Las Joyas de Sangre

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Capítulo 10 X

El viento era agresivo, y las tormentas eléctricas anunciaban un pronto desastre en las ciudades cercanas donde determinados nobles agrupaban sus negocios. Aun así, nadie estaba preparado para la violencia con la que la naturaleza se abatió sobre los campos. Corrientes de aire de temperaturas cálidas y frías se fusionaron en el cielo, desgarrándolo como una herida abierta, y el resultado fue una devastación absoluta.

Las noticias, lentas y fragmentadas, llegaron finalmente a oídos de la reina Catherine. Ahora era su momento de actuar, de brindar protección a quienes menos tenían en su poder y más necesitaban del amparo de la corona.

Aún no despuntaba el alba cuando ella aguardaba, sentada con porte imperturbable, a que el consejo se reuniera para tratar los asuntos del desastre. Solo la acompañaban los nobles que apoyaban al príncipe y al conde, dejando en claro ante quienes aún seguían a la emperatriz viuda que, desde ese día, solo obedecerían las órdenes de la reina.

—¡Mi reina! —un eunuco se arrodilló ante ella—. Ellos se niegan a entrar. No permitirán que una mujer extranjera los guíe —gritó con la frente pegada al suelo.

Catherine apretó los dedos contra el brazo de su trono. Debía actuar como su esposo lo habría hecho, sin vacilar, sin dejar espacio a la duda. No existían motivos para que no se le obedeciera, aun en la ausencia del rey.

—¡Ve y diles que, si no ingresan ahora mismo, se exterminarán hasta tres generaciones por desacato a la autoridad y rebelión! —exclamó con una frialdad que hizo estremecer a todos los presentes.

Los nobles intercambiaron miradas de sorpresa. Habían observado a la reina como una figura sumisa, demasiado suave para el peso del poder. Sin embargo, de ella emanaba un espíritu rojo, ardiente, casi como una fuerza oculta tras esos ojos de aparente inocencia. El conde lo sabía. Él había visto su verdadera esencia, tan roja como las almas que algún día consumiría. Aquello era solo una pequeña muestra de lo que Catherine era capaz de lograr.

—¡Mi reina! —otro eunuco apareció jadeante—. Se niegan a venir. Dicen que solo obedecerán lo que la emperatriz viuda dicte.

—Ya he dado mis órdenes. Ve y haz lo que te he pedido —respondió Catherine, levantándose de su trono con un gesto de furia—. ¿Cómo podría esperar el regreso de mi marido sin un imperio libre de traición?

Con quienes apoyaban su mandato, se llevó a cabo una junta formal y justa. Los ausentes, mientras tanto, estaban siendo localizados, investigados… y exterminados. La facción presente debía ejecutar las ordenanzas previstas para asegurar la estabilidad del reino.

Se recabó información de personas comunes: marineros que habían sido testigos de cómo los hilos de viento habían sacudido incluso a las majestuosas olas, volviéndolas tan bravías como criaturas enloquecidas. Con la gente que había sobrevivido, se supo que sus casas, construidas de paja y barro, habían quedado reducidas a escombros. Se determinó entonces un monto de oro para edificar viviendas de piedra, más firmes y seguras.

Pero el costo sería elevado, pues habría que pagar a quienes se encargarían de extraer, tallar y transportar la roca. Los alimentos serían donados por el conde y algunos nobles de alto rango. El oro del tesoro real, sin embargo, no debía destinarse a nada que no fuera la guerra del rey.

—Barón —dijo Catherine—, sé que has apoyado a nuestro rey y que, gracias a ti, ahora él cuenta con servidores leales a la corona.

Mientras hablaba, le entregó un rollo imperial. Las rodillas del hombre tocaron el suelo de inmediato, recibiendo humildemente el mensaje de la reina.

—Ve ahora y ayuda a esas personas con todo lo que esté en tu mano —continuó ella—. Dentro de quince días llegarán las demás provisiones.

—Lo que Su Majestad ordene, así será —respondió el barón antes de partir hacia las tierras desoladas.

En algún rincón de la majestuosa sala se encontraba la asesina dama, quien en persona se encargaba de ciertas actividades secretas de la reina. Por su exceso de confianza había perdido varios contactos, pero sus planes no quedarían truncos.

Catherine caminó con sus vestiduras violetas por los largos pasillos del palacio. Un líquido oscuro manchaba la tela, escurriéndose por el suelo y marcando el camino hacia donde aguardaba su segunda madre.

—La reina Catherine ingresa —anunció un sirviente.

La emperatriz viuda descansaba sobre finas túnicas de seda y almohadones rellenos de plumas de pavo real.

—Madre, reciba mis saludos —dijo Catherine, sosteniendo una bolsa pegajosa entre sus manos.

—Los recibo con agrado, sin duda —murmuró la emperatriz mientras alzaba una copa de vino—. Pero una pequeña paloma ha llegado a mis oídos. Se dice que eres una tirana, que estás haciendo acusaciones arbitrarias…

Sonreía de lado.

Catherine lanzó el saco al suelo. Un espeso líquido rojo se derramó sobre el mármol, y varias cabezas humanas rodaron por la sala. El horror se dibujó en el rostro de la emperatriz, que vomitó sobre una fina fuente de frutas.

La reina caminó hacia ella. El placer le nubló la mirada por un instante. Deseaba que su verdadera madre estuviera allí, solo para que viera la justicia que estaba impartiendo.

—Si vuelves a interponerte en mi camino, serás parte de ellos —susurró mientras la ayudaba a ponerse de pie—. Lamento que hayas tenido que ver esto, madre, pero necesitabas observar quiénes son los nobles que conspiran contra nuestro rey.

Sus ojos mostraban una falsa preocupación.

Regresando hacia donde estaba Edward, aún podía oírse el grito de furia de la emperatriz viuda resonando por los corredores del palacio. El contraataque había surtido efecto. Catherine estaba segura de que lo que vendría después sería aún peor, pero el tiempo era precioso y debía aprovecharlo para aliviar las cargas de su marido… a quien extrañaba de una manera casi dolorosa.

Por las noches, solo podía evocar el aroma que él desprendía de su piel. Cuando miraba al cielo al amanecer, sentía que el sol la acariciaba como lo hacía él cuando su cabeza reposaba entre sus piernas; y el firmamento azul le recordaba sus ojos… esos hermosos ojos que la perseguían incluso en la vigilia. En tan pocos días había llegado a amarlo con una intensidad incondicional. Estaba convencida de que él había adelantado su coronación solo por ella.

—¡Mi reina! —Edward la observó con atención al notar las manchas de sangre en sus vestiduras.

—Está bien —respondió Catherine con una sonrisa tranquila—. No es mía.

Aun preocupado, él se aseguró de que no estuviera herida. Ante sus ojos, ella no parecía una reina asesina como la tildaban otros. Había visto su verdadera capacidad gracias a las investigaciones profundas de Jhon, y sabía que Catherine era mucho más de lo que aparentaba.

—Mi reina, las espadas están listas para que aprenda el arte —dijo mientras la acompañaba hacia el gran campo de entrenamiento.

Era el mismo lugar al que había acudido con las mujeres del conde, aquellas que aún lamentaban las muertes injustificadas de las damas. Las polvorientas armaduras de Thomas habían sido llevadas al palacio como muestra de amor; ella las había hecho colgar allí junto con un juego de joyas que él le había regalado de forma especial.

—Raluca la acompañará para que esté más cómoda —informó Edward—. Tendrá que correr y realizar ejercicios de fuerza en brazos, piernas y torso.

Correr no le era ajeno. La libertad siempre había vivido en sus pies. Sin embargo, su cuerpo frágil pagaba el precio del maltrato y la mala alimentación del pasado. Había perdido mucha masa muscular; sus muñecas apenas soportaban el peso de una espada de madera. Edward consiguió entonces unas esferas de tela, suaves y blandas, diseñadas para que pudiera presionarlas y activar los músculos inactivos.

Su alimentación cambió por completo. Las harinas y frituras quedaron prohibidas. Solo frutas, verduras, legumbres y pollo componían ahora su dieta. De esa manera, sus recursos no se malgastarían y el oro del tesoro podría destinarse a la guerra, pues Thomas se enfrentaba a enemigos desconocidos y poderosos, y las tierras debían ser defendidas.

—Majestad —Raluca la sostuvo cuando sus rodillas flaquearon—. Es hora de descansar.

Entre Edward y la dama la llevaron fuera del campo. El cuerpo de Catherine estaba acalambrado por el exceso de esfuerzo. Aunque había suplicado que no la forzaran tanto, su voluntad era inquebrantable: no podía reconocerse como reina mientras su cuerpo siguiera siendo débil.

Raluca la atendió personalmente en la tina, observando las cicatrices que marcaban su espalda y sus piernas. El conde apareció en la habitación sin hacer ruido. Desde las sombras, escuchó los suaves gemidos de alivio mientras Raluca masajeaba a su reina. Aun en silencio, él la consagraba en su mente como algo puro y sagrado.

En el suelo vio una tela parecida a un pañuelo. La levantó y aspiró su aroma. Sus ojos se tornaron rojos al reconocer el olor de Catherine.

Raluca la dejó acostada y cubierta, cepilló su cabello y reforzó las ventanas y las puertas, sabiendo que el conde la cuidaría en su ausencia.

Aquella noche no hubo pesadillas. El conde la observó dormir, atento al suave ascenso de su pecho, al modo en que su cabello flotaba con la brisa nocturna. Besó sus labios tibios y luego su cuello, sintiendo el pulso de sus venas. De ellas emergió el dulce aroma de su sangre, y solo unas pocas gotas fueron suficientes para encender algo que había creído muerto.

Tal vez Vlad aún no lo comprendiera, pero esos gestos eran el inicio de una nueva etapa: el regreso de sentimientos que él había enterrado hacía mucho tiempo.

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