Capítulo 7 CAPÍTULO 7
El cuerpo como único idioma
El trato estaba hecho. No había nombres, no había pasado, no había futuro. Solo el ahora. Solo el calor de sus cuerpos y el peso de la promesa.
Él no perdió tiempo. Se inclinó y sus labios encontraron los de Paula, pero no fue un beso. Fue una declaración. Un reclamo. Fue brutal y suave a la vez, sus dientes rozando su labio inferior no para herir, sino para marcar, para dejar una impresión que durara más allá de la noche. Paula respondió con la misma intensidad, sus manos subiendo por su pecho, sintiendo la tensión de sus músculos a través de la fina tela de su camisa. Quería desgarrarlo, querían devorarlo.
Él se apartó lo suficiente para desabrocharle el vestido, sus dedos ágiles y seguros. La tela se deslizó por su piel y cayó a un lado, como una piel muerta. La dejó allí, en el nido de cojines, vestida solo con el encaje blanco y el antifaz de cuero. Él la miró por un largo instante, su respiración agitada, y Paula sintió su poder. No era un objeto. Era una diosa en su altar, y él, su devoto.
Se arrodilló frente a ella, tomó sus pies y empezó a subirle besos por el interior de sus piernas, uno lento, deliberado. Cada beso era una chispa, cada caricia una promesa. Cuando llegó a la entrepierna, no se anduvo con rodeos. Su boca la encontró, caliente y húmeda, y la lengua trazó un camino que la hizo arquearse con un gemido que se perdió en la música de saxofón. Él la exploró con una maestría que la dejó sin aliento, una mezcla de presión y ritmo que la llevó al borde del abismo en cuestión de minutos. Sus manos se anclaron en su pelo, no para guiarlo, sino para no perderse en la tormenta de sensaciones.
Cuando estaba a punto de ceder, cuando las olas de placer estaban a punto de romper, él se detuvo. La miró, una sonrisa pícara en sus labios. El juego había comenzado.
Se levantó y se despojó de su propia ropa, cada prenda cayendo al suelo con una lentitud tortuosa. Su cuerpo era una obra de arte, una estatua de mármol viviente marcada por la fuerza. Paula lo observó, su corazón latiendo con una fuerza que temía que él pudiera oír.
Se tumbó a su lado en la cama, y su mano encontró la de ella. Entrelazó sus dedos y la llevó hacia su sexo, todavía erecto y pulsante. La obligó a que lo tocara, a que lo explorara, a que sintiera su deseo en su propia piel. Paula, following su instinto, lo rodeó con sus dedos, deslizando su mano hacia arriba y hacia abajo, sintiéndolo crecer aún más bajo su toque. Él jadeó, su cabeza cayendo hacia atrás en la almohada, y por primera vez, Paula se sintió en control.
Él la giró, colocándola encima de él. Ahora era ella la que estaba al mando. Se deslizó sobre su erección, la humedad de su cuerpo encontrando la dureza del suyo. Se movió lentamente, al principio, adaptándose a él, encontrando su propio ritmo. Cada movimiento era una conquista, cada embestida una victoria. Sus manos se apoyaban en su pecho, sintiendo su corazón latir al mismo ritmo que el suyo.
Él la tomó por la cadera y la guio, acelerando el ritmo, empujando más profundo. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedo y rítmico, llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y los gemidos de Paula, que ya no podía contener. Era un animal, perdida en la sensación, y le encantaba.
Él la giró de nuevo, poniéndola boca abajo. Entró en ella desde atrás, con una fuerza que la hizo gritar. La tomó de las caderas y la embistió, una y otra vez, cada golpe más profundo que el anterior. El placer era casi doloroso, una abrumadora sensación que la consumía por completo. Sentía que se disolvía, que su cuerpo ya no le pertenecía, que era solo un instrumento para su placer.
Y entonces, la explosión.
El orgasmo la golpeó como una ola gigante, una serie de espasmos violentos que sacudieron su cuerpo hasta los cimientos. Su espalda se arqueó en un ángulo imposible, sus músculos se tensaron hasta el límite y una serie de gritos guturales se escaparon de su garganta mientras las contracciones la recorrían en oleadas interminables. Él la siguió al instante. Con un gemido ronco y profundo, se hundió hasta el fondo una última vez y ella sintió el calor de su eyaculación llenándola, un pulso rítmico que pareció durar una eternidad.
Se quedaron así, unidos, jadeando, sus cuerpos pegados por el sudor, hasta que sus respiraciones se calmaron y el único sonido fue el de la ciudad lejana y su propio corazón latiendo desbocado. Él se recostó a su lado, una mano pesada y reconfortante sobre su vientre sudoroso. Paula miró al techo, su cuerpo vibrando, su piel ardiendo, y la verdad la golpeó con la fuerza de un tren: cinco años de matrimonio y nada. Una noche con un fantasma y acababa de descubrir lo que era sentirse viva.
Se había perdido demasiado. Y al darse cuenta, una risa se escapó de su garganta, una risa amarga, loca y liberadora. Cinco años sintiéndose defectuosa, invisible, por culpa de un imbécil que nunca supo lo que tenía. Y la ironía suprema: ese mismo imbécil, sin saberlo, acababa de pagar una fortuna por lo que había sido suyo gratis todo este tiempo.
A la mañana siguiente, Paula se despertó sola en la cama. El sol de la mañana se filtraba por los ventanales, pintando el suelo de cojines con rayos de luz dorada. El apartamento estaba en silencio, vacío. En la mesita de noche, junto a una cama hecha con un esmero que ella no recordaba, había un sobre de papel crema y una pequeña caja cuadrada.
Abrió el sobre. Dentro, una gruesa cantidad de billetes. No los contó. No le importaba. Abrió la caja. Dentro, sobre un lecho de terciopelo negro, había una rosa negra preservada, perfecta y eterna. La tomó entre sus manos. Sus pétalos eran suaves como el terciopelo, y su perfume, aunque sutil, era intenso. Sonrió. Se quedó con la rosa. El dinero lo dejó en la mesa.
Sally ya la estaba esperando en su cafetería favorita, y cuando Paula entró, su amiga casi se ahoga con su café.
—¡Joder! ¡Mírate!
Paula sonrió, una sonrisa genuina que le llegaba a los ojos. Se sentó frente a ella, sintiéndose más ligera, más libre.
—¿Qué?
—¿Qué qué? —dijo Sally, limpiándose la barbilla con una servilleta—. Estás... distinta. Radiante. Es como si te hubieras ido de fin de semana y no de una noche con un desconocido que te pagó por follarte.
Paula se rio, una risa sonora y libre que sorprendió a Sally.
—Fue... liberador —dijo, tomando un sorbo de café.
—¿Liberador? ¿Liberador cómo?
—No sé —dijo Paula, mirando por la ventana, como si estuviera viendo algo que Sally no podía ver—. Fue como si durante cinco años hubiera estado viviendo en blanco y negro, y anoche, alguien encendió la televisión a color. Fue intenso, fue salvaje, fue... exactamente lo que necesitaba.
Sally la miró, asombrada. No era la Paula tímida y culpable de la mañana anterior. Era una mujer nueva, una mujer que había descubierto su propio poder.
—Así que no te arrepientes?
—No —dijo Paula, con una firmeza que no admitía dudas—. Ni un solo segundo. De hecho, Sally... creo que voy a por más.
