Capítulo 6 Marcas
Marcas
La cremallera bajó con un sonido metálico, lento, casi obsceno en el silencio del despacho. Christine sintió el aire acondicionado rozarle la piel descubierta de la espalda. El vestido se abrió. Se le resbaló por los hombros, por los brazos, y cayó al suelo en un susurro de tela cara. Se quedó de pie frente a él en sujetador negro y bragas del mismo color, los tacones todavía puestos, los brazos pegados a los costados porque no sabía qué hacer con las manos.
William no se movió. Solo la miró.
Sus ojos grises recorrían cada centímetro de piel como si estuviera inventariando algo que le pertenecía. El cuello. La clavícula. El hueco entre los pechos. La curva de la cintura. El temblor casi invisible de sus muslos. El aire olía a su colonia y a la adrenalina todavía caliente de la escena del café. Christine sentía el corazón golpeándole las costillas con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo.
—Date la vuelta —ordenó. La voz le salió baja, ronca, cargada de algo que no era solo furia.
Ella obedeció. El movimiento fue torpe. Sintió su mirada clavársele en la nuca, en la línea de la espalda, en la curva del culo. Un escalofrío le recorrió la columna. No de frío. De exposición absoluta.
William dio un paso. Luego otro. Se detuvo justo detrás de ella. No la tocó. Solo existía su respiración, más pesada de lo normal, rozándole el hombro desnudo.
—Nadie —repitió, casi para sí mismo—. Nadie te habla así. Nadie te mira así. Nadie te pone colorada delante de toda una puta planta mientras yo estoy a veinte metros.
Su mano se levantó. Los dedos, largos y cálidos, rozaron apenas la marca roja que el borde del sujetador le había dejado en el hombro. Christine se tensó. El contacto fue mínimo, pero le recorrió el cuerpo entero como una corriente.
—¿Te tocaron? —preguntó él.
—No.
—Más alto.
—No me tocaron.
William dejó que los dedos bajaran por la columna, sin presión, solo trazando la línea de los huesos. Cuando llegó a la curva de la cintura se detuvo. La piel de Christine se erizó. Podía sentir el calor de su pecho a escasos centímetros de su espalda. Podía olerlo: colonia cara, rabia contenida y debajo de todo eso, algo más antiguo, más peligroso.
—En la universidad —dijo de pronto, la voz más baja todavía— te dejaban hablar como si fueras un juguete barato. Y yo me quedaba callado. Me quedaba mirando. Hasta esa noche.
Christine cerró los ojos. El recuerdo de él sangrando en el asfalto le llegó sin permiso: el labio partido, el ojo hinchado, la mano izquierda aplastada. Había llorado esa noche, sola en el baño del dormitorio, con el sabor metálico de la culpa en la boca. Nunca se lo dijo.
—Esa noche me partieron la cara por ti —continuó William—. Y tú ni siquiera me miraste al día siguiente. Pasaste de largo. Como si no hubiera pasado nada. Como si mi sangre no valiera nada.
Sus dedos se cerraron alrededor de su cintura. No con fuerza suficiente para hacer daño. Con fuerza suficiente para recordarle quién mandaba.
—Ahora nadie vuelve a abrir la boca para hablar mal de ti delante de mí. Ni Valeria. Ni esos imbéciles del pasillo. Nadie. ¿Entendido?
—Sí.
—Dilo completo.
—Sí, señor Blackwell.
La mano se deslizó hacia adelante, atravesando su abdomen desnudo. Los dedos se detuvieron justo debajo del ombligo, extendidos, posesivos. Christine contuvo la respiración. El calor de esa palma le quemaba la piel. Sentía el pulso de él contra su propia carne.
—Quítate el sujetador.
Las palabras cayeron pesadas. Christine tragó saliva. Las manos le temblaban cuando alcanzó el cierre. El click fue pequeño, íntimo. La tela se aflojó. Se la quitó y la dejó caer al lado del vestido. El aire frío le rozó los pezones endurecidos. Se sintió completamente expuesta. Vulnerable de una forma que iba más allá de la desnudez.
William dio la vuelta a su cuerpo con las manos en la cintura hasta que quedó de frente a él. Sus ojos bajaron. Se quedaron un segundo demasiado largo en su pecho. Luego subieron otra vez a su cara. Había algo roto en esa mirada. Algo que mezclaba hambre, rabia y una ternura enferma que no debería existir.
—Tienes marcas —murmuró. Señaló con la barbilla una pequeña sombra morada en el lateral de su pecho, recuerdo de un sujetador demasiado apretado o de una noche en la que alguien la había agarrado con demasiada fuerza hacía semanas—. ¿Quién te las hizo?
—Nadie importante.
—Mentira. Dime.
—No lo sé. No me acuerdo.
William apretó la mandíbula. Sus dedos subieron y rozaron la marca con el pulgar, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia de su voz.
—A partir de ahora las únicas marcas que vas a tener son las mías. ¿Queda claro?
Christine asintió. No se fiaba de su voz.
Él se inclinó. La boca le quedó a escasos centímetros de la suya. El aliento le rozó los labios. Por un segundo creyó que la iba a besar. Por un segundo quiso que lo hiciera. Luego William se apartó apenas, como si el impulso lo hubiera asustado a él también.
—Arrodíllate otra vez.
Ella bajó. Las rodillas tocaron la alfombra gruesa. El despacho entero pareció encogerse alrededor de ellos. William se quedó de pie frente a ella, mirándola desde arriba. Extendió la mano y le recogió un mechón de cabello que se le había pegado a la mejilla. El gesto fue casi tierno. Casi.
—Esa puta no vuelve a acercarse a ti —dijo en voz baja—. Si lo intenta, me lo dices. Si alguien más abre la boca, me lo dices. Yo me encargo. Tú solo obedeces. ¿Entendido?
—Sí, señor Blackwell.
Él sostuvo su mirada un momento más. Luego se desabrochó el primer botón de la camisa, como si de pronto le sobrara calor.
—Levántate. Vístete. Y quédate aquí dentro el resto del día. No salgas ni para ir al baño sin pedirme permiso. Quiero saber dónde estás cada segundo.
Christine se levantó. Las piernas le temblaban. Se agachó a recoger el sujetador y el vestido. Mientras se vestía sentía su mirada clavada en cada movimiento. Cuando por fin se abrochó la cremallera, William ya había vuelto a su silla. Parecía calmado otra vez. Solo parecía.
—Siéntate —ordenó, señalando la butaca al lado de su escritorio—. Y no apartes la vista de mí. Quiero que veas lo que pasa cuando alguien intenta tocar lo que es mío.
Christine se sentó. El vestido le rozaba la piel todavía sensible. El corazón no se le calmaba. A través del cristal del despacho podía ver el pasillo. Valeria no estaba. Pero su ausencia pesaba más que su presencia.
William abrió el portátil. Empezó a teclear como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de tenerla desnuda y de rodillas a un metro de distancia. Como si la rabia de siete años no le estuviera carcomiendo las entrañas.
Christine miró sus manos sobre el teclado. Los nudillos todavía tenían una cicatriz fina, casi invisible, recuerdo de aquella noche en el estacionamiento. La misma mano que hace un rato le había tocado la marca del pecho con una delicadeza que no correspondía a un hombre que decía querer destruirla.
Se preguntó, con el estómago revuelto, cuánto tiempo tardaría en dejar de distinguir entre el odio y el deseo.
Y se preguntó, con más miedo todavía, si él ya había dejado de hacerlo.
