Capítulo 5 El Fruto de su Semilla
Esa confesión le dislocó el alma, trastornó su corazón. “Déjame contarte cómo conocí a Dalia”, resonó en su mente por varios segundos, golpeándolo casi como ese día en el que enterró su cuerpo y el de su hijo en Inglaterra.
¿Cómo no abrirle el corazón ese día? Me enamoré de un hombre que llegó para encender algo real, sin promesas ni garantías. ¿Y si ese amor no funcionaba? No sería una derrota, sino la prueba de que simplemente no estábamos hechos el uno para el otro.
Aun así, en mi vida quedaría la certeza de haber amado de verdad, de haberme entregado por completo al hombre más intenso que conocí. Le di todo, sin reservas, sin condiciones, porque el destino lo puso en mi camino y yo elegí no huir. No en ese momento.
No importaba si al final me amaría como amó a Dalia. Yo era María del Rosario. ¿Me podría amar igual o más?
Yo quizás esperé que él se acelerara, que su arrebato fuera de inmediato. Pero eso no sucedió, solo me estaba desarmando y no me lo hizo saber.
—Entonces, cuéntame. ¿Cómo es que la conoces y por qué has tomado su lugar? —me preguntó tras atraerme y recostarme sobre su pecho—. Quiero conocer tu verdad.
Me resistí, era una fiera indomable y ahora estaba siendo domada por sus caricias.
—Ella fue mi maestra, la guía y familia que no tuve —murmuré aún escondiéndome de su presencia—. Ella me entregó todo. ¡Incluso a ti!
No hablé más. El silencio se llenó de lo que no me atrevía a decir. Había amor, culpa y deseo por quedarme. Él lo sintió. Lo aceptó. No me soltó.
—No conocí a Dalia en su casa. La conocí cuando ya era la VIP más solicitada del lugar donde trabajábamos. ¡Todos sabían quién era, todos la deseaban!
Nada de lo que mencioné era nuevo para él. ¡Sabía quién era Dalia exactamente! Continué conteniéndome las lágrimas. ¿Culpa? Quizás.
—Había semanas en las que desaparecía por completo. Pero no era un misterio: estábamos con hombres dispuestos a pagar cualquier cosa por tenerla cerca. Ese era su mundo. Y así fue como el mío empezó.
Dalia tenía control, tenía presencia, tenía algo que nadie más tenía. Por eso todos la buscaban. Por eso él la amó desde el primer día.
Solté el llanto entre sollozos y pronuncié:
—Aprendí de ella. Me abrió puertas. Me protegió cuando no tenía a nadie.
—¿Qué hay sobre mí? —me preguntó él sin vacilar.
—No imaginé que esto se volviera una realidad… pero sucedió —dije con un sentimiento que no solo se sentía. ¡Se vivía!
Entonces miré la hora. Mi cuerpo se tensó de nuevo. —¡Es tarde! —dije—. Joseph me espera. ¡No puedo faltar!
Él no discutió. No me detuvo. Eso dolió más que cualquier palabra. Antes de irme, lo miré como si me jugara algo definitivo. —¿Te volveré a ver?
Él no respondió. No pudo. Sus ojos se apagaron y lo noté. No se levantó de aquella cama; parecía querer quedarse ahí respirando el olor de mi cuerpo. Me fui con la espalda recta y el corazón expuesto. A un costado, mis argollas se quedaron colgando como ofrenda.
Desde ese día, lo supe con claridad cruel: mi alma se había quedado con él. Mi cuerpo, no. Le pertenecía a Joseph. Y esa división era el comienzo de algo que no iba a terminar bien, pero que ninguno de los dos estaba dispuesto a evitar.
Una semana después…
A partir de ahí, empezamos a vernos tres o cuatro veces por semana. Nunca más de cuatro horas. ¿Aun así? Nunca era suficiente. Siempre quedaba con ganas de más. No iba solo por el cuerpo, aunque el cuerpo terminara imponiéndose apenas cruzaba la puerta.
—¡Regresaste! —exclamó él desde el balcón, su mirada empapada seguramente de noches cargadas de tristeza—. Necesitaba que lo hicieras.
Regresaba porque lo necesitaba. ¡Lo amaba! Y Uriel me adoraba, se perdía en mi alma, más que en mi cuerpo. Ya no podía imaginar mi vida sin él, pero tampoco la imaginaba solo a su lado y sin Joseph.
Cada vez que llegaba, el espacio nos empujaba a acercarnos. Primero la habitación. Luego la sala. A veces el garaje. No era planeado. Pasaba porque era inevitable. Estar con él se volvió una necesidad que no sabía cómo frenar. Y no, no era solo deseo. Era algo más profundo, más peligroso.
Joseph no sospechaba, ¡ni siquiera lo imaginaba!
—¿Estás ocupado? —escuché del otro lado del teléfono esa tarde enredada en el cuerpo de Uriel.
—Me has tomado de sorpresa —respondió Uriel mientras hundía su placer en mi cuerpo—. Te devolveré la llamada —esa que nunca regresaba y Joseph se veía en la obligación de hacer.
Todo sucedió muy rápido. Toda nuestra historia estaba siendo capturada entre gemidos y él me adoraba como a una diosa. Yo lo deseaba con las fuerzas de mi alma, esa que ahora le pertenecía, y aun así me negaba a entregarme por completo.
—¿Te veré el viernes? —le pregunté esa noche que se nos hizo tarde.
Uriel, como cada vez, no respondió. Sus respuestas eran en silencio y yo solo disfrutaba esa respuesta silenciosa. La intriga me hacía regresar. Pero entonces, ese silencio era una sentencia, una que Joseph realizó ese día que pensaba regresar un viernes.
Llegando al territorio de Joseph, no se encontraba como en cada ocasión. Eso fue lo que pensé, eso imaginé y, sin saberlo, llamé, pero al que no debía recibir la llamada. ¿Aunque no contestó? El mensaje de voz se envió:
—Te veo el viernes, ya quiero sentir el calor de tu piel. Mientras tanto, te soñaré.
—¡Así que es ahí donde vas cada tarde hasta por cuatro veces por semana! —escuché la voz de Joseph. Amarga y como una daga atravesándome.
Giré deprisa. Solo pronuncié con el rostro fruncido, pero con el alma que ya no me pertenecía en la mano:
—¿Qué haces escondido?
—Eso no responde a mi pregunta, Rosario —dijo con la voz alterada—. Así que Uriel no es solo mi cliente, sino también el tuyo. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo tomaste el lugar de esa zorra muerta?
El frío me recorrió todo el cuerpo. No encontré palabras para responder. Joseph arrojó un anillo de diamantes a mis pies; me cegó casi como él estaba hace unos minutos, o eso pensé.
—¿Por qué lo afirmas? Sabes que no hay nada serio entre nosotros y con mi cuerpo hago lo que quiero.
—Tu cuerpo y tu vida me pertenecen. Este día iba a proponerte matrimonio y así… ¿Así es como me pagas? Revolcándote con Uriel a mis espaldas y mientras me rechaza las llamadas, él te coge burlándose en mi cara.
Joseph estaba envuelto en cólera y continuó sin oportunidad de que lo interrumpiera.
—¡Solo dime que no te revuelcas con él! Pero no te atrevas a mentir, porque de lo contrario sabes que puedo y lo haré —se acercó con un peligro inminente hacia mí, no sabía si correr o jurarle—. Los abandonaré a ambos al costado de la carretera.
Me armé de valor y sabía que no había vuelta atrás.
—¡Me dan asco tus amenazas! —le grité, aferrándome a la esquina del sillón tras de mí—. ¿Ya quisieras ser como él?
—¡Entonces vete, Rosario! Vete corriendo a los brazos de ese maldito imbécil. Las mujeres como tú siempre vuelven —hizo una breve pausa y dejó caer sus palabras como estocadas finales—. ¡Nunca te dará el lugar de Dalia!
Mientras Rosario se enfrentaba a Joseph. En el aeropuerto estaba aterrizando un vuelo proveniente de Brasil esa misma noche. En su interior, una familia, una que se negó a reunirse con Uriel días después de la muerte de Dalia.
—¡Hemos llegado! —exclamó aquella mujer—. Hoy conocerás a tu padre, hijo. Hoy él conocerá el fruto de su semilla.
—¡Bienvenida, Greta! —se escuchó en cuanto la reconocieron tras salir del pasillo—. Mi hijo seguramente quedará impresionado tras tu decisión de regresar.
—¡Eso no lo dude, suegro! —exclamó Greta, tras abordar el auto del alcalde. El padre de Uriel.
