LA SUBASTA DE MI ESPOSA

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Capítulo 1 CAPÍTULO 1

Cinco años de mentira.

Sally levantó la copa de vino, la sostuvo contra la luz como si examinara una muestra de laboratorio y negó con la cabeza antes de soltar una carcajada.

—No jodas, Paula. Si no te conociera, pensaría que eres monja y no una mujer casada.

Paula agarró una aceituna del plato. Con un movimiento rápido de muñeca, se la lanzó. Pasó rozándole la frente y cayó sobre el mantel con un golpe sordo. Sally ni se inmutó, solo arqueó una ceja.

—Cállate.

—No. —Sally se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si compartiera un secreto—. En serio, amiga. Cinco años. ¡Cinco malditos años! A este paso, las telarañas van a pedir cédula.

Paula terminó riéndose, aunque el sonido le salió forzado, como una nota desafinada. Sabía perfectamente hacia dónde iba la conversación, aun así, era el mejor cumpleaños que había tenido en años. Dejó caer la servilleta sobre su regazo, el tejido absorbiendo la humedad de sus manos.

—Bueno, dejando las bromas a un lado —dijo Sally mientras alargaba el brazo para llenar de nuevo las copas. El chorro de vino cayó con un sonido suave y vibrante—. Hoy cumples treinta.

—Lo sé.

—También cumples cinco años de casada.

Sally levantó una ceja, su mirada fija en ella, esperando.

—¿Y piensas seguir esperando?

La sonrisa de Paula se desvaneció lentamente, como un retrato al que le quitan el color. Bajó la vista hacia el anillo de bodas y lo giró con el pulgar, un gesto tan automático que ni siquiera se daba cuenta de hacerlo cada vez que algo la incomodaba. El metal frío rozaba su piel, un recordatorio constante de una promesa rota.

—Mientras mi padrino viva... sí.

Sally dejó escapar un resoplido, un sonido de exasperación pura.

—Don José podrá ser un santo, pero su nieto es un hijo de puta.

Paula no respondió, porque ella tenía razón. Don José la había recibido en su casa cuando apenas tenía quince años y acababa de quedarse sola en el mundo. Le dio un hogar, la mandó a estudiar, la trató como a una hija y nunca permitió que le faltara nada. Y cinco años atrás, con lágrimas en los ojos, le pidió un último favor. Casarse con Adrián.

"Solo quiero irme tranquilo sabiendo que mi nieto tendrá una buena mujer a su lado."

¿Cómo decirle que no al hombre que prácticamente la había criado?

Aceptó convencida de que, con el tiempo, las cosas mejorarían. Qué ingenua había sido. El matrimonio solo existía para que el anciano durmiera tranquilo. En cuanto cerraban la puerta de la mansión, Adrián volvía a tratarla como si fuera parte del mobiliario. O peor, como una oportunista que esperaba quedarse con la fortuna de los Montenegro.

—¿Sabes qué es lo que más rabia me da? —preguntó Sally, rompiendo el silencio.

Paula levantó la vista, encontrando la mirada intensa de su amiga.

—¿Qué?

—Que todavía lo defiendes.

—No lo defiendo.

—Sí lo haces. —Sally se recostó en la silla, cruzando los brazos—. Siempre encuentras una excusa. Que está ocupado, que tiene trabajo, que anda estresado... Paula, el hombre lleva cinco años sin tocar a su esposa. Eso no es estrés. Eso es ser un imbécil con diploma.

Paula soltó una risa por la forma tan seria en que lo dijo, un alivio momentáneo en la tensión de la tarde.

—No cambias.

—Ni pienso hacerlo. —Sally se inclinó y empujó la bolsa de regalo hacia ella con la punta de los dedos—. Alguien tiene que decirte las cosas como son. Ábrelo antes de que me arrepienta.

—No tenías que comprarme nada.

—Claro que sí. Si llegas virgen a los cuarenta, el próximo regalo será una cita con un psicólogo.

Paula rompió el papel entre risas, el sonido del estrujado llenando el aire. Dentro, sobre un lecho de papel de seda, encontró un delicado collar de plata con un pequeño colibrí. Sus ojos se humedecieron al instante, y el metal brilló bajo la luz de la cafetería.

—Es precioso.

—Lo vi y pensé en ti.

—¿Por qué un colibrí?

Sally se encogió de hombros, tomando un sorbo de su vino.

—Porque viven buscando flores... y tú llevas cinco años encerrada en una jaula.

El comentario le cayó directo al pecho, un golpe seco y certero. No alcanzó a responder porque el celular comenzó a vibrar sobre la mesa, con un insistente zumbido. La pantalla mostró un nombre que bastó para cambiarle la expresión, tensando sus mandíbulas.

**Padrino. **

Contestó enseguida, llevándose el teléfono a la oreja con una mano temblorosa.

—¿Sí, padrino?

—¿Dónde estás, hija? —La voz del anciano sonaba débil, pero firme.

—Con Sally.

—Entonces ya terminaron de celebrar. Ven a la mansión.

Paula frunció el ceño, el nudo en el estómago volviendo a apretarse.

—¿Pasó algo?

—Solo ven. Te estoy esperando.

La llamada terminó con un clic seco, sin darle tiempo a preguntar nada más. Sally ya estaba levantándose de la silla, recogiendo su bolso.

—¿Otra vez el viejo?

—Dice que está en la mansión.

—Entonces vámonos.

Paula tomó el bolso, sus dedos cerrándose con fuerza sobre el asa.

—Seguro olvidé algún documento o quiere que revise algo de la fundación.

—O quiere volver a preguntarte cuándo piensa su querido nieto darle bisnietos.

Las dos se echaron a reír, ninguna imaginaba que Sally acababa de tocar la herida más grande de aquel matrimonio. Veinte minutos después, el automóvil cruzó los portones de la mansión Montenegro. Paula redujo la velocidad, porque algo no cuadraba.

Había demasiados vehículos estacionados frente a la entrada principal, sus carrocerías brillando bajo las farolas. Miró a Sally, una pregunta sin formar en los labios.

—¿Hay alguna reunión?

—Si la hay, no me invitaron.

Apenas cruzó el vestíbulo, con el eco de sus pasos resonando en el mármol, todas las luces del gran salón se encendieron al mismo tiempo, deslumbrándola por un instante.

—¡¡¡Feliz cumpleaños!!!

Los aplausos estallaron, haciéndola dar un pequeño salto. Don José apareció sonriendo con los brazos abiertos, su figura un poco más encorvada de lo que ella recordaba.

—¡Feliz cumpleaños, hija!

Paula sintió que el pecho se le apretaba y fue hacia él, abrazándolo con fuerza, aspirando el olor a colonia y a viejo que siempre lo acompañaba. Se sentía pequeña y protegida en sus brazos.

—Padrino... no tenía idea.

—¿Creíste que iba a olvidar los treinta años de mi princesa?

Ella sonrió mientras intentaba contener las lágrimas, ese hombre había hecho por ella mucho más de lo que cualquier padre habría hecho. Por él seguía sosteniendo un matrimonio que hacía mucho había dejado de existir. Cuando levantó la cabeza para saludar a los invitados, una figura al otro extremo del salón llamó su atención.

Adrián Montenegro, su esposo. Él levantó la copa apenas unos centímetros, como quien saluda a un desconocido desde la otra acera, un gesto frío y distante. No se acercó ni siquiera para un "feliz cumpleaños". Paula respiró hondo, el aire llenando sus pulmones mientras acomodaba una sonrisa en el rostro. Volvía a interpretar el único papel que llevaba cinco años ensayando a la perfección: el de la esposa feliz.

La fiesta continuó entre brindis y conversaciones que a Paula apenas le entraban por un oído. Sonreía cuando debía sonreír, agradecía los regalos con la cabeza inclinada y respondía las mismas preguntas de siempre, mentía con tanta naturalidad que a veces hasta ella se sorprendía de su propia facilidad. Dos horas después necesitó escapar. Se acercó a Sally, que hablaba con un grupo de amigos.

—Voy al jardín un momento.

—No tardes. Tu padrino quiere partir el pastel.

—Cinco minutos.

Salió por la terraza y el aire fresco de la noche le golpeó el rostro. Respiró hondo. Apenas dio unos pasos por el sendero de adoquines, una risa femenina, aguda y clara, llamó su atención. Le resultaba conocida, pero no alcanzaba a recordar de dónde. Siguió caminando, con el susurro de las hojas de los arbustos bajo sus pies, y entonces los vio.

Junto a la fuente, Adrián tenía a una rubia sentada sobre sus piernas. La besaba sin el menor cuidado, como si la casa estuviera vacía, como si ella no existiera. La mujer le acariciaba el rostro mientras reía entre beso y beso, sus dedos enredados en el cabello de él.

Paula sintió un nudo helado en el estómago. Años casada evitando siquiera rozarla, y en su fiesta, tenía sexo con otra con un descaro que la heló hasta los huesos. La rubia volvió a besarlo, y Paula dio media vuelta antes de que la vieran. No iba a llorar y mucho menos delante de ellos. Subió las escaleras de dos en dos, sin mirar a nadie, y entró en su habitación. Apenas cerró la puerta, apoyó las manos sobre el tocador, el mármol frío bajo sus palmas.

—Respira... solo respira.

La voz le salió temblorosa, apenas un susurro. No entendía por qué dolía tanto. Nunca estuvo enamorada de Adrián. O eso llevaba cinco años repitiéndose. Un golpe seco en la puerta la hizo levantar la cabeza.

Ni siquiera alcanzó a responder, Adrián entró acomodándose la corbata como si acabara de regresar de una reunión cualquiera.

—Nos viste.

Paula soltó una risa sin humor, un sonido corto y cortante.

—¿Eso te preocupa?

Él cerró la puerta con un suave clic, el sonido resonando en el silencio de la habitación.

—Lo único que me preocupa es que mi abuelo no se entere.

—Qué alivio. Pensé que venías a desearme feliz cumpleaños.

La mandíbula de Adrián se tensó, una línea dura apareciendo en su perfil.

—No empieces.

—¿Empezar qué? ¿La discusión que evitaste durante cinco años?

Él dio un paso hacia ella, su presencia imponiéndose, llena de ira contenida.

—Escúchame bien. No le dirás una palabra al abuelo.

—¿Y si lo hago?

—No te conviene.

Paula cruzó los brazos, protegiéndose.

—¿Vas a pegarme?

Él la miró como si acabara de insultarlo, su ira dando paso a la incredulidad.

—No digas estupideces.

—Entonces explícame qué puede pasar.

Adrián guardó silencio unos segundos, sus ojos fijos en ella, fríos como el acero.

—Nada... mientras entiendas cuál es tu lugar.

Aquellas palabras le arrancaron una sonrisa amarga, torcida.

—Mi lugar. Qué curioso. Después de cinco años todavía no logro encontrarlo.

—Porque nunca quisiste verlo.

Paula lo miró sin parpadear, desafiándolo con la mirada.

—Ilumíname.

—Este matrimonio fue una obligación. Mi abuelo me puso una pistola en la cabeza con su maldita culpa y acepté. Pero no confundas eso con otra cosa. Nunca he sido tu marido y jamás voy a serlo.

Cada palabra caía como una bofetada y aun así no bajó la mirada, sintiendo el ardor en sus ojos, pero negándose a dejar que una sola lágrima cayera.

—No te preocupes. Hace mucho dejé de esperar algo de ti.

Adrián soltó una risa seca, sin alegría alguna.

—Más te vale. Porque el día que mi abuelo falte, este matrimonio termina. Recogerás tus cosas y te irás. No voy a darte un solo peso.

Paula sintió que la garganta se le cerraba, no por el dinero. Él seguía creyendo que ella era una cazafortunas, después de todo lo que había hecho por don José.

Adrián abrió la puerta, su mano sobre el pomo.

—Y qué bueno que viste que prefiero a otras mujeres. Yo jamás voy a tocarte.

La puerta volvió a cerrarse con un suave pero definitivo click. Paula permaneció inmóvil unos segundos, el silencio de la habitación pesando sobre ella. Luego, con un movimiento lento y deliberado, se quitó el anillo de bodas y lo dejó sobre el tocador. El metal brilló bajo la luz, un pequeño círculo de abandono. Sally la encontró con la mirada perdida, fijada en ese punto.

—¿Qué pasó? ¿Ya mataste al imbécil o todavía estás buscando dónde enterrarlo?

A Paula se le escapó una risa, un sonido extraño en el silencio.

—¿Te acuerdas de esa locura que una vez me propusiste?

—¿Cuál de todas?

Paula miró el anillo por última vez, la joya que simbolizaba cinco años de mentiras, y no volvió a ponérselo.

—La de vender mi virginidad.

Sally tardó unos segundos en responder, su sonrisa borrándose de su rostro.

—Paula... dime que hablas en serio.

Ella levantó la vista hacia la puerta por donde Adrián acababa de salir, como si pudiera verlo aún.

—Quiero que el primer hombre que me haga sentir mujer sea cualquiera... menos mi marido.

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