La Piel que me Desnuda El Alma

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Capítulo 3 Besos que no Eligen

Uriel sintió la certeza de que esa mujer no encajaba en ninguna categoría conocida. Ni víctima, ni amante, ni mera coincidencia. Pero lo que más le inquietaba era haberlo sentido con tanta intensidad en tan poco tiempo.

Reconoció entonces al hombre que la había acompañado. ¡Joseph! El nombre emergió desde un rincón de su memoria, asociado a proyectos, a un arquitecto brillante que sabía moverse con la misma frialdad que él en el mundo de los negocios. La imagen de ambos besándose no se desvaneció con facilidad.

Al día siguiente, sin previo aviso, Uriel cruzó las puertas del despacho de Joseph. —¡Disculpe! —lo interceptó la secretaria tras verlo ingresar y dirigirse derecho—. ¿Se encuentra en la lista?

Uriel no la observó; él llevaba la mente cruzada en esa escena del día anterior. —¡No necesito estar en una lista para ser recibido! —exclamó con una solvencia moral.

La secretaria se quedó fulminada y no logró detenerlo. Uriel avanzó y cruzó las puertas de ese despacho; el arquitecto alzó la vista desde su escritorio, sorprendido primero, complacido después. —¡Vaya, Uriel! No esperaba verte tan pronto por aquí —dijo con una sonrisa abierta, levantándose para estrecharle la mano—. Supongo que eso significa que los rumores eran ciertos.

Uriel no perdió tiempo en cortesías. —No he venido por rumores, necesito un arquitecto para mi nuevo proyecto inmobiliario en el país. Algo grande. Sólido. Se dice que sigues siendo el mejor.

Joseph arqueó una ceja, evaluándolo apenas un segundo. —¡Acepto! —respondió sin rodeos—. Hablas con el mejor.

Se estrecharon las manos con firmeza.

—Me alegra verte de vuelta —añadió, con un tono más bajo—. Aunque imagino que no ha sido fácil—. Sirvió un par de tragos y, tras la pausa, él soltó la última frase—.  No es fácil una pérdida como la de Dalia.

Uriel sostuvo la mirada. No esquivó la pregunta. —No lo ha sido, ciertamente. —balanceando el vaso—. Pero es un dolor que solo me concierne a mí llevarlo. Sufrirlo. Guardarlo.

Joseph lo reconoció, pero en ese instante recordó la conversación con Rosario. —Nadie debería pasar por algo así, ¡solo! —comentó—. Tal vez, si me lo permites, deberías aceptar compañía. Conozco mujeres que podrían ayudarte a distraerte, a olvidar un poco.

Uriel entrecerró los ojos. Sobre el escritorio había una carpeta abierta. Fotografías que parecían opciones. —No sabía que te dedicabas al servicio para adultos. —dijo él con un tono reservado.

Joseph soltó una breve risa. —No, yo no. —aclaró—. Es cosa de mi amante. Una pelirroja espectacular. Tenemos un acuerdo. ¡Íntimo y de negocios! Aunque últimamente —añadió con una media sonrisa— empiezo a pensar en tratarla como mi verdadera mujer.

Uriel se recostó en la silla. —Mezclar placer y negocios nunca termina bien —sentenció.

Ese mismo día entré al despacho de Joseph sin avisar y me detuve de golpe. Reconociendo esa espalda de inmediato: era Uriel. Era muy tarde para arrepentirme; él giró de inmediato y su mirada me desarmó.

Recorrí la escena sobre la oficina; vi la carpeta, las fotos y a Joseph relajado, sin sospechar que el hombre frente a él me miraba como si quisiera desmantelar cada secreto que había construido.

Uriel no desvió la vista. Sabía que yo no era una casualidad, y yo supe que él no pensaba apartarse. La tensión se instaló ahí, sin permiso. De pronto, el cambio y dijo sin sugerir nada.

—Nos veremos pronto —dijo Uriel, pero me miraba a mí.

—No te vayas aún —le dijo Joseph con prisa—. Quiero que se conozcan.

Joseph se acercó y me tomó de la cintura. Me besó y me presentó a Uriel como su nuevo arquitecto y un viejo amigo.

—¡Cliente! —logré decir, intentando controlar el nervio que me subía por el cuerpo.

—Más que un cliente, señorita —replicó Uriel con una ironía que me dio en medio del corazón.

Joseph siguió hablando, encantado con la coincidencia, llamándome por mi nombre: María del Rosario. Intenté frenar la charla antes de que soltara algún detalle de cómo nos conocimos, pero Joseph ya estaba ofreciendo copas para celebrar el "momento inolvidable".

Uriel se despidió rápido. Me sentí desnuda bajo su mirada, como si me hubiera leído el alma.

—Debo retirarme, solo estaba de paso y mi intención era asegurar mi inversión.

Antes de salir, me susurró al oído en cuanto Joseph desvió su atención en una llamada inesperada.

—No eras inocente. Ahora quiero saber qué ocultas. —no respondí. Me limité a sonreír y busqué los labios de Joseph para ocultar el impacto.

Cuando se fue, me quedé perpleja.

—¿Qué te pasa, amor? —me preguntó Joseph—. ¿Es por el hijo del alcalde? ¿Si lo mencioné ayer, verdad?

El nombre me golpeó el pecho. Linaje, poder. Interesante. Reaccioné rápido para no levantar sospechas.

—¿El hijo del alcalde? —mentí sin esfuerzo—. Dalia casi no lo mencionaba, no lo conocía realmente.

Joseph no sabía que yo había estado más cerca de él que nadie, ni que le juré a Dalia que lo cuidaría.

Días después, lo busqué en aquel café. No quería ser sutil. Él entró con soberbia, evitándome al principio, pero finalmente se acercó. Lo vi más roto, pero más humano.

—Es un placer, María del Rosario —me dijo—. Esperaba que vinieras.

Me quedé sin aire. Intenté mencionar lo que pasó entre nosotros el otro día.

—Respecto a lo del otro día… —Uriel me cortó de golpe y sin espacio a reacción.

—¡No existe! —sentenció. Se acercó y bajó la voz—. Me interesas. No lo que dejas ver, sino lo que escondes. ¿Estás dispuesta a perderlo todo sin saber qué vas a ganar?

Cada palabra pesaba. No retrocedí, pero pregunté por Joseph para protegerme. Uriel sonrió sin pizca de amabilidad.

—Joseph, no importa. Tú sí. —se acercó lo justo para que entendiera que la distancia ya no era mía—. No te quiero para llenar un vacío, te quiero porque sabes romper cosas, empezando por ti misma.

No era una invitación, era una condena.

—Te quiero como mi amante —soltó sin rodeos—. ¿Vienes conmigo o te quedas donde te besan, pero no te eligen?

Él lo tenía claro. Yo, por primera vez, dudé de quién era.

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