Capítulo 17 XVII
El Conde podía sentir el latido frenético de la yugular de la reina incluso a través de la distancia que marcaba el protocolo; sus colmillos le ardían en las encías, una pulsación dolorosa y eléctrica, hambrientos por perforar la porcelana de su piel blanca y probar aquel icor dulce, tibio y regio que la mantenía con vida. Deseaba beberse su autoridad, tragar su voluntad hasta que ella no fuera más que una cáscara vacía que solo él pudiera llenar.
—Como bien sabes, nuestro rey volverá pronto victorioso por la gran entrada triunfal. El pueblo necesita pan y felicidad, pero yo necesito orden —Catherine caminaba de un lado a otro, su vestido de terciopelo pesado crujiendo contra el suelo de mármol como el siseo de una serpiente sobre la hojarasca—. Necesito que verifiques con un rigor maníaco, con una crueldad si es necesario, que el hospital de campaña funcione correctamente. Quiero que los médicos sean amables con los soldados que han sangrado por nosotros. No quiero quejas de hombres que han perdido miembros por Inglaterra.
Se detuvo frente a un ventanal, observando los jardines grises. —Si esos carniceros de batas blancas no se sienten satisfechos con su pago o con el suministro de opio, diles que lo tomen directamente del presupuesto de su reina. Prefiero un tesoro vacío que una armada resentida llamando a mis puertas con sus muñones. El dinero se recupera; la lealtad del acero, una vez perdida, se convierte en la soga que te ahorca.-suspiró rosando el frío vidrio-
Catherine le dio la espalda, un gesto de confianza suprema o de desprecio absoluto, dirigiéndose hacia la gran academia donde se formaban los futuros jueces del reino, aquellos que legalizarían sus futuros crímenes. El Conde, en un silencio absoluto, devoraba con la mirada la silueta de la mujer, trazando con su mente la línea de su cuello, anhelando el momento en que la voluntad de ella se quebrara ante la suya.
Desde un costado de la sala, oculto entre los tapices que narraban glorias pasadas, Edward, el caballero de la reina, observaba la reacción impúdica del noble. Sus ojos, acostumbrados a vigilar la oscuridad, captaron el deseo animal y la sed en el Conde. Edward apretó el pomo de su espada hasta que sus nudillos blanquearon, pero no podía denunciarlo. No podía hacerlo porque el eco de ese mismo deseo habitaba en su propio pecho; él también veía a su reina con una devoción prohibida, un culto secreto que lo atormentaba cada noche en su catre de soldado. La diferencia radicaba en el remordimiento que corroía el alma de Edward como el ácido.
Él era un hombre de una lealtad casi exagerada, una esponja que absorbía sus impulsos, sus gritos y sus anhelos para transformarlos en un martirio silencioso de vigilia y acero. Había pensado incluso en casarse con una mujer de la baja nobleza a la que despreciaba, una mujer sin rostro ni alma, solo para alejar de su mente la imagen abrasadora de Catherine desnuda de títulos y sedas.
—Edward, ¿qué sombra te tiene tan absorto? ¿Acaso ves fantasmas en mi salón? —la voz preocupada, matizada con un deje de ternura que él no merecía, lo trajo de vuelta a la luz hiriente del día.
—Mi reina, hay algo dulce y amargo en mis entrañas, una mezcla de hiel y miel que me produce un malestar indescriptible —confesó el guerrero, bajando la mirada para no perderse en la miel de los ojos de ella, por miedo a que ella leyera su traición—. Lamento importunarla con las miserias de un humilde siervo que solo debería conocer el peso de su armadura.
Catherine rio, un sonido cristalino y puro que para Edward era más sagrado que cualquier oración litúrgica, un sonido por el que moriría. —Edward, eres el único con el que puedo permitirme el lujo de ser yo misma, sin máscaras. Eres quien me protege de la muerte física y, lo que es más importante, de mi propia vergüenza. Si esta reina puede hacer algo por tu pesar, dímelo, y moveré el cielo, el infierno y las fundaciones de esta isla para aliviarte.
El soldado sintió un fuego ardiente recorriéndole el cuerpo, una llama que consumía sus votos de castidad y obediencia. Por ella, él sería escudo contra lo visible y espada contra lo invisible; sería el monstruo bajo la cama de sus enemigos o el ángel de la muerte en su puerta. Incluso si tuviera que desafiar las leyes de la física, de la ciencia y de lo que existe en el universo entero, lo haría por ella, condenando su alma al fuego eterno con una sonrisa en los labios si eso le garantizaba a ella un segundo más de paz.
Mientras tanto, en las profundidades de sus estancias cargadas de un olor rancio a incienso, hierbas amargas y decadencia biológica, la Emperatriz Madre rumiaba su odio como una bestia vieja que mastica huesos secos. Ante tanto negativismo acumulado en sus paredes, sentía que la estructura misma del palacio se cerraba sobre ella, asfixiándola. Estaba ansiosa por desatar sus planes, por ver la sangre correr por los desagües, pero sabía que un solo paso en falso, un susurro mal colocado, arrojaría su legado de siglos a la borda. Estaba convencida de que los daneses no se darían por vencidos; asesinar a Skorvald no era una victoria, era una invitación a un apocalipsis de hachas y fuego, pues el Rey del Mar Negro era un dios entre los bárbaros, y los dioses siempre exigen sacrificios de sangre de quienes los derriban.
El Conde, esa criatura de sombras que ella creía controlar, le había asegurado bajo un juramento de sangre que le entregaría la cabeza de la "sucia reina" Catherine. Para la Emperatriz viuda, Catherine era una advenediza, un parásito que seguía desafiando su autoridad milenaria con una insolencia que clamaba al cielo. La joven que había llegado al palacio con un carácter dócil, una niña que bajaba la mirada, se había convertido en un bastión inexpugnable, protegida por una armadura de astucia y una red de lealtades masculinas que la Emperatriz —en ese entonces— no lograba perforar con sus venenos habituales ni con sus intrigas de alcoba, solo era mediante un exceso de dinero que había recibido por una cascada de sangre que Catherine había logrado efectuar.
Ahora, a la anciana solo le quedaba el recurso del silencio definitivo, la paz del sepulcro. Observaba con dedos temblorosos el retrato de su único hijo, el rey Thomas. A él lo había amado con una devoción posesiva y enferma durante su niñez, tratándolo como una extensión de su propio cuerpo; pero ahora lo despreciaba por haberse vuelto tan inútil, tan blando y tan ciego ante el poder de Catherine, tal como su difunto marido se había ablandado antes de morir.
El único remedio que quedaba en el corazón seco de la Emperatriz, una víscera que ya no bombeaba amor sino hiel, era el de dormir a su propio hijo por la eternidad. Quería separarlo de Catherine a través de la mortaja pesada, quería que ambos se reunieran en el vacío absoluto del Hades, para que la reina que se pronunciaba en su contra dejara finalmente de respirar el aire que, según su delirio de grandeza, solo le pertenecía al linaje puro de la muerte. La traición ya no era una posibilidad estratégica; era una sentencia que se ejecutaba en la penumbra de los pasillos reales, un veneno que ya estaba servido en las copas de la historia, pero que aún no era hora de abrazar por completo. Esperaría a que la luna se tiñera de rojo con la sangre de los daneses para dar el golpe final.
