LA SUBASTA DE MI ESPOSA

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Capítulo 6 CAPÍTULO 6

La habitación de los espejos

El mensaje de Victoria seguía ardiendo en la pantalla del teléfono, una promesa cifrada que Paula no podía descifrar. "Pagará lo que sea necesario... hasta que aceptes."

No era el dinero lo que la tentaba. El dinero ya la tenía atada a un contrato que se sentía como una segunda piel. Era la frase que lo precedía, la insistencia desesperada de un hombre que no quería su cuerpo por una noche, sino su tiempo. Un tiempo infinito. La idea era aterradora y, a la vez, la cosa más seductora que había escuchado en su vida.

Cerró los ojos y el rostro de Adrián apareció detrás de sus párpados, su expresión de desdén mientras besaba a otra. La humillación quemó en su estómago, ácida y fresca. Abrió los ojos y tomó el teléfono. Sus dedos flotaron sobre la pantalla antes de escribir, su corazón latiendo un ritmo frenético contra sus costillas.

—Acepto una noche más. Pero bajo mis condiciones.

La respuesta de Victoria fue inmediata.

—Las condiciones siempre son del cliente.

—No esta vez —escribió Paula, su pulgar firme sobre la pantalla—. Sin palabras. Sin nombres. Sin que me vea la cara. Solo cuerpos. Si no puede ser así, la oferta se retira.

Hubo una pausa. Un silencio digital que se sintió como una eternidad. Luego:

—Aceptado. Esta noche, a las diez. La misma dirección.

Paula dejó caer el teléfono sobre la cama. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. No era excitación. Era resolución. Estaba a punto de vender su cuerpo por segunda vez, pero esta vez, ella era la que ponía el precio. Y el precio era su alma.


Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la oficina de Adrián Montenegro bullía con una energía que no tenía nada que ver con los negocios. Estaba de pie, frente a la ventana de cristal, con el teléfono en la mano, sonriendo. Una sonrisa genuina, rara y luminosa, que transformaba su rostro habitualmente tenso.

—Lo aceptó —le dijo a Victoria por teléfono, su voz vibrando de una alegría que él mismo no reconocía—. Aceptó.

—Impuso sus propias reglas —dijo Victoria, su voz tono y profesional—. Silencio absoluto. Antifaz completo. Quiere un encuentro puramente físico.

Adrián sonrió, un destello de desafío en sus ojos. *Perfecto. *

—Hazlo —dijo—. Dile que acepto sus condiciones.

Colgó y se dejó caer en su silla, la sonrisa aún en su rostro. Por primera vez en meses, el mundo no parecía una carga. La mujer del antifaz, su misterio, su silencio... era todo en lo que podía pensar. Era una adicción, una droga que calmaba el ruido de su vida. Y estaba a punto de tener otra dosis.

Se levantó y salió de la oficina, dejando a su secretario boquiabierto. No iba a ninguna reunión. No iba a ninguna cita. Iba a prepararse.

Llegó al pent-house a las seis de la tarde. El lugar estaba vacío, silencioso, un lienzo en blanco esperando ser pintado. Él sería el artista. Empezó a trabajar con una energía febril, un hombre poseído. Puso música, una melodía de saxofón lenta y sexy que llenaba el espacio. Trajo docenas de velas, de todos los tamaños y colores, y las distribuyó por toda la habitación principal, creando un mar de luces parpadeantes que se reflejaban en los ventanales.

Luego, las flores. No rosas rojas, demasiado cliché. Lirios negros y orquídeas blancas, exóticos y misteriosos. Los puso en jarras de cristal, su perfume llenando el aire, una fragancia densa y embriagadora. Cubrió el suelo de la habitación con cojines de seda y terciopelo, en tonos profundos de burdeos, verde esmeralda y azul noche. Creó un nido, un santuario, un lugar hecho para el placer y la intimidad.

Por último, fue al dormitorio. La cama de king-size estaba hecha con sábanas de satén negro. Deshizo la cama con cuidado, como si estuviera a punto de realizar un ritual sagrado. Luego, fue a un pequeño armario y sacó varias cajas. Dentro, una colección de juguetes eróticos, aceites de masaje y lubricantes de la más alta calidad. Los seleccionó con cuidado, pensando en ella, en su cuerpo, en lo que le haría sentir. Los colocó sobre las mesitas de noche, no de forma vulgar, sino como si fueran obras de arte, una promesa de los placeres por venir.

Cuando terminó, se paró en medio de la habitación, mirando su creación. El pent-house ya no era un apartamento de lujo. Era la cámara de alquiler de los sueños más oscuros. Era la habitación de los espejos, donde un hombre podía ser cualquier persona menos sí mismo. Y no podía esperar para llevar a su diosa a ese altar.


A las nueve y media, Paula estaba lista. Se miró en el espejo del baño de la mansión, la única luz la de la velas que había encendido para no despertar a nadie. Lleva el mismo conjunto de encaje blanco de la primera noche, pero esta vez, el antifaz era diferente. No era el elegante antifaz de zorro. Era una pieza de cuero negro, más completa, que le cubría el rostro, desde la frente hasta la punta de la nariz, dejando solo sus labios y su barbilla al descubierto. Era más anónimo, más deprimente, más seguro.

Cogió el bolso y salió de la mansión como una ladrona en la noche, sin hacer ruido. El viaje en el coche fue un silencio. Cuando las puertas se abrieron, el aroma a lirios y a velas la golpeó con la fuerza de un puño.

El apartamento estaba transformado. Era un mundo diferente, un universo creado solo para esa noche. La música del saxofón la envolvió, y por un momento, se sintió como una extranjera en un país desconocido.

Él estaba allí, en medio de la sala, de espaldas. Vestía de negro, como la noche anterior, pero esta vez, su antifaz era de plata, un brillo metálico en la penumbra. Se giró cuando ella entró, y aunque no podía ver sus ojos, sintió su mirada, una fuerza física que la recorrió de arriba abajo.

No dijo nada. No hizo ningún gesto. Simplemente extendió una mano hacia ella, una invitación silenciosa a su reino.

Paula respiró hondo, el aire perfumado llenando sus pulmones. Dejó el bolso en una silla y, con una lentitud que no sabía que poseía, caminó hacia él. Sus pies descalzos se hundieron en la suavidad de los cojines. Se detuvo frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

Él tomó su mano. Sus dedos se cerraron sobre los de ella, no con delicadeza, sino con una urgencia que la excitó y aterrorizó a la vez. La guio hacia el dormitorio, hacia la cama de satén negro, hacia el altar que había construido para ella.

La empujó suavemente hacia atrás, y ella cayó sobre la cama, el seda fría contra su piel caliente. Él se inclinó sobre ella, su cuerpo un peso reconfortante, y por primera vez esa noche, habló.

Su voz no era la de la noche anterior. No era ronca ni suave. Era un susurro grave, modificado por un pequeño dispositivo que le cambiaba el tono, convirtiéndola en la voz de un extraño.

—Hagamos un trato —dijo, su aliento caliente contra su cuello—. Esta noche, no hay nombres. No hay pasado. No hay futuro. Solo hay ahora. Solo hay nosotros. ¿Aceptas?

Paula lo miró, sus ojos oscuros detrás del antifaz. Asintió, sin decir una palabra.

—Bien —dijo él, y su sonrisa era un destello de dientes blancos en la oscuridad—. Entonces, vamos a jugar.

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