiso para pronunciar mi nombre de pila, ni el de mi amada esposa, sin una autorización explícita que no tengo la menor intención de conceder.
La anciana apretó las mandíbulas con tal fuerza que sus dientes crujieron. Paciencia, paciencia, se repetía como un mantra oscuro mientras sentía cómo su odio fermentaba en su interior como un vino echado a perder.
Catherine, con la palidez de una estatua de mármol y una mirada cargada de una autoridad que no necesitaba gritos, le indicó a Edward que retirara a la mujer de la sala. El aire mismo pareció limpiarse, despojándose de una presencia ponzoñosa cuando la viuda salió arrastrando sus pesadas vestiduras. Sin embargo, una tensión nueva, más vibrante y eléctrica, ocupó el vacío.
