La oscura obsesión del CEO

Download <La oscura obsesión del CEO> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 4 La ropa que él eligió

La ropa que él eligió

Christine no durmió esa noche, con tanto en la cabeza era imposible conciliar el sueño.

Pasó la noche sentada en el borde del colchón del sótano, mirando el único vestido limpio que le quedaba y escuchando el goteo constante de una tubería. Las palabras de William resonaban una y otra vez: "Ven presentable. O yo mismo te vestiré." No tenía dinero para comprar nada decente, tampoco tenía a quién pedirle prestado. A las seis de la mañana, cuando el cielo todavía estaba oscuro, recibió un mensaje de un número desconocido.

"Te quiero en la recepción a las 7:40. No llegues tarde."

No firmaba. No hacía falta, era evidente quien era el remitente.

Llegó al edificio con el estómago vacío y las manos frías. La recepcionista la esperaba con una bolsa grande de color negro mate y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Del señor Blackwell —dijo simplemente, entregándosela—. Tiene vestuario en el piso cuarenta y dos. Úselo.

Christine subió en el ascensor apretando la bolsa contra el pecho. Dentro había un vestido negro de corte impecable, tela cara que se sentía fría y pesada entre los dedos, un par de tacones negros de aguja y un sobre pequeño con pendientes de plata simples. No había nota. Solo la ropa.

En el vestuario ejecutivo se cambió con dedos torpes. El vestido le quedaba perfecto. Demasiado perfecto. Le marcaba la cintura, el pecho y las caderas con una precisión casi cruel, como si alguien hubiera tomado sus medidas sin que ella lo supiera. Cuando se miró en el espejo, apenas se reconoció. Parecía otra mujer. Una que pertenecía a ese edificio de cristal. O que fingía pertenecer.

Salió al pasillo a las 7:58.

William ya estaba de pie frente a su despacho, hablando en voz baja con dos directores. Cuando la vio, interrumpió la conversación sin disculparse. Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo con una lentitud deliberada. No sonrió. No hizo ningún comentario amable. Solo asintió una vez, como si confirmara que el producto había llegado en las condiciones esperadas.

—Mejor —dijo, lo bastante alto para que los dos hombres a su lado lo oyeran—. Puntual y presentable. Por fin.

Uno de los directores miró a Christine con una curiosidad que rayaba en la insolencia. El otro desvió la vista demasiado tarde. William no pareció notarlo… o sí, y no le importó.

—Entra —ordenó.

Christine lo siguió dentro del despacho. La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave. El silencio se volvió denso de inmediato.

William se quitó la chaqueta del traje y la dejó sobre el respaldo de su silla. Se quedó en camisa, las mangas arremangadas hasta los codos, y se apoyó en el borde del escritorio mirándola.

—Date la vuelta.

Ella obedeció. Sintió su mirada como un peso físico sobre la espalda, la cintura, las piernas.

—Más despacio.

Giró otra vez, más lento. Cuando volvió a mirarlo de frente, él tenía la mandíbula apretada.

—Acércate.

Christine dio tres pasos. Se detuvo a menos de un metro. Podía oler su colonia: limpia, cara, fría.

William levantó una mano y, con dos dedos, ajustó el escote del vestido apenas un centímetro hacia abajo. No fue un gesto sexual abierto. Fue un gesto de propiedad. Como quien acomoda un cuadro en la pared.

—Así —murmuró—. Quiero que se note lo que eres, pero que nadie pueda decir que no estás impecable. ¿Entendido?

Ella asintió, la garganta cerrada, sus ojos oscuros se llenaron de lágrimas que se negó a derramar.

—Habla.

—Entendido, señor Blackwell.

Él sostuvo su mirada un segundo más. Luego se apartó y volvió a su silla.

—Hoy no te vas a quedar en el escritorio de afuera. Vas a estar dentro. En esa silla —señaló una butaca de cuero negro colocada justo al lado de su escritorio, en un ángulo donde cualquiera que entrara la vería—. Vas a tomar notas de todo lo que diga. Y cuando entre alguien, no vas a bajar la mirada. Quiero que te miren. Quiero que sepan que estás aquí porque yo lo decidí.

Christine se sentó. El vestido se le subió un poco al hacerlo. No se atrevió a tirar de él.

La primera reunión del día fue a las nueve. Entraron tres ejecutivos. Los tres miraron a Christine sentada a la derecha de William como si fuera un adorno caro y peligroso. Uno de ellos, el de finanzas, le dedicó una sonrisa demasiado familiar. William no dijo nada, pero su voz se volvió un grado más fría durante los siguientes diez minutos.

A media mañana apareció Valeria.

Entró sin llamar, como siempre. Traía una carpeta y una expresión perfectamente profesional… hasta que vio a Christine sentada dentro del despacho, en esa silla, con el vestido nuevo. La sonrisa se le tensó apenas un segundo.

—William, necesito firmar los contratos de la sucursal de Miami antes del mediodía —dijo, ignorando deliberadamente a Christine—. ¿Tienes cinco minutos?

—Sí. Quédate, Vale —respondió él sin mirar a Christine—. Toma nota.

Valeria dejó la carpeta sobre el escritorio y, mientras William revisaba los papeles, se giró ligeramente hacia Christine. Su voz fue un susurro apenas audible, dulce y venenoso:

—Qué rápido te adaptas. Ayer parecías sacada de un callejón y hoy… pareces una de las suyas. Aunque todos sabemos que no lo eres.

Christine no contestó. Apretó el bolígrafo con demasiada fuerza mientras hacía un esfuerzo sobrehumano por contener la rabia que la corrohía por dentro.

Valeria se inclinó un poco más, todavía sonriendo.

—Cuidado con acomodarte demasiado. Las cosas que se consiguen de rodillas suelen perderse de la misma forma.

William levantó la vista en ese preciso momento. Sus ojos grises se clavaron en Valeria.

—¿Pasa algo?

—Nada —respondió ella con suavidad—. Solo le daba la bienvenida a tu nueva asistente. Parece… muy dedicada.

La reunión terminó diez minutos después. Valeria se fue con la misma elegancia con la que había entrado, pero antes de cruzar la puerta lanzó una última mirada a Christine: una promesa silenciosa de que aquello apenas empezaba.

Cuando se quedaron solos otra vez, William se reclinó en su silla y la observó en silencio durante un rato largo.

—Acércate —dijo al fin.

Christine se levantó y caminó hasta quedar frente a él. Él no se movió. Solo la miró desde abajo, con esa expresión que mezclaba cálculo y algo más oscuro.

—De rodillas.

El aire se le quedó atrapado en la garganta. Por un segundo creyó haber oído mal.

—¿Qué?

—De rodillas. Aquí. Ahora.

El contrato. Las órdenes. La desesperación. Todo se le vino encima al mismo tiempo. Christine sintió el calor subirle por el cuello mientras doblaba las rodillas sobre la alfombra gruesa del despacho. El vestido se le subió más. William la observó desde arriba, sin tocarla, sin sonreír.

—Así —murmuró—. Quiero que recuerdes cuál es tu lugar cada vez que entres en esta oficina. No eres una ejecutiva. No eres una igual. Eres lo que yo quiera que seas.

Le sostuvo la mirada desde arriba durante varios segundos que se sintieron eternos. Luego hizo un gesto con la mano.

—Levántate. Y no vuelvas a dudar cuando te dé una orden.

Christine se puso de pie con las piernas temblando. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

William volvió a sus papeles como si nada hubiera pasado.

—Trae café. Y esta vez no tiembles.

Ella salió del despacho con el rostro ardiendo y la certeza de que el juego acababa de cambiar de nivel. En el pasillo se cruzó con Valeria, que la miró de arriba abajo, detuvo la vista un segundo en sus rodillas y sonrió con veneno puro.

—Cuidado con las alfombras, cariño —dijo en voz baja al pasar—. Dejan marcas.

Christine no contestó. Siguió caminando hacia la cocina, sintiendo todavía el peso de la mirada de William sobre la piel y el eco de su propia respiración entrecortada mientras estaba de rodillas frente a él.

Por primera vez desde que había firmado el contrato, tuvo miedo de verdad.

No de perder el trabajo.

Sino de lo mucho que una parte de ella había querido quedarse ahí abajo.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk