LA SUBASTA DE MI ESPOSA

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Capítulo 4 CAPÍTULO 4

Lo que pesa al amanecer

Paula abrió la pesada puerta de roble de la mansión cuando el reloj marcaba las tres de la madrugada. El eco de sus pasos en el silencioso vestíbulo sonó como una acusación. Todo estaba en silencio, eso era mejor, no tenía fuerzas para soportar una discusión con Adrián, aunque las probabilidades de encontrarlo en casa eran casi nulas. Subió las escaleras despacio, cada peldaño un peso, y entró en su habitación. Cerró la puerta con el seguro, el clic metálico resonando en la oscuridad, y solo entonces apoyó la espalda contra la madera fría, dejándose deslizar hasta el suelo.

Respiró.

Una vez.

Dos.

Tres.

Su mano subió hasta sus labios casi por instinto, y los dedos temblaron al tocarlos. Todavía sentía el calor de aquel desconocido, el eco de sus besos, la presión de su boca. Se sobresaltó, como si su propio cuerpo la hubiera traicionado, y se levantó de un salto.

—¿Qué demonios estás haciendo, Paula? —murmuró para la habitación vacía, su voz un susurro rasposo.

Entró al baño, abrió la ducha y dejó que el agua caliente, casi quemándola, cayera sobre su cuerpo. No intentaba borrar lo ocurrido, sabía que eso era imposible, pero necesitaba dejar de pensar, aunque solo fuera por unos minutos. El agua vaporizada se empañó el espejo, borrando su reflejo. Cuando salió, la piel enrojecida y todavía con sensaciones, vio el anillo de bodas sobre el tocador, donde lo había dejado antes de marcharse. Lo tomó entre los dedos, el metal frío y pesado, y durante varios segundos dudó, su corazón en un nudo.

Al final volvió a colocárselo. No porque quisiera. La imagen de don José sonriendo se le vino a la mente, su bondad pura y su fe ciega en ella. Jamás permitiría que aquel anciano descubriera la verdad de lo que había hecho. Si eso pasaba, ella no podría mirarlo a los ojos, y esa culpa le apretó el pecho con una fuerza casi física. Por más que quisiera, no podía ser egoísta. Una parte de ella quería tomar el dinero de la subasta y huir, empezar de nuevo, pero la racional le gritó que no era momento.

—Un poco más... —murmuró para sí, mientras el metal del anillo se asentaba de nuevo en su dedo, pesado como una condena—. Solo un poco más.


Al mediodía, Sally ya estaba esperándola en un pequeño restaurante, y apenas la vio entrar, agitó una mano con entusiasmo, aunque su sonrisa parecía un poco forzada.

—¡Aquí!

Paula sonrió con timidez y tomó asiento, sintiéndose como si llevara un cartel luminoso sobre la cabeza que gritara su secreto. La mesera apenas dejó las cartas sobre la mesa cuando Sally se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando de curiosidad.

—Bueno...

Paula la miró, su estómago revolviéndose.

—¿Bueno qué?

—¡No te hagas la inocente! Quiero todos los malditos detalles. Ahora.

Paula casi se atragantó con el agua, el líquido yendo por el camino equivocado.

—Habla más bajito —susurró, mirando a su alrededor.

—No. —Sally era inflexible—. No pienso irme de aquí sin enterarme de todo. Necesito saberlo todo.

Paula escondió la cara entre las manos, el calor subiéndole a las mejillas. Se hizo un pequeño silencio, y Sally la observó con atención. Se moría por saberlo todo, esperaba encontrar una sonrisa pícara en su amiga, no todos los días pierdes la virginidad de esa manera. Pero lo que encontró fueron unos ojos cansados, y algo más, algo que se parecía peligrosamente a la culpa.

—¿Qué pasó?

Paula jugueteó con el borde de la servilleta, el papel deshaciéndose bajo sus dedos nerviosos.

—Fue...

La palabra quedó suspendida en el aire, pesada e inacabada.

—¿Fue qué?

Paula levantó lentamente la mirada, y Sally vio el brillo de las lágrimas no derramadas en sus ojos.

—Gentil.

Sally frunció el ceño, confundida.

—¿Gentil? ¿Solo eso?

—Sí.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? —La incredulidad de Sally era palpable—. Paula, anoche vendiste tu virginidad. ¡En una subasta! Con un extraño. Y solo dices que fue... ¿gentil?

Ella bajó otra vez la cabeza, fijando la mirada en sus manos.

—No me trató como esperaba.

—¿En qué sentido?

Paula respiró despacio, luchando por encontrar las palabras correctas.

—Pensé que iba a sentirse con derecho a todo por haber pagado.

Sus dedos empezaron a retorcer la servilleta, convirtiéndola en una masa de papel arrugado.

—Pero no fue así.

Sally dejó de sonreír, su expresión cambiando a una de preocupación genuina.

—¿Te hizo daño?

—No.

—¿Te obligó a algo?

—No.

—¿Entonces?

Paula tardó varios segundos en responder, su voz apenas un susurro.

—Me preguntó si realmente quería estar allí.

Sally parpadeó, completamente sorprendida.

—¿En serio?

Paula asintió, el recuerdo de esa pregunta simple llenándola de una emoción que no podía nombrar.

—Esperó a que fuera yo quien diera el primer paso.

Las palabras salieron casi en un susurro, y por primera vez, Sally entendió. No se trataba del acto físico, se trataba de lo que representaba.

—No tuvo prisa —continuó Paula, su voz temblando—. Y eso... eso me hizo sentir... segura.

El silencio cayó entre las dos, denso y significativo. Sally jamás habría imaginado esa respuesta, y la complejidad de los sentimientos de su amiga la golpeó con fuerza. Paula soltó la servilleta, y Sally vio que sus manos le temblaban sobre sus muslos.

—Soy una mala persona —confesó Paula, su voz rota.

—No digas tonterías.

—Engañé a mi marido.

Sally abrió la boca y volvió a cerrarla, mordiendo la respuesta que le saltaba a la boca.

—¿Tu marido?

Paula asintió, y esta vez las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos, desbordándose y cayendo una tras otra por sus mejillas.

—Nunca pensé que sería capaz de hacer algo así.

—Paula...

—Siempre creí que, pasara lo que pasara, yo jamás sería infiel.

Una lágrima rodó por su mejilla, y la limpió de inmediato, avergonzada.

—Mírame.

Sally esperó pacientemente hasta que Paula levantó la vista, sus ojos rojos y llenos de dolor.

—¿Quién lleva cinco años acostándose con otras mujeres?

Paula no respondió, solo negó con la cabeza, como si intentara negar la realidad.

—¿Quién te humilló delante de todo el mundo el día de tu cumpleaños?

Silencio.

—¿Quién te dijo que jamás iba a tocarte?

Otra lágrima, esta vez más grande, cayó sobre su mano.

—Respóndeme.

—Adrián —susurró el nombre como si le supiera amargo.

—Entonces deja de cargar una culpa que le pertenece a él —dijo Sally, su voz firme pero llena de afecto.

Paula negó con la cabeza, su cuerpo sacudiéndose con sollozos silenciosos.

—No es tan fácil.

—¿Por qué?

—Porque yo acepté casarme.

—Por don José, pero también aceptaste seguir siendo fiel por don José.

—Sí.

—¿Y sabes qué recibiste a cambio?

Paula cerró los ojos, el dolor demasiado fuerte para soportarlo. Sally golpeó suavemente la mesa con un dedo, atrayendo su atención.

—Cinco años sintiéndote menos mujer. Cinco años sintiéndote invisible.

Paula rompió a llorar, no hizo escándalo, solo agachó la cabeza mientras las lágrimas caían una tras otra, salpicando la mesa.

—Me siento sucia —confesó entre sollozos.

Sally se levantó de la silla, rodeó la mesa y la abrazó con fuerza, dejando que su amiga se desahogara contra su hombro.

—No digas eso nunca más. No estás sucia. Estás viva.

Paula escondió el rostro en su hombro, el tejido de su jersey mojándose en segundos.

—No sé quién soy ahora —murmuró, su voz perdida.

—Sigues siendo la misma tonta buena que recoge gatitos de la calle y dona la mitad de su ropa —dijo Sally, acariciándole el pelo—. Solo que ahora... ahora estás despierta.

A Paula se le escapó una risa entre el llanto, un sonido extraño y patético.

—Gracias por llamarme tonta.

—Porque lo eres —sonrió Sally—. Y te quiero por eso.

Las dos rieron, y Sally le secó una lágrima con el pulgar.

—Escúchame bien.

Paula la miró, sus ojos llenos de lágrimas, pero ahora había una chispa de esperanza en ellos.

—No permitas que un imbécil te haga sentir culpable por empezar a vivir.

La mesera llegó con el postre en ese momento, y el celular de Sally vibró sobre la mesa con fuerza. Miró la pantalla y frunció el ceño.

—Es Victoria.

Contestó, su voz cambiando a un tono profesional de inmediato.

—¿Sí?

Su expresión cambió poco a poco mientras escuchaba. La sonrisa desapareció, su ceño se frunció y sus labios se apretaron en una línea fina. Miró a Paula, y por un instante, Paula vio el pánico en sus ojos.

—Está aquí conmigo.

Escuchó unos segundos más, y luego colgó, dejando el teléfono boca abajo sobre la mesa. Paula sintió un mal presentimiento, un frío recorriendo su espina dorsal.

—¿Qué pasó?

Sally dejó el teléfono sobre la mesa, su mano temblando ligeramente.

—Quiere verte.

—¿Para qué?

—No lo dijo.

—Ya terminé con eso —dijo Paula, su voz firme, pero su corazón latiendo con fuerza.

—Eso mismo le respondí.

Paula respiró con alivio, el peso en su pecho aligerándose un poco.

—¿Y?

Sally tragó saliva, su mirada evitando la de Paula.

—El cliente... el de anoche... pidió otra noche contigo.

Paula abrió los ojos, el pánico regresando de inmediato.

—No.

—Eso le dijo Victoria, pero él respondió aumentando la oferta.

Paula negó inmediatamente, su cabeza moviéndose de un lado a otro.

—No necesito más dinero. Ya tengo suficiente para...

Sally bajó la voz, interrumpiéndola, su mirada fija en la mesa.

—Todavía no he terminado.

El estómago de Paula se contrajo, un nudo helado de miedo.

—¿Qué más dijo?

Sally sostuvo su mirada, y Paula vio la gravedad de la situación en sus ojos.

—Que pagará lo que sea necesario...

Hizo una pausa, dejando que las palabras flotaran en el aire entre ellas.

—La cifra seguirá aumentando, hasta que aceptes.

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