La Secretaria Comprada - El precio de la Venganza

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Capítulo 4 La Jaula de Cristal

El trayecto desde la Torre Volkov hasta la residencia privada de Dante fue un borrón de luces de neón y silencio opresivo.

El chófer, una mole de hombre con cuello de toro y ojos inexpresivos que se presentó simplemente como "Boris", no dijo una sola palabra. Condujo el sedán negro a través del tráfico de la ciudad como si fuera un tanque, separando a Valeria del mundo exterior mediante cristales tintados a prueba de balas.

Valeria apoyó la frente contra el vidrio frío. Vio pasar su restaurante favorito, la boutique donde compraba sus zapatos, el parque donde solía correr por las mañanas. Todo parecía estar a años luz de distancia, como si estuviera viendo una película de una vida que ya no le pertenecía.

-Hemos llegado, señorita -anunció Boris, deteniendo el coche frente a un edificio residencial ultra exclusivo en la zona más alta de la ciudad.

No hubo portero que la saludara con una sonrisa, como en la mansión de su padre. Boris la escoltó hasta un ascensor privado que requería un escáner de retina para abrirse.

-El señor Volkov tiene acceso exclusivo al ático -dijo el hombre, tecleando un código de seguridad-. Nadie sube sin su permiso. Nadie baja sin su permiso.

El mensaje era claro: Estás prisionera.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron directamente en el apartamento, Valeria contuvo el aliento. Si la oficina de Dante era intimidante, su casa era un mausoleo de hielo y soledad.

El lugar era inmenso. Techos de doble altura, paredes de hormigón pulido y ventanales de suelo a techo que mostraban la ciudad entera brillando a sus pies como un mar de joyas. Pero no había calidez. No había fotos familiares, ni alfombras persas, ni el desorden acogedor de un hogar vivido. Todo era gris, negro y blanco. Muebles de diseño italiano tan afilados que parecían capaces de cortar si te sentabas mal.

-Bienvenida, señorita De la Vega.

Valeria dio un salto. Una mujer mayor, vestida con un uniforme negro impecable y el cabello gris recogido en un moño tirante, había aparecido de la nada.

-Soy Greta, la ama de llaves -dijo la mujer con un tono que no admitía réplicas ni simpatías-. El señor Volkov me informó de su llegada. Sus cosas ya han sido... procesadas.

-¿Procesadas? -repitió Valeria, sintiendo un nudo en el estómago-. ¿Dónde está mi equipaje? Mi padre debió enviar mis maletas...

-Sígame -dijo Greta, dándose la vuelta sin esperar respuesta.

Valeria la siguió a través de un pasillo largo y oscuro, decorado únicamente con obras de arte abstracto que parecían manchas de violencia sobre lienzos blancos.

-Esta será su habitación -anunció Greta, abriendo una puerta al final del pasillo.

Valeria entró, esperando encontrar una habitación de invitados estándar. Lo que encontró fue una habitación que parecía una celda de lujo.

Era espaciosa, sí, con una cama king size de sábanas grises y muebles minimalistas. Pero no había televisión. No había estanterías. Solo una cama, una mesita de noche vacía y un enorme vestidor con las puertas abiertas.

Valeria corrió hacia el armario, buscando algo familiar. Buscando sus suéteres de cachemira, sus jeans cómodos, sus vestidos de flores.

Estaba vacío de recuerdos.

En su lugar, colgadas en filas perfectas y ordenadas por color, había prendas que ella jamás habría elegido. Vestidos de seda ceñidos al cuerpo en colores oscuros: burdeos, negro, azul noche. Faldas de tubo con aberturas peligrosas. Tacones de aguja que parecían armas. Lencería de encaje fino expuesta en cajones de cristal como si fuera mercancía en una tienda.

-¿Dónde está mi ropa? -preguntó Valeria, girándose hacia Greta con la voz temblorosa por la ira-. Mis libros. Mi joyero. Las fotos de mi madre.

Greta mantuvo las manos cruzadas delante de su delantal, imperturbable.

-El señor Volkov dio instrucciones precisas. Todo lo que provenía de su vida anterior ha sido donado o desechado. Él insistió en que "la nueva Valeria" no necesita lastres del pasado.

-¡No tiene derecho! -gritó Valeria, sintiendo que las lágrimas quemaban sus ojos-. ¡Son mis cosas! ¡Son mis recuerdos!

-Tiene todo el derecho, señorita -respondió Greta con frialdad-. Firmó el contrato. Ahora, le sugiero que se duche y se cambie. El señor Volkov llegará en una hora para cenar. Y le gusta la puntualidad.

La ama de llaves salió y cerró la puerta con un clic suave pero definitivo.

Valeria se quedó sola en el silencio de esa habitación extraña. Corrió hacia la ventana, buscando una salida, pero estaba sellada. Estaba en un piso cincuenta. La única salida era el ascensor codificado o la caída libre.

Se dejó caer en la cama, que olía a detergente caro y a nada más. Agarró uno de los vestidos que colgaban en el armario. Era un vestido de terciopelo negro, hermoso pero cruel, diseñado para exhibirla.

Dante no solo la había comprado. La estaba borrando. Estaba desmantelando a Valeria de la Vega pieza por pieza para reconstruirla a su imagen y semejanza.

Se miró las manos. Aún llevaba su traje blanco, ahora arrugado y sucio por el viaje.

-¿Quieres una muñeca, Dante? -susurró a la habitación vacía, secándose las lágrimas con rabia-. Bien. Seré la muñeca más cara que has tenido. Pero ten cuidado, porque las muñecas de porcelana, cuando se rompen, cortan.

Se levantó y caminó hacia el baño de mármol.

La guerra había comenzado. Y ella estaba atrapada en el territorio enemigo.

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