Capítulo 7 El precio del deseo
Kiril
Sonrió. Sus dines no perdían el ritmo. Impecable. Le había mencionado esa historia para distraerla. Lo último que quería una mujer cuando tenía la mano puesta sobre tu miembro era que hablaras de otras mujeres que habían estado en esa misma posición. Alexandra no me parecía una mojigata, pero mencionar a la madama debería haberla hecho dudar al menos un instante.
—Le concedí medio punto porcentual. Mi jefe me había autorizado hasta dos. A mí me pareció una victoria... y déjame decirte que usó todos los trucos que había aprendido en veinticinco años de oficio por ese medio punto. Se lo curró de verdad.
En ese momento, Alexandra no pudo asegurar el control de su reacción. Arrugó la nariz y su mano se congeló. Un segundo después, se mofó con una risita ahogada. Debía de haberme delatado.
—No fue así, ¿verdad? —preguntó con otra risita seca, aunque su mano permaneció firme donde estaba—. Me estás tomando el pelo.
—Oh, lo intentó, claro que sí, pero la aparté antes incluso de que llegara a ese punto —dije—. Era una fumadora empedernida y pasaba demasiado tiempo en los salones de bronceado. Tenía la piel como el cuero de unos zapatos. Le di el medio punto solo para quitármela de encima. Fue una experiencia bastante incómoda.
—No me imagino que a ti te importe si una situación se vuelve incómoda. Pareces tan... —Se mordió el labio, buscando la palabra adecuada, y soltó un suspiro—. ¿Por qué me cuentas esto? ¿Por qué hablarme de ella? ¿Precisamente ahora?
No fui capaz de decirle la verdad ni tampoco una mentira. La miré y esperé. Arrugó la nariz. Casi esperaba que le saliera humo de las orejas por lo mucho que estaba pensando. Al final, me miró y sacudió la cabeza.
—Debes admitir que tus acciones no tienen mucho sentido. Podría entenderlo de un adolescente lleno de granos que ha visto demasiados videos en YouTube para aprender a ligar y que piensa hacerme poner celosa sacando a relucir sus «conquistas» anteriores. Pero, a menos que te haya juzgado mal —sobrevalorado—, no es tu caso, ¿verdad?
—¿Quién se está burlando de quién ahora? —respondí.
—Todo forma parte de mi estrategia de negociación. —Se echó hacia atrás y se encogió de hombros, aunque su mano nunca me soltó—. Tú también estás negociando, ¿no? ¿Intentas descifrar mi estrategia? Pues yo te mantengo en vilo, para que nunca sepas desde qué dirección te voy a atacar.
Se apoyó contra mí y se contoneó. Sus pechos quedaron presionados contra mi pecho. Quería captar mi atención y mis ojos estaban concentrados en ella. Los dedos que aún acariciaban mi miembro se deslizaron más abajo. La sonrisa sensual de su rostro se amplió.
Le agarré la muñeca y aparté su mano un instante antes de que las yemas de sus dines rozaran mis testículos. Su mano se cerró en un puño apretado. Tambaleó hacia atrás sobre sus tacones. Le mantuve la muñeca en alto y le rodeé la espalda con el otro brazo, sosteniéndola en vilo.
Quedó suspendida de mi agarre, inclinando la cabeza hacia delante. Su risa inundó la habitación. Cuando dejó de reír, levantó la cabeza de golpe y se puso de pie por sí misma. Me miró y volvió a reír.
—Entonces, ¿quedamos en el cincuenta por ciento de la recaudación, verdad? —dijo después, presionando sus labios contra los míos y extendiendo su mano libre para estrechar la mía y sellar el pacto.
Apenas logré contener una sonrisa. Ella retuvo una carcajada como un actor que intenta no salirse del personaje. Mi brazo, que aún la sostenía, se elevó hasta que tuvo que ponerse de puntillas para poder tocar el suelo. Di un paso adelante, hacia ella. Retrocedió y clavó la mirada en la muñeca que yo le estrechaba con fuerza.
—El diez por ciento es más que el cero que recibes ahora, y eso además de la cancelación de la deuda y del hecho de que tus ganancias ya no volverán a ser embargadas —respondí, dando otro paso hacia ella.
—Sé con certeza que la tarifa habitual de los Morello por el servicio que yo presto es del veinticinco por ciento —dijo, y dio un tirón a su brazo sin conseguir liberarlo—. La tuya no puede ser muy diferente, o los Morello perderían a los que blanquean su dinero por tu culpa.
—A nuestros grandes contratistas les ofrecemos el veinte por ciento, ni un centavo más.
Dejó de retroceder ante mi avance y se quedó pegada a mí. Aún contenía la risa y parpadeaba de forma exagerada.
—¿Contratistas? ¿Y no puedes ofrecerle a tu futura esposa ni siquiera el mismo porcentaje que le ofrecerías a un contratista cualquiera?
