Capítulo 5 Sangre vieja
Sangre vieja
El piso 42 olía a café quemado y a perfume caro. Era casi la una de la tarde y la zona de descanso se había llenado: secretarias, analistas, dos directores de paso. El murmullo habitual de voces bajas y risas contenidas flotaba entre las mesas de cristal y las sillas de cuero blanco.
Christine estaba de pie junto a la máquina de café, con el vestido negro que William le había impuesto todavía marcado por las arrugas de haber estado arrodillada esa mañana. Sostenía dos vasos de cartón. Las manos le temblaban apenas.
Valeria llegó sin hacer ruido, como siempre. Traje gris perla, tacones silenciosos, el moño perfecto. Se detuvo a un metro de Christine y alzó la voz lo justo para que todos la oyeran.
—Señorita Vale —dijo con esa dulzura afilada que usaba como cuchillo—. ¿Otra vez temblando? Qué curioso. Ayer derramaste el café del señor Blackwell y hoy pareces a punto de repetirlo. ¿Es que no puedes sostener nada sin que se te resbale entre los dedos?
Varias cabezas se giraron. Alguien soltó una risa corta. Christine apretó los vasos hasta que el cartón crujió.
Valeria dio un paso más cerca. Su perfume —jazmín y algo metálico— invadió el espacio de Christine.
—Aunque supongo que estás acostumbrada a que las cosas se te resbalen… y a que la gente se resbale dentro de ti. ¿Verdad?
El silencio se hizo denso. Alguien tosió. Otra persona miró fijamente su móvil, pero no tecleaba. Christine sintió el calor subirle por el cuello, por las orejas, hasta los ojos. El aire se le quedó atrapado en la garganta.
Valeria sonrió, pequeña, triunfal.
—No te pongas colorada, cariño. Aquí todos ya saben lo que eres. Solo faltaba que lo recordáramos en voz alta.
William apareció en el umbral del pasillo en ese preciso segundo.
Llevaba la chaqueta del traje abierta, la corbata aflojada un centímetro, los ojos grises ya fríos. Se detuvo. Vio a Christine con los vasos temblando. Vio a Valeria demasiado cerca. Vio las caras de los empleados, las sonrisas a medias, la humillación colgando en el aire como humo.
Algo dentro de él se quebró con un sonido seco, antiguo.
El recuerdo llegó sin permiso, violento, oloroso a sangre y a pasto húmedo.
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Universidad de Ashford – siete años antes
Era de noche. El estacionamiento detrás del edificio de humanidades olía a hierba cortada y a cerveza barata. Christine caminaba sola, con el jersey negro subido hasta la mitad del cuello y los brazos cruzados. Tres chicos del equipo de fútbol la seguían a unos metros, riendo demasiado alto.
—Oye, Vale —gritó uno—. ¿Cuánto cobras esta noche? ¿O ya estás de propina?
Otro silbó.
—Dicen que se la cojen hasta en los baños de la biblioteca. Que ni siquiera pide que le paguen siempre. Qué fácil, ¿no?
William salió de entre los coches como una sombra. Gafas torcidas, suéter de cuello alto, las manos ya hechas puños. No pensó. No calculó. Solo escuchó esas palabras y el mundo se tiñó de rojo.
—Cállate —dijo. La voz le salió ronca, casi irreconocible.
Los tres se giraron. El más alto, el capitán, soltó una carcajada.
—Mira quién salió de su cueva. El nerd enamorado. ¿También te la estás follando, Hart? ¿O solo le recoges las migajas?
William dio el primer puñetazo sin avisar. El impacto le llegó hasta el hombro. Los nudillos se le abrieron contra los dientes del otro. Sangre caliente le salpicó la muñeca. El capitán retrocedió, sorprendido, y entonces los otros dos se lanzaron.
El segundo golpe le partió el labio. El tercero le dobló las costillas. Cayó de rodillas sobre el asfalto frío. Un zapato deportivo le aplastó la mano izquierda. Escuchó el crujido. El dolor fue blanco, cegador. Aun así se levantó. Volvió a golpear. Su puño derecho encontró una mandíbula. Otro puño le cerró el ojo izquierdo. La sangre le corría por la ceja, caliente y espesa, hasta la boca. Sabía a hierro.
Christine gritó su nombre desde algún sitio. Él no la vio. Solo oyó las risas y el sonido húmedo de los golpes contra su propia carne. Cuando por fin lo dejaron, estaba en el suelo, de costado, respirando a pedazos. El asfalto le quemaba la mejilla. Un diente se le movía. Las costillas le latían como si tuvieran vida propia.
Pero no se había quedado quieto.
Por primera vez en su vida, no se había quedado quieto.
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El presente regresó con el olor a café y el murmullo cortado del piso 42.
William caminó hacia ellas con pasos lentos, deliberados. Cada empleado que lo miró apartó la vista de inmediato. Valeria abrió la boca para decir algo, pero él no le dio tiempo.
—Fuera.
La palabra salió baja, pero cortó el aire como un cuchillo.
Valeria parpadeó.
—William, solo estaba—
—Fuera de mi vista. Ahora.
Ella sostuvo su mirada un segundo. Vio algo en esos ojos grises que no había visto nunca: una furia antigua, casi animal. Retrocedió. Se giró y se alejó con la espalda rígida, los tacones resonando demasiado fuerte de pronto.
El silencio que quedó fue absoluto.
William se volvió hacia Christine. Ella seguía de pie, los vasos de café todavía en las manos, los nudillos blancos. Él le quitó los vasos con un gesto brusco y los dejó sobre la mesa más cercana. El cartón tembló.
Se inclinó hacia ella. Su voz fue un susurro que solo ella pudo oír, pero cargado de una violencia contenida que le erizó la piel:
—Nadie. Nadie te habla así delante de mí. Nadie.
Christine tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho. Olió la colonia de él mezclada con algo más crudo, más antiguo: la misma rabia que había sentido aquella noche en el estacionamiento, cuando lo vieron sangrar por ella.
William enderezó la espalda. Miró a los empleados que todavía no se habían atrevido a moverse.
—¿Alguien más tiene algo que decir sobre mi asistente?
Nadie respondió.
Él asintió una sola vez, frío, letal.
—Entonces vuelvan al trabajo.
Tomó a Christine del codo —no con suavidad, sino con posesión— y la guió de regreso hacia su despacho. La puerta se cerró detrás de ellos con un golpe seco. Dentro, el silencio era distinto. Más denso. Más peligroso.
William se quedó de pie frente a ella, respirando todavía demasiado rápido. La miraba como si no supiera si quería protegerla o destrozarla él mismo. O las dos cosas a la vez.
—Quítate el vestido —dijo de pronto, la voz ronca.
Christine abrió los ojos.
—¿Qué…?
—Quítatelo. Ahora. Quiero ver que no te hayan tocado. Quiero ver que nadie más que yo tiene derecho a dejarte marcas.
El aire se volvió espeso. Ella sintió el peso de la orden, del contrato, de los siete años de deuda. Y debajo de todo eso, el eco de un chico de gafas rotas que una vez se dejó partir la cara por ella en un estacionamiento oscuro.
Con dedos torpes, alcanzó la cremallera de la espalda.
