LA SUBASTA DE MI ESPOSA

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Capítulo 2 CAPÍTULO 2

La oferta

Sally tardó varios segundos en reaccionar. Miraba a Paula como si estuviera esperando que, en cualquier momento, soltara una carcajada y confesara que todo era una broma de mal gusto. No ocurrió. Paula seguía de pie, con el anillo abandonado sobre el tocador como un pequeño testigo silencioso, y su mirada fija en la puerta por donde Adrián acababa de salir. El aire en la habitación parecía denso, pesado.

—¿Hablas en serio? —preguntó Sally al fin, su voz más suave de lo habitual, como si no quisiera romper el frágil hechizo del momento.

—Nunca había hablado tan en serio.

La firmeza en la voz de Paula hizo que un escalofrío recorriera la espina dorsal de Sally. Dejó el bolso sobre la cama con un movimiento lento, deliberado, y se acercó despacio, como si se acercara a un animal herido.

—Paula... vender tu virginidad no es comprarte un vestido. No puedes despertar mañana y arrepentirte.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué?

Paula soltó una risa amarga, un sonido seco que no tenía ninguna alegría.

—Porque acabo de entender algo.

Se volvió para mirarla, y por primera vez esa noche, Sally vio el fuego en sus ojos, una chispa de desafío que no estaba allí antes.

—Llevo cinco años respetando un matrimonio que solo existe para mí.

Sally no respondió, solo asintió, sintiendo el peso de la verdad en esas palabras.

—¿Sabes qué fue lo que más me dolió? —continuó Paula, su voz temblando ligeramente—. No fue verlo con otra. Hizo una pausa, tragando el nudo que se formaba en su garganta—. Fue escucharlo decir que jamás piensa tocarme.

Las palabras salieron despacio, pero le apretaron la garganta con la fuerza de un puño.

—Cinco años creyendo que algún día iba a cambiar de opinión... y resulta que solo estaba perdiendo el tiempo.

Sally la abrazó sin decir nada, y Paula cerró los ojos apenas un instante, permitiéndose el lujo de sentir el calor de su amiga. No lloró. Ya había llorado demasiado por un hombre que ni siquiera sabía cuánto le gustaba el café.

—Ven conmigo mañana.

—¿A dónde?

—A conocer a alguien.

Paula levantó la vista, una pregunta silenciosa en su mirada.

—¿La dueña del lugar donde trabajas?

—Sí.

—¿Y si me arrepiento?

Sally sonrió con tristeza, acariciándole el pelo.

—Entonces nos damos media vuelta y nos vamos. Nadie te va a obligar.

Paula respiró hondo, el aire llenando sus pulmones y despejando, por un momento, la niebla de su mente.

—Está bien.


A la mañana siguiente despertó antes de que sonara el despertador. Miró el otro lado de la cama, vacío como siempre, y ni siquiera recordaba la última vez que Adrián había dormido en aquella habitación. Hizo su rutina diaria de forma automática, como una autómata, y salió sin decir nada. Ya no le dejaría recados; de todas formas, a él no le importaba.

Sally la esperaba dentro de una cafetería, y apenas la vio entrar, levantó una mano, su sonrisa un poco forzada.

—Pensé que te habías arrepentido.

—Yo también.

Las dos pidieron café. Durante unos minutos hablaron de cualquier cosa menos de la noche anterior, el olor a café recién hecho llenando el espacio entre ellas. Hasta que Sally dejó la taza sobre la mesa, el tintineo de la porcelana contra el platillo sonando demasiado alto en el silencio.

—Todavía puedes decirme que no.

Paula jugueteó con la cucharilla, el metal frío contra sus dedos. La llevó hasta el borde de la taza y la sostuvo ahí un momento, sin moverla, como si aquel gesto pudiera retrasar lo que estaba a punto de preguntar. Levantó la mirada con cuidado.

—¿Ese lugar es como cualquier prostíbulo?

Sally estaba bebiendo cuando oyó la pregunta y el café se le fue por el lado equivocado. Tosió, se limpió la barbilla con el dorso de la mano y soltó una risa entre tos y tos.

—¡No, por Dios! —Su voz sonó más aguda de lo normal, pero había una sonrisa torcida en sus labios mientras dejaba la taza sobre la mesa—. ¿En serio me ves llevando a mi mejor amiga a un antro de esos?

Paula dejó la cucharilla y se recostó en el respaldo. No sonrió. Solo lo miró.

—Entonces, ¿qué es?

—Es una agencia privada.

—¿Cuál es la diferencia?

Sally apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose hacia ella.

—Mis clientes son empresarios, políticos, artistas... hombres que pagan por discreción.

—¿Y por sexo?

—Algunos sí.

—¿Y tú?

Sally sostuvo su mirada, sin vacilar.

—Yo vendo mi tiempo. Lo demás depende de los acuerdos y de mis propios límites.

Paula permaneció en silencio, nunca había juzgado a su amiga; después de conocer su historia, entendía demasiado bien por qué había elegido ese camino.

—No quiero que hagas esto por rabia.

—No lo hago por rabia.

—¿Entonces?

Paula tardó unos segundos en responder, sus dedos entrelazándose en su regazo.

—Quiero dejar de sentir que mi vida depende de Adrián.

Sally asintió despacio, esa respuesta le gustó mucho más. Cuando salieron de la cafetería, llegaron a un edificio moderno de cristal al otro lado de la avenida.

—Es ahí.

Paula levantó la vista, esperaba un sitio oscuro con luces rojas o un ambiente clandestino. En cambio, el edificio parecía la sede de un banco, imponente y anónimo.

—¿Estás segura de que no te equivocaste de dirección?

Sally soltó una carcajada.

—Eso mismo pregunté yo la primera vez.

Paula respiró hondo, el aire de la calle pareciendo más frío de repente. Acomodó el bolso sobre el hombro y después dio el primer paso hacia la entrada, el peso de la decisión haciéndose más real con cada paso que daba.

La recepcionista les sonrió apenas cruzaron la puerta, el eco de sus tacones resonando en el suelo pulido.

—Buenos días, Sally.

—Hola, Clara. ¿Victoria está ocupada?

—Las está esperando.

Paula intercambió una mirada con su amiga, una pregunta silenciosa pasando entre ellas.

—¿Ya sabía que vendríamos?

—Siempre sabe todo —respondió Sally con una sonrisa.

Subieron al último piso. La puerta de una amplia oficina estaba abierta, una mujer de unos cincuenta años, impecablemente vestida, levantó la vista de unos documentos. No sonrió. Sus ojos eran fríos y evaluadores, midiéndola de arriba abajo en un solo instante.

—Así que tú eres la famosa amiga.

Paula dio un paso al frente, sintiendo el peso de la mirada de aquella mujer sobre ella.

—Mucho gusto.

Victoria no le estrechó la mano, solo hizo un gesto con la cabeza hacia las sillas frente a su escritorio.

—Siéntate.

Aquello no era una invitación, era una orden. Sally tomó asiento sin decir una palabra, y Paula hizo lo mismo, el cuero de la silla frío bajo sus manos.

—Sally dice que quieres trabajar con nosotros.

—No exactamente.

La mujer levantó una ceja, su expresión inmutable.

—Explícate.

Paula respiró hondo, el aire pareciendo atrapado en sus pulmones.

—Solo quiero una noche.

Victoria permaneció en silencio unos segundos, sus dedos tamborileando sobre el escritorio.

—¿Necesitas dinero?

—Sí.

—¿Debes algo?

—No.

—¿Te obliga alguien?

—No.

Victoria siguió observándola como si intentara descubrir una mentira, su mirada penetrante pareciendo ver a través de todas sus defensas.

—Entonces dime la verdad.

Paula sostuvo su mirada, sintiendo cómo sus manos comenzaban a sudar en su regazo.

—Quiero irme de mi matrimonio sin depender de mi esposo.

La oficina quedó en silencio, el único sonido el del tic-tac de un reloj de pared. Victoria volvió la vista hacia Sally.

—Sal un momento.

—Pero...

—Ahora.

Sally entendió que no tenía opción y salió cerrando la puerta, Victoria cruzó las manos sobre el escritorio, su postura imponente.

—Voy a hacerte una última pregunta.

Paula asintió, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.

—¿Eres virgen?

Sintió calor en las mejillas, una ola de vergüenza subiéndole por el cuello. Nunca creyó que responder aquello le daría tanta vergüenza.

—Sí.

Victoria no pareció sorprenderse, solo asintió lentamente, como si confirmaba una sospecha.

—¿Tu esposo lo sabe?

—Claro.

—Y aun así nunca...

Paula negó antes de que terminara la pregunta, el dolor de la humillación agudizándose de nuevo.

—Nunca.

Victoria apoyó la espalda en la silla, su expresión suavizándose ligeramente por primera vez.

—En quince años he escuchado muchas historias. Algunas son tristes, otras ridículas. La tuya todavía no sé en cuál de las dos entra.

Paula sonrió sin ganas, una mueca que no llegó a sus ojos.

—Yo tampoco.

Victoria abrió un cajón y sacó una carpeta, el papel crujiendo al moverla.

—Aquí nadie obliga a nadie. Si firmas, podrás arrepentirte hasta antes de conocer al cliente. Después de eso ya no habrá marcha atrás.

Empujó los papeles hacia ella, el montón pareciendo más alto de lo que era.

—Léelos con calma.

Paula comenzó a pasar las hojas, sus ojos escaneando las líneas de texto.

Nada de nombres.

Nada de fotografías.

Nada de teléfonos.

Nada de volver a buscar al cliente.

Todo protegido por contratos de confidencialidad, un muro de palabras legales que la aislaba del mundo exterior.

Levantó la vista.

—¿Y mi identidad?

—Quedará protegida.

—¿Cómo?

Victoria sonrió por primera vez, una curva sutil en sus labios, y se puso de pie.

—Ven conmigo.

Las condujo hasta un estudio fotográfico instalado en el mismo edificio. Había focos, cámaras, maquillistas y varios biombos. Paula se quedó inmóvil en el umbral, el aire lleno del olor a polvo de maquillaje y a productos químicos de las cámaras.

—Yo... no puedo hacer esto.

Sally se acercó enseguida, tomando su mano, que estaba fría y temblorosa.

—Mírame.

Esperó hasta que Paula levantara la cabeza, sus ojos llenos de pánico.

—Todavía estamos a tiempo de irnos.

Paula observó la puerta, una vía de escape tan cerca y tan lejana a la vez. Luego recordó a Adrián besando a otra mujer, su indiferencia, sus palabras crueles.

"Jamás voy a tocarte." Cerró los ojos un instante, el dolor convirtiéndose en una determinación fría y sólida. Cuando volvió a abrirlos, caminó hacia el camerino, su paso más firme.

—¿Qué tengo que hacer?

Victoria la observó unos segundos antes de responder, su mirada aprobatoria.

—Primero, dejar de temblar.

Paula bajó la vista, dándose cuenta de que tenía las manos hechas un nudo.

—Perdón.

—No me pidas perdón. Decide si quieres hacerlo.

El silencio volvió a instalarse entre las tres, pesado y denso.

Sally dio un paso al frente, su presencia reconfortante.

—Si dices que no, nos vamos ahora mismo.

Paula respiró hondo, el aire llenando sus pulmones y despejando sus dudas.

—No... quiero terminar.

Victoria asintió como si esa fuera la respuesta que esperaba.

—Bien. Nadie va a obligarte a mostrar nada que no quieras. Tus fotografías serán sugerentes, no vulgares. Tu rostro permanecerá oculto y el cliente nunca conocerá tu identidad hasta el encuentro.

Paula tragó saliva, su garganta seca.

—¿Y si alguien me reconoce?

—No lo harán.

Victoria abrió una caja y sacó un delicado antifaz con forma de zorro, la seda negra suave al tacto.

—Esto será suficiente.

Paula tomó la máscara entre sus manos, el peso de ella sorprendentemente ligero.

—Nunca imaginé que un pedazo de tela pudiera dar tanta tranquilidad.

Sally soltó una risa, un sonido de alivio en la tensión del momento.

—Créeme, después de hoy vas a querer dormir con eso puesto.


Veinte minutos después, Paula apenas se reconocía frente al espejo. No llevaba un maquillaje llamativo ni un peinado complicado. Solo habían resaltado sus ojos, dándoles una profundidad misteriosa, y recogido parte de su cabello. La máscara terminaba de ocultar el resto, transformándola en una desconocida.

—Vaya... —murmuró, su voz sonando extraña incluso para ella.

Sally apareció detrás de ella, su reflejo sonriendo en el espejo.

—¿Qué?

—Parezco otra persona.

—Ese es el punto.

La puerta volvió a abrirse, una asistente entró con varias cajas de lencería, la seda y el encaje brillando bajo la luz de los focos.

—Pueden escoger la que prefieran.

Paula abrió la primera caja y sintió que el calor le subía hasta las orejas. El conjunto era tan revelador que la hizo ruborizar instantáneamente.

—Ni loca me pongo eso.

Sally soltó una carcajada, su risa llenando el pequeño camerino.

—Tranquila. Yo tampoco te dejaría salir así.

Revisó otra caja, luego otra, hasta sacar un conjunto de encaje blanco mucho más discreto, aunque igualmente provocador.

—Este.

Paula lo sostuvo entre sus manos, la tela suave y delicada contra su piel.

—¿No es demasiado...?

—No.

—¿Estás segura?

—Paula, los hombres van a pujar por una mujer misteriosa, no por un disfraz de monja.

Cuando Paula salió del camerino, Victoria la esperaba junto al fotógrafo. El estudio parecía más intimidante ahora, con las luces de los focos calentando su piel.

—Recuerda algo. No sonrías demasiado. Queremos misterio, no una fotografía para la cédula.

Sally se mordió el labio para no reír, y Paula le lanzó una mirada asesina por encima del hombro. El fotógrafo levantó la cámara, el objetivo pareciendo un ojo gigante que la observaba.

—Muy bien... mírame.

Paula respiró hondo, el aire llenando sus pulmones mientras se preparaba para convertirse en otra persona.


Esa misma noche, Victoria abrió la plataforma privada donde solo tenían acceso los clientes autorizados. Subió las fotografías, sabiendo que esa mujer sería una sensación entre sus clientes.

"Virgen. Identidad reservada. Una única noche."

Cerró la computadora y apenas alcanzó a levantarse cuando el teléfono comenzó a sonar, su timbre estridente en el silencio de la noche. Frunció el ceño.

Era demasiado rápido.

—¿Sí?

Escuchó durante unos segundos, su expresión cambiando por completo, de profesional a sorprendida.

—¿Está seguro?

Silencio.

—Entiendo.

Colgó lentamente, llevaba quince años administrando aquella agencia y jamás había visto a ese cliente ofrecer el doble sin hacer una sola pregunta. Ni una.

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