La propuesta del ceo

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Capítulo 4 Mi esperanza

—¿Se ha vuelto loco? —La voz de Bianca salió como un látigo, cargada de una indignación que le quemaba la garganta.

Sus ojos, que hace un momento buscaban una oportunidad laboral, ahora ardían de furia. Se levantó de su lugar con movimientos bruscos, sintiendo que el aire de la oficina de Eros Ainsworth estaba contaminado. Para ella era evidente que aquel hombre solo se estaba burlando de su situación; primero la humilló en la calle, luego la engañó con una falsa promesa de empleo y ahora le proponía algo tan aberrante como vender su cuerpo para engendrar un heredero. Se sintió tan humillada que hizo todo lo que pudo para no romper en llanto frente a él, manteniendo la barbilla en alto por puro instinto de supervivencia. Pero, al darle la espalda y caminar hacia la salida, sintió que las lágrimas amenazaban con salir, nublándole la vista.

—Piensa en mi propuesta —la voz de Eros la alcanzó justo antes de que tocara el pomo de la puerta—. Solo te he dicho una parte. Si aceptas, puedo decirte el resto cuando me llames.

Eros se acercó a ella con pasos lentos y seguros. Se detuvo a centímetros, lo suficiente para que ella pudiera oler su perfume costoso, y le sonrió forzosamente, una expresión que no llegaba a sus ojos gélidos.

—Buenas noches, Bianca.

Ella no respondió. Salió de la torre de cristal sintiéndose sucia y pequeña. El trayecto de regreso a su modesto barrio fue un borrón de luces y sombras. Al llegar a su casa, su madre la recibió con los brazos abiertos y una mirada llena de angustia contenida. Al ver a su hija, la mujer se sintió aliviada de que hubiera llegado a salvo; "las noches no son seguras", eso es lo que ella siempre decía, especialmente en una ciudad que devoraba a los incautos. Le preguntó con entusiasmo cómo le había ido en la oficina del gran empresario, pero Bianca esquivó su mirada. Se encontraba triste y decepcionada, y simplemente no tenía el valor de confesarle a su madre que el hombre que creían su salvador era en realidad un monstruo que quería comprar su vientre.

—No es… lo que yo esperaba —mintió Bianca, con la voz apagada—, así que rechacé lo que me ofrecía. No era un empleo digno, mamá.

Su madre, aunque notó el dolor en sus ojos, no quería presionarla. Sabía que Bianca había pasado por demasiado en el último mes. Le acarició el cabello y le dijo que ella sabría si la decisión era la correcta, que el dinero vendría de alguna otra parte. Esa noche, Bianca comió poco, apenas forzando unas cucharadas de sopa, y se fue a dormir temprano. Al buscar su celular en su cartera para poner la alarma, encontró la tarjeta dorada que Eros le había dado en el hospital. Frunció el ceño con asco y la dejó caer al suelo, como si el papel quemara.

Sin embargo, las palabras de Eros seguían flotando en la oscuridad de su cuarto: “Piensa en mi propuesta...”.

Bianca cerró los ojos, pero su mente tenía grabada su imagen. A pesar de su odio, no podía negar que él era extremadamente apuesto, un detalle que el dolor y el caos no le habían dejado notar en sus encuentros anteriores. "¿Un hijo suyo?", se preguntó en un susurro. Por un momento, la parte más pragmática y golpeada de su mente pensó que la propuesta no sería tan mala. No se preocuparía más por los gastos médicos de su madre, ni por las deudas que se acumulaban, ni por el hambre. Él se encargaría de todo. Pero entonces, el miedo la golpeó: "¿Qué pasará después de que dé a luz? Me quitará a mi hijo".

Pensar en un bebé le hacía recordarse a sí misma que ya antes había perdido uno en aquel accidente provocado por un desconocido, y sentía que no soportaría que le arrebataran otro. Eros le estaba pidiendo que alquilase su vientre como si fuera una máquina, y Bianca era una chica que amaba y se enamoraba de cada detalle de su vida; no sabía si podría entregar a un ser humano y seguir viviendo.

Sumergida en esos pensamientos tortuosos, no se percató del estruendo seco que se escuchó de repente en la cocina. El sonido de platos rompiéndose fue seguido por un silencio sepulcral que la hizo saltar de la cama. Solo reaccionó cuando escuchó el grito ahogado de su madre.

—¡¡Mamá!! —gritó Bianca, saliendo corriendo de la habitación.

Se paralizó al llegar a la cocina. Su madre estaba tendida en el suelo, inconsciente, con el rostro pálido y los labios azulados. El miedo la inmovilizó por un segundo que pareció una eternidad. Llamó a su madre repetidas veces, sacudiéndola, pero ella no reaccionaba. Los vecinos, alertados por los gritos, llamaron a la ambulancia. Debido a la gravedad, la llevaron al hospital más cercano, que resultó ser una clínica privada de alta complejidad. Cuando Bianca se dio cuenta de eso, ya era tarde; su madre estaba siendo atendida de urgencia. Los médicos le informaron que había sufrido un paro cardíaco masivo y que había sido una suerte que ella estuviera cerca para pedir ayuda.

—Necesitará una cirugía y cuidados intensivos —dijo el doctor con frialdad—. Es costoso, señorita.

Sintiéndose acorralada por las dificultades de la vida y el peso de una deuda que jamás podría pagar, Bianca se sentó junto a la cama de la unidad de cuidados intensivos. Mientras tomaba la mano de su madre dormida, fría y frágil, pensó que no tenía más opción que aceptar la propuesta de Eros. Haría lo que fuera para salvar a la única persona que la amaba de verdad, incluso si eso significaba darle un hijo a él y a su esposa.

—Bianca…

Ella se sobresaltó y se limpió las lágrimas de inmediato al ver a una figura conocida en la puerta de la habitación. No era Eros, sino Víctor, el hombre que la había destruido en el altar. La rabia sustituyó al dolor en un instante. Se levantó de su lugar, preguntándole con odio qué hacía allí. Él, con una expresión de fingida pesadumbre, respondió que supo lo de su madre por un conocido común y que quería saber cómo estaba.

—¿Desde cuándo te importamos tanto? —escupió ella.

—Sé que me odias por lo que te hice, pero…

Bianca levantó su mano, sintiéndose mareada de repente. Los mareos por no haber comido bien y el estrés extremo la estaban torturando. Le pidió que se fuera y la dejara sola, pero Víctor, al verla tan pálida y vulnerable, no se movió. Su mirada bajó instintivamente hacia su vientre y una chispa de sospecha cruzó sus ojos. Se preocupó de que, a pesar de su abandono, ella estuviera embarazada de él. Fue directo hacia ella y le preguntó sin rodeos:

—¿Estás embarazada, Bianca?

La pregunta la dejó paralizada, con el corazón martilleando contra sus costillas en medio de la habitación de hospital.

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