La Piel que me Desnuda El Alma

Download <La Piel que me Desnuda El Alma> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 4 Desnudando el Alma

Acerqué mis labios a los de Uriel despacio, apenas rozándolo primero, como si le diera la oportunidad de decidir. No se apartó. No lo dudó. En ese instante supe que el resto dependía solo de mí.

El beso no fue torpe ni apresurado. Fue claro. No era solo mi boca buscando la suya, era todo lo que llevaba guardado saliendo sin pedir permiso. Sentí cómo respondía, cómo se quedaba, cómo me sostenía sin intentar tomar el control. Ese beso dijo más que cualquier palabra que habíamos evitado hasta ese momento.

Nos marchamos del café a su residencia; el tiempo se volvió irrelevante. Solo sé que cuando nos separamos fue por necesidad, por aire; el deseo permanecía intacto. Uriel no me estaba besando por costumbre ni por vacío. Me deseaba de verdad, como yo lo hice desde aquella noche.

Las emociones subieron demasiado rápido; quería seguir, quería más, pero también sentí ese límite invisible que él mismo se imponía. Uriel podía perderse, pero sabía detenerse. Lejos de enfriar el momento, lo volvió más intenso. —¿Podemos pasar y hablar, Rosario? —me dijo antes de bajar del auto. Ahí supe que ese “hablar” ya no tenía nada de inocente.

Esta vez no dejaría que me echara de su vida.

Me dirigió hacia su habitación, la misma; las copas de vino quedaron varadas y su deseo estaba ardiendo. Seguramente él aún estaba inquieto desde la última vez, pero aún existían rastros de Dalia en su piel.

Uriel murmuró. —Muéstrame algo más que tu piel. Quiero todo, ¡sin reservas!  

Me levantó sin esfuerzo y mis piernas se aferraron a su cintura. Me llevó a la cama, sus ojos fijos en los míos, oscuros. Me tiró sobre las sábanas. Su peso me ancló. Sus labios rozaron mi cuello, dejando un rastro de fuego.

Cada caricia era una marca que Dalia antes recibía y ahora esa piel sería testigo de mi presencia. Sentí su fuerza, dura y húmeda, contra mí. Con una embestida brutal a través de sus pantalones se hundió hasta el fondo de mi entrepierna, abriéndose paso para lo que estaba por acabar.

Grité con un placer intenso y mis labios abriéndose, preparando el camino. Se quedó clavado, mirándome, mientras mi cuerpo pedía a gritos más de él. Luego empezó a moverse, sin ritmo. El mundo se redujo a esa fricción, a ese fuego que me consumía. Un placer violento me sacudió y grité su nombre mientras me deshacía.

—Hazme vibrar, quiero saber lo que es morir en los brazos de un ángel. —le susurré pegándome contra su cuerpo con fuerza y mis manos sujetando la poca culpa que me quedaba.

—Después de esta noche no hay vuelta atrás. —dijo en cuanto me dejó recostada y solo mis piernas lo abrazaban.

Sabía que lo decía por Joseph, pero ¿Joseph? Él era un maldito engreído que solo me mostraba como un trofeo, algo que presumir. ¡Nunca fui su mujer! Joseph ya me había perdido, aunque ahora ellos contaban con un trato de negocios que respetar y ahora estaba en medio de ellos.

—¿Y tu contrato con Joseph? —le pregunté, curiosa. intrigada—. Continuarás sabiendo que aún debo estar con él.

No respondió. Arrebató mi prenda interior y sus dedos se alojaron, para luego saborear algo que para él parecía un triunfo. Saboreo el trofeo de su victoria.

Desajustó su pantalón y depositó su dura extensión en la entrada, me llevó de vuelta a su pecho y me susurró. —¡Me basta con tu alma! —dijo antes que se hundiera en mí—. Él podría tenerte en cuerpo, pero entrégame tu alma y eso será más que suficiente para saber que eres solo mía.

Mi grito lo encendió; sin soltarme, me giró y me sujetó contra la pared; su peso se convirtió en un castigo delicioso. El frío de la porcelana en mi espalda contrastaba con el fuego que me abrasaba.

Mis ojos, ahora sin antifaz, eran devorados. Ya no había humanidad en sus ojos, solo un hambre animal, que reflejaba la mía. Me arrancó las piernas de su cintura, obligándolas a abrirse, y se hundió de nuevo, más profundo, más salvaje, buscando mi fondo a cada golpe. Ya no era un hombre... era una bestia.

Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas sangrientas, como un mapa de nuestra furia. Cada embestida me golpeaba contra la pared, un ritmo de violencia y placer que me robaba la cordura.

El mundo se desvaneció; solo existía su cuerpo clavado en el mío, el sonido de nuestra carne golpeando, mis cortas respiraciones ahogadas y sus sonidos de posesión, definitivamente. Sentí como el clímax me arrebataba, una convulsión violenta y total que me hizo gritar hasta que se me quebró la voz.

Mi cuerpo se encogió, apretándolo con una fuerza que era desesperada, ¡y eso fue mi fin! Con un grito agudo, me vacié: ¡una ola de calor me quemó!, incluso los huesos. Nos quedamos así, enganchados, temblamos como hojas al viento, agotadas, sin aire, saboreando sangre y sudor, en la boca.

Pero él no… —Tendré mi momento. —me susurró aun cuando no dejaba de temblar—. El día es nuestro desde ahora. ¡Mi rosa hermosa! —dijo en poesía.

Algo en mí quemaba y no era su erección, aun esperando por llegar al fin; era la culpa que me asaltó y creí que no podría ocultar por un segundo más.

—Creo que hay amor en ti —me susurró Uriel con la respiración entrecortada, mirándome con suavidad—. Lo veo, aunque lo escondas. Estás atrapada en tu pasado, con miedo de dejar salir lo que sientes. Y eso… eso es lo que Joseph no ve en ti.

Sostuve su mirada inquieta. Me desnudo nuevamente solo con sus palabras. —No es tan simple —respondí escondiendo el rostro—. ¿Hay cosas que sí se abren? Ya no se pueden cerrar.

—Lo sé —continuó Uriel—. Y no soy ingenuo. Nunca lo he sido. Pero dame una oportunidad para conocerlo. Déjame entrar. Te conduciré por esos caminos que no te has atrevido a recorrer. ¡No porque no existan! Si no, porque no te has atrevido.

Me negué apenas con la cabeza.

—Siempre termino complicándolo.

—¿Por qué lo haces? —replicó él—. Yo he sido paciente, más de lo que pensé, pero podría cansarme de esperar a alguien que no se elige. Pedí tu alma y me la entregaste. ¡Ahora me perteneces y quiero todo de ti!

Lo miré con franqueza. Le pregunté antes de entregarme. —¿Y qué es lo que quieres exactamente?

—Conocerte —respondió Uriel—. No, la versión que muestras. Quiero ir más allá. Eso que has querido decirme desde ayer en la oficina de Joseph. Desde que ingresaste.

Esta vez respiré profundo, como dándome por vencida. —Vas a odiarme —admití con desconsuelo—. Pero me perdí en cuanto te tuve de frente. Y lo que ya se perdió… no vuelve.

—No te estoy pidiendo que regreses —dijo él—. Te pido que no te destruyas quedándote donde no quieres estar. Di lo que quieras, pero sé que una parte de ti quiere quedarse conmigo.

El silencio me aturdió. Me acerqué a su pecho. Lo besé con dedicación y dije. —¿Desde que te acercaste? Activaste lo que había perdido en el aeropuerto.

Uriel no dio un paso atrás, suspiró al cielo de la habitación.

—¿Lo presentía? Quizás. —Cerró los ojos un instante. —Las sombras de mi corazón siguen aquí —confesó—. Y los secretos que cargo nos afectan a los dos. Así que dime, ¿cuál es la sombra que te arrastró a mí?

—Uriel, quiero escribir mi final feliz contigo. —exclamé como último deseo.

Él me miró con una mirada llena de amor, un amor que desconocía y que siempre me hizo falta. ¡Tanto que me hizo temblar! Esperaba que este no fuese también mi final amargo.

—Entonces… —dijo para luego pasar su mano rozando mi barbilla—. Escríbela sobre mi piel y atrévete a tener ese final que buscas conmigo.

—No lo mereces —exclamé antes de que mis lágrimas inundaran mis ojos—. ¡¿Antes de continuar con lo nuestro?! —hice una breve pausa, como si esa pausa me salvaría de la deshonra; me incorporé y le di la espalda. No podía siquiera verlo a los ojos para decirle la verdad.

—Déjame contarte cómo conocí a tu esposa.

—¿A Dalia? —cuestionó en cuanto me escuchó.

—Y de cómo me convertí en la Diosa del placer. —solté finalmente.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk