Capítulo 7 La deuda que no sabía que tenía
La deuda que no sabía que tenía
El silencio dentro del despacho se había vuelto casi sólido.
Christine permanecía sentada en la butaca de cuero, las rodillas juntas, las manos apretadas sobre el regazo. El vestido negro le rozaba la piel todavía sensible de cuando él la había obligado a quitárselo. Cada vez que William tecleaba, el sonido seco de las teclas le golpeaba los nervios. No la miraba. Parecía concentrado en la pantalla, pero ella sabía que era mentira. Sentía su atención como un peso constante sobre la nuca, sobre los hombros, sobre la marca que le había rozado con el pulgar hacía menos de una hora.
El aire acondicionado susurraba. Afuera, a través del cristal, la gente del piso 42 pasaba con cuidado de no girar demasiado la cabeza hacia la oficina del CEO. Nadie quería ser el siguiente en atraer esa mirada gris.
El teléfono de Christine vibró en el bolsillo interno de la chaqueta que había dejado sobre el respaldo de la silla. Un zumbido bajo, insistente. William levantó la vista al instante.
—¿Quién es?
Ella sacó el móvil con dedos torpes. La pantalla mostraba un nombre que no veía desde hacía meses: Mamá.
El estómago se le encogió.
—Mi madre —dijo, la voz más baja de lo que pretendía.
William la observó un segundo. Luego hizo un gesto mínimo con la barbilla.
—Contesta. Aquí. En voz alta.
Christine deslizó el dedo por la pantalla. El corazón le latía tan fuerte que le dolía la garganta.
—¿Hola?
La voz del otro lado llegó cortante, cansada, sin preámbulos.
—Christine. Soy yo. No cuelgues.
Ella apretó el móvil contra la oreja. William no apartaba los ojos de su cara.
—Mamá… no es un buen momento.
—Nunca lo es contigo. Escúchame de una vez. Laura no puede quedarse más aquí. Tu padre está cada día peor y yo no voy a seguir criando a la niña que tú dejaste tirada. Tienes una semana. Exactamente siete días. O vienes a buscarla o la dejo en servicios sociales. Tú verás.
El aire se le escapó de los pulmones como si le hubieran dado un puñetazo.
Laura.
Seis años. Pelo negro como el de él. Ojos grises que a veces la miraban con una seriedad que no correspondía a una niña. La misma mandíbula. La misma forma de fruncir el ceño cuando se concentraba.
Christine sintió que el despacho se inclinaba. El cuero de la butaca le quemaba los muslos. El olor a colonia de William se volvió demasiado fuerte, demasiado cercano.
—No puedes hacer eso —susurró.
—Sí puedo. Y lo voy a hacer. Una semana, Christine. Apareces o se acaba. Ya cargué yo con tu vergüenza siete años. Basta.
La llamada se cortó.
Christine bajó el móvil. La pantalla se apagó. Sus dedos estaban blancos de apretarlo. El silencio que siguió fue distinto al de antes. Más denso. Más peligroso.
William inclinó la cabeza apenas.
—¿Qué ha pasado?
Ella no pudo mirarlo. La mentira le subió a la boca por reflejo, la misma mentira que había sostenido durante siete años.
—Nada. Problemas familiares. Ya está resuelto.
—Mentira —dijo él con calma absoluta—. Tu cara acaba de cambiar de color. Estás temblando. ¿Quién es Laura?
El nombre salió de su boca como una bala. Christine levantó la vista de golpe. Los ojos grises de William estaban fijos en los suyos, fríos, analíticos, pero debajo había algo que se tensaba.
—Es… mi hermana pequeña —mintió. La voz le salió ronca—. Mi madre está cansada de cuidarla. Quiere que me la lleve.
William no parpadeó.
—No tienes hermana. En la universidad nunca mencionaste ninguna. Y tu expediente de recursos humanos dice que eres hija única.
El panóptico de información que él tenía sobre ella se cerró alrededor de su cuello como una soga. Christine sintió el pánico subir por la garganta, ácido, caliente. Se levantó de la butaca demasiado rápido. Las piernas le fallaron un segundo.
—Necesito ir al baño.
—No.
La palabra fue un latigazo.
—Siéntate. Ahora. Y dime la verdad. ¿Quién es Laura?
Christine se quedó de pie, respirando demasiado rápido. El vestido le apretaba el pecho. Cada latido le recordaba la niña que había dejado atrás, la niña que tenía la misma mirada gris que el hombre sentado frente a ella. La niña a la que nunca le había podido decir “tu padre se fue antes de que pudiera contárselo”.
Porque él se había ido. Porque ella lo había destrozado primero. Porque el miedo a que la rechazara —o peor, a que la usara— había sido más fuerte que cualquier otra cosa.
William se levantó despacio. Rodeó el escritorio. Se detuvo a un metro de ella. El olor a su colonia y a la rabia contenida la envolvió otra vez.
—Christine —dijo, y por primera vez en días su voz no sonó completamente fría—. Estás aterrorizada. Y no es por tu madre. ¿Quién es la niña?
Ella abrió la boca. La cerró. Las lágrimas le quemaron los ojos pero no cayeron. Se negó a que cayeran.
—Es mi hija —soltó al fin, la voz rota, apenas un hilo—. Tiene seis años. Y… y no es de nadie que importe.
La mentira final le supo a sangre.
William la miró. Durante un segundo largo no dijo nada. Solo la estudió, como si estuviera recalculando cada pieza del tablero. Luego dio un paso más cerca. Su mano se levantó y le sujetó la barbilla con firmeza, obligándola a sostenerle la mirada.
—Vamos a repetirlo —murmuró—. Tienes una hija de seis años. Tu madre te da una semana para ir a buscarla. Y tú estás a punto de desmayarte delante de mí. ¿Algo más que quieras inventar?
Christine sintió el pulso de él contra los dedos que le sujetaban la cara. El mismo pulso que una vez había sentido contra su cuello en el asiento trasero de un Honda viejo. El mismo que ahora corría por las venas de una niña que no sabía que su padre existía.
—No —susurró—. Nada más.
William la soltó. Dio un paso atrás. La expresión de su rostro era ilegible, pero la tensión en su mandíbula decía todo lo contrario.
—Vas a ir a buscarla —dijo al fin, la voz baja y peligrosa—. Pero no sola. Y no en una semana. Mañana. Yo voy contigo.
Christine sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No. No puedes—
—Puedo. Y voy a hacerlo. Tienes una hija escondida y un secreto que te está comiendo viva. A partir de este momento ese secreto también me pertenece. Como tú. Como todo lo demás.
Se giró hacia el escritorio, tomó su teléfono y marcó un número sin mirarla.
—Cancela todas mis reuniones de mañana. Y prepara el coche. Vamos a hacer un viaje.
Christine se quedó quieta en medio del despacho, el móvil todavía apretado en la mano, el nombre de Laura ardiéndole en la garganta. El hombre que quería destruirla acababa de decidir que también iba a conocer a la única persona del mundo que ella había intentado proteger de todo… incluido de él.
Y por primera vez desde que firmó el contrato, el miedo que sintió no fue solo por sí misma.
