Las Joyas de Sangre

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Capítulo 18 XVIII

La espesa y amarillenta sustancia que arrojaba la carne asada al fuego —una grasa rancia mezclada con el icor de un prisionero cuya identidad ya no importaba, pues su único propósito ahora era nutrir al depredador— se esparcía sin control sobre el grueso cabello azabache que caía, como una cascada de sombras nocturnas, sobre las ropas teñidas de sangre seca del guerrero. Dravenhild masticaba con una parsimonia aterradora, sus mandíbulas triturando el cartílago y la fibra con un ritmo hipnótico que helaba la sangre de los presentes. Su mirada no era la de un hombre nacido de mujer, sino que era comparada con los rayos que, sin piedad ni aviso, azotaban el bravío mar del norte, perforando las nubes negras y haciendo doblegar a las olas ante su magnificencia eléctrica y destructora. Había un vacío absoluto en sus pupilas, el vacío de quien ya no reconoce las leyes de los hombres, sino solo la ley de la necesidad primaria.

Sus manos, viscosas por la grasa caliente y los fluidos corporales que aún humeaban en el cuenco de madera, rozaban con una delicadeza animal la piel tensa de su esposa. Ella se estremecía bajo su tacto, un escalofrío que bailaba en la frontera entre el pavor y el éxtasis. A pesar de lo que su hombre ingería —aquella comunión prohibida con la carne de sus enemigos, un ritual que pretendía absorber la fuerza del caído—, ella lo veía tan viril, tan imbuido de una esencia divina y monstruosa a la vez, que le era imposible sentir el más mínimo asco o repugnancia hacia él. Para ella, Dravenhild era el eje de un universo que se regía por la ley del colmillo y la garra. Él era el sol negro de su mundo.

Dravenhild, con los labios aún manchados de un rojo brillante, espeso y ferroso, selló su ternura con un beso lujurioso que sabía a muerte reciente y hierro oxidado. Los testigos de la fiesta —nobles de menor rango cuyos estómagos se revolvían ante las actividades del hijo del líder— bajaban la mirada hacia sus jarras de hidromiel y aplaudían con un temor servil. Cada vívido detalle de la escena era una advertencia silenciosa: en ese salón, la humanidad era un lujo que nadie podía permitirse. Incluso los rehenes, encadenados a los pilares de madera que sostenían el techo ahumado, observaban con ojos desorbitados por el trauma cómo los restos de su propio señor se convertían en el combustible para la furia de Dravenhild, el Portador del Martillo. El olor en la estancia era insoportable: una mezcla de sudor rancio, carne quemada y el aroma metálico del miedo acumulado.

Las risas guturales y los cánticos de guerra, que resonaban como golpes de hacha contra un escudo, menguaron bruscamente cuando uno de sus hermanos de sangre ingresó al salón. No venía solo; escoltaba a un mensajero que parecía más un cadáver animado por el puro terror que un ser vivo. Sus ropas eran andrajosos harapos empapados en agua salada y costras de sal; sus carnes presentaban latigazos y laceraciones infectadas que supuraban un pus grisáceo y maloliente. Al llegar al centro del salón, sus piernas cedieron y se arrojó a los pies del estrado con una tos violenta que salpicó de saliva sanguinolenta a la alfombra de piel de oso.

Dravenhild se puso en pie. Cada paso que daba sobre la vieja madera del salón hacía crujir los cimientos de la casa entera, como si el peso de su destino fuera físico. Se detuvo frente al moribundo y lo analizó con la meticulosidad de un carnicero profesional ante una res de primera calidad. Sus ojos buscaban alguna herida específica, algún mensaje tallado en la piel por la mano de su padre, una señal que solo los iniciados en la guerra pudieran descifrar.

—Dravenhild... —la voz del mensajero era un susurro quebrado, un estertor que luchaba contra el silencio absoluto del salón—. Él... ha muerto.

—¿Quién ha muerto? —preguntó Dravenhild. Su voz era un rugido contenido, la calma pavorosa que precede al hundimiento definitivo de un barco en alta mar.

—Skorvald. Tu padre... El Rey del Mar Negro ha caído bajo el acero de los sajones. Su cabeza es ahora un trofeo en sus carpas de seda.

El final del mensaje fue la sentencia de muerte para el mensajero; sus ojos se pusieron en blanco mientras el último aliento escapaba de sus pulmones destrozados. Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Todos conocían la fiereza de Skorvald; su muerte era un concepto imposible de procesar, como si alguien dijera que el océano mismo se había secado. Dravenhild sintió cómo un rincón oscuro de su rocoso pecho se expandía, una marea de bilis negra que devoraba la poca luz que quedaba en su espíritu.

Había esperado el regreso de su padre con un entusiasmo casi infantil, oculto tras su máscara de guerrero, deseando una reconciliación que ya nunca germinaría. Recordó, con un peso de remordimiento que le quemaba las entrañas como carbón encendido, cómo había apoyado a su tío en la fallida incursión de Northumbria sin el permiso paterno. Aquella decisión, nacida de la impaciencia juvenil y la sed de gloria, se convertía ahora en un clavo ardiendo en su corazón. Dravenhild no era un hombre hecho para las lágrimas; el líquido que brotaba de sus ojos habría sido ácido. Su dolor se transformaba en una inestabilidad psíquica inmediata, un cambio de humor tan drástico que sus propios guardias retrocedieron, temiendo ser las próximas víctimas de su furia.

Aquel pesado sentir no salió por sus ojos, sino que se almacenó como un veneno concentrado en sus músculos. La sed de venganza comenzó a hervir, una promesa de que Inglaterra entera ardería hasta que el cielo se tiñera del mismo color que la sangre de su padre.

Con sus fuertes piernas resonando como tambores de ejecución, se dirigió hacia el centro de la aldea, saliendo del salón hacia el frío cortante del exterior. Su voz áspera, que imponía una autoridad que parecía emanar de las mismas rocas milenarias de los fiordos, motivó a los soldados que acababan de regresar de sus propias travesías. Eran hombres del mismo espíritu: guerreros cuya única oración era el choque del metal, dispuestos a entregar su vida por un plan que garantizara la supervivencia de sus mujeres y niños bajo el puño de hierro de un nuevo y más despiadado rey.

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