Capítulo 6 Venderme para salir de este infierno
CAPÍTULO 5
TÍTULO: Venderme para salir de este infierno
SUBTÍTULO: Esperanzas rotas
FIORELLA
En cuanto Sonya me ve a punto de romper el dinero, llega a mi lado de una sola zancada y me arranca los billetes de las manos. Su respiración es agitada, sus ojos arden con furia y desesperación.
—¿Estás loca? —me grita, con la voz temblorosa—. ¿Sabes con cuántos hombres tienes que acostarte para conseguir una propina tan grande como esta?
Su tono me atraviesa como un látigo. Puedo ver en su mirada que no solo me está regañando; está recordando su propio infierno.
—Ya no eres virgen, niña tonta —continúa, con un dejo de amargura—. Ya no vales nada. Los hombres que te lleven a la cama no pagarán mucho por ti. Una cantidad como esta solo se consigue una vez en la vida.
Siento un nudo en la garganta. Las lágrimas me arden, pero no las dejo salir.
—Quédatelo —le digo, con la voz quebrada y los ojos fijos en el suelo—. ¿Para qué demonios quiero dinero si no puedo irme de aquí? Solo son papeles sin valor. No sirven de nada.
Sonya me observa en silencio por unos segundos. Su expresión cambia; la rabia se disuelve en tristeza. Da un paso hacia mí y me sujeta del mentón con fuerza, obligándome a mirarla.
—No seas estúpida, Fiorella —susurra, con una voz cargada de dolor—. Yo no tuve la suerte que tuviste tú.
Sus ojos se nublan. Por un instante, parece que está en otro lugar, reviviendo algo que la marcó para siempre.
—A mí me quitó la inocencia un viejo gordo, feo y repugnante —dice, con un temblor en los labios—. Tú fuiste elegida por Burian.
Hace una pausa. Su mirada se endurece, pero su voz se vuelve más baja, casi reverente.
—Burian no es como los demás hombres que vienen aquí —dice, con un tono que mezcla respeto y miedo—. Tiene un rostro de rasgos marcados y viriles, con una estructura ósea fuerte que refleja autoridad y carácter. Su mandíbula es cuadrada y bien definida, cubierta por una barba corta y prolija que acentúa su aire dominante.
Sonya se cruza de brazos, como si intentara protegerse de sus propias palabras.
—Sus ojos… —continúa, bajando la voz— son fríos, intensos, de esos que te miran y te hacen sentir desnuda por dentro. No hay compasión en ellos, solo control. Las cejas gruesas y rectas refuerzan esa expresión severa y segura.
Hace una pausa, suspira, y su mirada se pierde en el vacío.
—Su cabello oscuro, siempre perfectamente peinado hacia atrás, le da un aire elegante, casi peligroso. Y su cuerpo… —traga saliva— es alto, fuerte, con músculos definidos. Cada movimiento suyo parece calculado, medido, como si el mundo entero le perteneciera.
Sonya me mira de nuevo, con una mezcla de advertencia y resignación.
—Cuando Burian entra a una habitación, el aire cambia. No necesitas que hable para saber que manda. Es el tipo de hombre que puede destruirte… o salvarte, si lo desea.
Siento un escalofrío recorrerme el cuerpo. No sé si lo que dice me asusta o me intriga.
—Y eso no sucede siempre —continúa Sonya, rompiendo el silencio—. Él eligió una sola vez a una chica como tú. Su nombre es Miya, una rusa preciosa. ¿Y sabes qué pasó?
Niega con la cabeza y suelta una risa amarga, una risa que suena más a llanto contenido.
—Él la sacó de esta vida de mierda, pero ella lo traicionó. Y ahora él te eligió a ti. No cometas la misma estupidez que cometió ella. Después de perderlo todo, Miya volvió aquí. Trabaja como cualquiera de nosotras, pero Burian nunca volvió a mirarla.
Siento un escalofrío. ¿Eso me espera si lo decepciono?
—¿Y tú? —pregunto con un hilo de voz, apenas audible—. ¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué no te marchas?
Sonya me mira con una sonrisa triste, una que no llega a sus ojos.
—¿Por qué crees? —responde con amargura—. Yo no tuve la oportunidad que Miya y tú tuvieron. No tuve más opción que convertirme en la ladina de Vladimir para que ningún otro hombre me tocara.
Hace una pausa. Su mirada se suaviza, y por un momento parece que quiere abrazarme, pero se contiene.
—Pero tú estás a tiempo —dice finalmente—. Solo consiéntelo cuando él te busque. No te resistas.
Deja el dinero en mis manos y sale de la habitación. La puerta se cierra con un golpe seco que resuena en mi pecho.
Me quedo sentada en el suelo, mirando los billetes. Siento pena por ella. Por lo poco que sé, está aquí desde los quince años. Aún es hermosa, pero su rostro refleja una tristeza tan profunda que me duele mirarla.
Pienso en lo que me dijo.
¿Debería seducir a ese hombre para salir de aquí?
¿Debería venderme a él?
Mi mente se llena de preguntas, pero ninguna tiene respuesta.
—Ven aquí, tienes otro cliente —escucho la voz de Vladimir desde la puerta.
Mi cuerpo se estremece. No quiero volver a pasar por eso.
—No… no quiero —le digo con un hilo de voz, temblando—. Me duele el cuerpo, ni siquiera puedo pararme sin tambalearme. Por favor, no me obligues.
Vladimir sonríe con crueldad. Esa sonrisa me hiela la sangre.
—Recuerda lo que te dije —responde con frialdad—. Aquí solo eres una prostituta más, y vas a atender a todos los hombres que quieran tenerte.
Me toma del brazo y me levanta del suelo con brusquedad. El dolor me atraviesa el cuerpo, pero no le importa. Me arrastra fuera de la habitación. Solo llevo puesta una bata de baño, sin nada debajo.
Camino descalza por el pasillo, con la cabeza gacha, mientras las luces rojas del club iluminan mi piel marcada. Siento las miradas de los guardias, de las otras chicas, de los hombres que beben y ríen sin saber —o sin importarles— que cada una de nosotras es una sombra rota.
Vladimir me lleva hasta una mesa donde hay un hombre joven y una mujer de su misma edad, o quizá un poco menor. Ella no es una chica del club. Su piel es limpia, su perfume caro, su sonrisa falsa y viste con ropa costosa y elegante. Ella sostiene una copa de champán y me observa como si yo fuera un objeto exótico.
El hombre, en cambio. Es joven, de rostro atractivo y mandíbula firme. Su cabello oscuro cae con descuido sobre la frente, y sus ojos, aunque bellos, tienen algo inquietante, una chispa de crueldad que me hace estremecer. Su elegancia no disfraza la arrogancia que emana de cada uno de sus gestos.
—Esta es la nueva loba —dice Vladimir con una sonrisa vil y descarada —. Solo tiene una usada. Aún está fresca y lista para ir a tu cama.
Siento que el aire se me escapa. Me está ofreciendo como si no fuera nada. Me siento acorralada, atrapada en una pesadilla sin salida. ¿Cómo puedo vivir de esta manera? Pasando de hombre en hombre… nunca imaginé terminar así.
—Muévete —ordena Vladimir, impaciente—. El club cierra en una hora.
—No quiero —le respondo con rabia contenida, la voz me tiembla—. No quiero. Ya ganaste suficiente dinero conmigo.
Las palabras salen de mis labios por sí solas. No las pienso, solo las escupo. Me niego a esta vida.
—¿Qué sucede aquí? —interrumpe una voz masculina. Es Marcos, uno de los hombres de Burian—. ¿No es ella la cachorra de mi jefe?
Vladimir se tensa, pero intenta mantener la calma.
—Burian no la reservó como suya —dice con frialdad—. Y todavía no pasan las seis de la mañana. Aún queda una hora para seguir ganando dinero con ella.
Marcos lo mira con desdén.
—Espera a que hable con mi jefe —responde con tono amenazante—. Sabes muy bien que no le agrada compartir sus mujeres.
—Te doy diez minutos —gruñe Vladimir, con una sonrisa falsa—. Si no, irá a cumplir con su trabajo.
Antes de que pueda reaccionar, el joven hombre —Mijail— se inclina hacia adelante, con una sonrisa arrogante.
—Vamos, Vladimir —dice con voz suave, casi burlona—. Soy mejor cliente que Burian, y mi novia y yo vinimos aquí esperando poder tener a una de las nuevas lobas. Pero fuiste muy descortés con nosotros. Le ofreciste las mejores a Burian y las demás a Faddei.
Marcos lo mira con desprecio.
—Si no quieres tener problemas con mi jefe, no quieras tener lo que no es para ti.
Mi cuerpo tiembla de miedo mientras estos hombres descarados discuten como si fueran dueños de nosotras. Marcos se va, y por un momento ruego que vuelva, pero pasan los diez minutos y no regresa.
—Vamos, hermosa —dice Mijail con una sonrisa burlona —. No le interesas a Burian.
Su voz es suave, casi encantadora, pero sus ojos me dicen otra cosa. Hay algo oscuro en ellos, algo que me hace retroceder un paso.
No quiero acostarme con él. Es joven y guapo, pero su belleza me resulta vacía, sin alma. Su rostro, de facciones perfectas, parece tallado en piedra; su cuerpo, fuerte y bien formado, se mueve con una seguridad que me provoca repulsión. No hay calidez en él, solo frialdad. Esa clase de frialdad que te hace sentir pequeña, insignificante, como si fueras un simple objeto para su placer.
La mujer a su lado se pone de pie, se acerca y se coloca detrás de mí. Siento su mano fría deslizarse dentro de mi bata y tocar mis pechos.
Mi mirada cae desconsolada al suelo. Mijail me toma del brazo y me jala con fuerza. Camino torpemente entre él y la mujer hasta llegar a una habitación. Es extravagante, ridículamente lujosa, con luces doradas y un enorme espejo frente a la cama.
Mijail se sienta en el borde de la cama, me observa con una sonrisa lasciva y empieza a desabotonarse la camisa con lentitud, disfrutando de mi miedo. Cada botón que se abre me hace contener la respiración. Su pecho es firme, su piel bronceada, su cuerpo trabajado. Es guapo, pero su belleza me causa asco. No hay deseo en mí, solo miedo.
Cuando se levanta y deja caer la camisa al suelo, siento que el aire se vuelve más pesado. Desabrocha el cinturón con un movimiento lento, casi teatral, y lo deja caer junto a la cama.
—Mírame —ordena con voz grave, casi hipnótica.
No puedo. Mis ojos se clavan en el suelo.
Él se ríe, una risa baja, cruel. Se baja el pantalón sin prisa, dejando ver su cuerpo desnudo. Su piel brilla bajo la luz dorada, y su mirada se vuelve más oscura, más peligrosa.
—Así me gusta —dice, acercándose—. Sumisa.
Mi cuerpo se pone rígido al sentir las manos de la mujer quitando la bata de mi cuerpo. Me echo a llorar. Maldigo haber nacido mujer. Maldigo a estas malditas personas.
Pero entonces, un golpe de esperanza suena en mis oídos.
—Mierda, ¿quién es? —gruñe Mijail, desnudo frente a mí.
Escucho la voz de Sonya al otro lado de la puerta.
—Disculpe la interrupción —dice con tono firme—. Soy Sonya. Lamento el error, pero Fiorella está reservada como VIP.
Mi corazón late con fuerza. Una sonrisa de alivio se forma en mis labios.
Mijail se cubre con una bata y sale de la habitación. Del otro lado escucho las voces de Sonya y Vladimir discutiendo con él. Luego entran los tres. El rostro de Vladimir está tenso, casi pálido. Se podría decir que hasta tiene miedo.
—Esto es una ofensa —gruñe Mijail—. Y no se quedará así. Me faltaste el respeto.
—Prometo recompensarte —responde Vladimir con voz temblorosa—. Este mes ingresan chicas nuevas, más jóvenes, y por supuesto, son a estrenar. Tendrás una gratis. Correrá por cuenta de la casa.
—Por tu bien, espero que me consigas unas buenas cachorras —advierte Mijail, vistiéndose—. O de lo contrario, estarás en problemas.
Sale junto a la mujer, que aún luce furiosa.
Vladimir me lanza una mirada cargada de rabia.
—Vístete, ¿qué esperas? Todo esto es culpa tuya. Ahora estoy metido en un gran problema. Burian te reservó como VIP para él, pero me dio quejas. Dijo que fuiste grosera con él.
Da un portazo y se marcha. Me quedo sola con Sonya.
—Vístete y ve a tu habitación —me dice con voz cansada, sin mirarme.
—¿Tais y Magdalena? ¿Dónde están? —le pregunto con miedo, sintiendo que la voz se me quiebra.
—Se marcharon con Burian —responde—. Él pagó por su virginidad y también por ellas. Las compró.
—¿También va a llevarme con él? ¿Voy a irme de aquí? —le pregunto con un hilo de esperanza que se apaga en mis labios.
Sonya niega lentamente.
—No. Eres VIP. Te reservó para que solo seas de él, pero no te compró. Fuiste muy tonta, Fiorella. Tuviste una posibilidad de salir de aquí y la desperdiciaste.
Mi corazón casi se detiene al escucharla. Por un momento creo que saldré de este lugar, pero no es así.
Tengo que quedarme aquí.
Cuando la inocencia se rompe y la libertad se convierte en un sueño lejano, solo queda la fuerza de resistir, aunque sea en silencio. Y es en ese silencio donde se revela lo más humano: el deseo de seguir viva, incluso cuando todo parece perdido.
