Las Joyas de Sangre

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Capítulo 13 XIII

La sangre se derramaba sobre las sábanas, como una copa de vino rechazada por manos torpes, extendiéndose en manchas densas que se impregnaban en la tela con una lentitud obscena, como si el propio tejido quisiera beber de aquel cuerpo agonizante. El cuerpo del espía temblaba, estremecido por la manera cruel en que la vida se le escapaba, gota a gota, suspiro a suspiro, en convulsiones breves y húmedas.

Raluca recogía cada hilo que descendía por el cuello pálido, saboreándolo con una devoción impía, enardecida entre el deseo y la agonía de saberse ignorada por su conde, de no ser la elegida, de no ser la que compartía el lecho ni el sudor ni la respiración nocturna de aquel hombre al que había entregado su fe. Si bien aceptaba a Catherine como su dueña, como emperatriz y señora de su destino, sentía un rechazo profundo y corrosivo por la emperatriz viuda, aquella mujer que compartía carne y cama con su amado ser, aquella que ocupaba el sitio que Raluca codiciaba en silencio desde hacía demasiado tiempo.

Desde lejos aún podía oír los gemidos abruptos de la anciana.

Ojalá violara la orden de mi conde, pensaba, aturdida por el efecto viscoso de la sangre fresca, embriagada por su hierro caliente, por su dulzor enfermizo.

Gateando por las fortificadas paredes, arrastrando su cuerpo como una sombra adherida a la piedra húmeda, logró ingresar por una de las ventanas que daban a un amplio balcón donde Thomas solía detenerse para observar la luna, para respirar la noche, para fingir que no gobernaba un reino corroído por la guerra.

La reina descansaba, atrapada en una pesadilla profunda. Se aferraba a una túnica del rey como si aquella prenda pudiera calmar el temblor de su pecho, como si pudiera invocar su presencia con la presión desesperada de los dedos.

La fragilidad de su reina la conmovió de una manera peligrosa.

Posó la mano sobre el rostro frío y dejó que su mente descendiera hacia los recuerdos que no le pertenecían, hundiéndose en escenas antiguas, juramentos de sangre, coronaciones manchadas, traiciones murmuradas entre columnas de mármol y velas agonizantes. Una ira densa la atravesó al pensar en el hermano al que todavía no había matado.

—Nos vengaremos, mi reina —susurró, besando aquellas manos inertes con una reverencia que parecía una promesa.

De un salto silencioso aterrizó sobre las rocas exteriores y tomó el camino hacia donde se encontraba el conde, cuya figura, aun en pleno acto estimulante, seguía graficándose en su mente con la claridad de una blasfemia: Catherine de Luxiner, erguida, soberana, imposible de arrancar del centro de sus pensamientos.

Con el retorno de Edward, el reino había comenzado a fortalecerse de una forma visible, tanto en cuerpo como en espíritu. Catherine había logrado atraer a nobles de menor rango, hombres que durante años habían sido desmerecidos por la corona y ahora encontraban en aquellas reformas una oportunidad para recuperar dignidad y poder. A ello se sumaban las negociaciones bilaterales con otras naciones, que habían traído un incremento sostenido de la demanda comercial, reduciendo la pobreza, el desempleo y la desesperanza que la guerra había sembrado como una plaga.

Pese a su apretada agenda, Catherine siempre se presentaba allí donde estaban sus soldados, evaluando el progreso, observando heridas, corrigiendo posturas, anotando nombres, estudiando rostros que quizá no volvería a ver. La cantidad aún era pequeña: necesitaban incentivar a los miembros de la guardia a permanecer, seducir a otros con la promesa de ascensos y reconocimiento.

Como medida estratégica, el conde había sugerido un sistema de puntos entre batallas: según a quién se abatiera sería la recompensa obtenida. De esa forma, podrían acumular méritos y avanzar hacia un nuevo puesto dentro de la nobleza militar, escalando peldaños construidos con sangre.

Las espadas chocaban en la arena mientras la lluvia transformaba las prácticas en una imitación grotesca de la guerra real. El barro se adhería a las botas, los cuerpos resbalaban, los golpes dolían más. Catherine, junto a Edward, seleccionaba en conjunto a los posibles soldados que serían enviados donde el rey combatía.

El agua recorría sus mejillas y se filtraba bajo las verdes vestimentas, delineando sin pudor lo que ocultaban las telas pulcras. Para Edward fue inevitable mirarla; se compadeció de sí mismo por ser un simple caballero y luego recordó, con una punzada amarga, que ella era la madre de la nación, la esposa del rey, aquella a quien él, como humilde servidor, debía proteger incluso de sus propios pensamientos.

Con la poca conciencia que le quedaba bajo su piel flagelada por el frío, insistió en que ingresara, se cambiara las vestiduras y bebiera algo caliente. Ella se negó varias veces, pero terminó accediendo cuando el viento comenzó a robarle el calor que aún conservaba.

Ante aquel deseo obsesivo de que su esposo fuese protegido, necesitaba ser ella quien eligiera lo mejor, incluso si algo malo sucedía en el proceso.

—Majestad —ingresó Raluca, sujetando las puertas para evitar que se escuchara desde los pasillos.

—La emperatriz viuda intentará truncar el proyecto —comentó—. Ha sembrado discordia en la academia, y parte de los eruditos están a su favor… por no decir la gran mayoría.

Las malas noticias le desencadenaron un malestar profundo, aun cuando faltaba tan poco para aprobarlo todo.

Sentada al borde de la cama, con las túnicas todavía húmedas, Catherine se recorrió el rostro con la mano, queriendo arrancarse el peso de los hombros. Miró a Raluca, que aguardaba órdenes.

—Necesito nombres, direcciones y puntos débiles —ordenó—. Enviá a algún noble… o al mismo conde. Si él no logra disuadirlos… —pausó— usaremos sus debilidades y los destruiremos.

Raluca salió en busca del duque que obedecía como un perro las órdenes de su ama.

Catherine se sintió decepcionada de sí misma; cuando creía que todo estaba resuelto, algo nuevo surgía para ser demolido por sus enemigos.

Se quitó las prendas húmedas, vistiendo solamente su naturaleza desnuda, y tomó los elementos para escribirle a su esposo.

Para mi amado rey:

¿Cómo son tus días? Aunque el sol brilla cada mañana y los pájaros abrazan mis sueños al despertar, yo vivo en una oscuridad sin colores ni sonidos. Tu risa era mi música, y mi color eras tú. Siento que la vida nos separó desde que nacimos, y ahora vuelve a alejarnos sin misericordia.

Pronto iniciaremos un nuevo proyecto que beneficiará a la nación. He estudiado durante horas enteras por un bien mayor. Anhelo tu llegada triunfal y digna. Verás lo que hemos sido capaces de construir para Inglaterra.

Mi amado Thomas, ya han pasado nueve meses desde que marchaste a la guerra. Tal vez, si yo hubiese puesto más esfuerzo, hoy tendríamos un heredero al trono. Aunque no sea así, pronto volveremos a nuestro tranquilo hogar y seremos capaces de amarnos con libertad. Mi ser te anhela como un girasol busca la vitalidad del sol. Pronto estaremos entrelazados en la vida sin ser apartados nunca jamás.

Siempre tuya,

Catherine de Luxiner

Entre una fiebre sutil, buscó consuelo entre las prendas de su amado, emergiendo entre sus emociones el placer que escapaba de sus labios al recordar la manera en que su esposo la tocaba. Cada centímetro de aquella ausencia agravaba su corazón.

Entre los pasillos, Edward contenía la respiración. Se maldecía por su lascivia, pero sentía tranquilidad al saber que solo él podía escucharla.

Ni siquiera el rey.

Ni siquiera Lucard Dalv, quien desde hacía tiempo la observaba con una mirada siniestra, no deseando poseer poder, sino ser partícipe de su corazón.

Aun así, en ese preciso instante no era capaz de reflexionar. No podía ser el soldado que todos creían que era.

Bajo las frías gotas del cielo, sus impulsos se mantenían apenas controlados.

Sostenía con fuerza su espada, la misma que había cortado su dedo, dejando escapar un fino hilo de sangre que se camuflaba entre las negras vestimentas.

Aunque era la sombra de la reina, no podía ser él quien la consolara en los días de tristeza, ni quien cargara entre sus manos los sueños de restaurar la política.

Ojalá no se hubiese fijado en mi reina, pensó.

Pero entre los designios del corazón, el amor y la lujuria eran lo menos controlable.

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