La oscura obsesión del CEO

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Capítulo 3 La humillación

La humillación

A las once de la mañana el piso cuarenta y dos bullía. Había una reunión de directores a las once y media y el pasillo de cristal se había convertido en un río de trajes oscuros, carpetas y cafés que olían a pura calidad. Christine llevaba casi tres horas sentada frente al ordenador sin que nadie le hubiera asignado una sola tarea real. Solo esperaba. El vestido negro le rozaba las rodillas cada vez que se movía. El blazer prestado seguía colgado del respaldo de la silla, como un cadáver de tela que le recordaba la orden de la mañana. Cada vez que alguien pasaba, sentía las miradas. Algunas curiosas. Otras abiertamente divertidas. Nadie le había dirigido la palabra todavía, pero el susurro ya circulaba: "la nueva del CEO", "la del vestido barato", "la que temblaba al firmar".

La puerta del despacho de William se abrió de golpe.

—Señorita Vale —llamó con voz clara, proyectada, calculada para que llegara hasta el último cubículo—. Ven aquí. Ahora.

Christine se levantó. El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que le dolía respirar. Caminó hacia él con las manos pegadas a los costados. El vestido se le pegaba a los muslos por el nerviosismo. William no la hizo entrar. Se quedó exactamente en el umbral, a la vista de todo el mundo, y la miró de arriba abajo con una lentitud deliberada, como si estuviera inspeccionando un producto defectuoso que alguien se había atrevido a depositar en su propiedad.

—Date la vuelta.

Ella dudó un segundo. Un segundo fue suficiente para que él alzara una ceja. Christine se giró. Sintió cómo el aire del pasillo se volvía más denso. Varias personas habían dejado de caminar. Un director de finanzas sostenía su café a medio camino de la boca. Una secretaria miraba fijamente la pantalla de su móvil, pero no tecleaba.

William habló lo bastante alto para que lo oyeran desde los cubículos más lejanos:

—¿Eso es lo mejor que tienes? Un vestido de tres euros y unos zapatos que parecen sacados de un contenedor. Te queda grande en la cintura, te marca las caderas como si fueras una puta barata intentando parecer profesional y el escote… —hizo una pausa, casi teatral— es una declaración de intenciones bastante clara. Mírate. Pareces exactamente lo que eres.

Alguien soltó una risa ahogada. Otra voz, más lejos, murmuró algo que sonó a “dios mío”. Christine sintió el calor subirle por el cuello, por las orejas, hasta la raíz del pelo. Quiso que el suelo de mármol se abriera y se la tragara. Quiso gritar. Quiso salir corriendo. No hizo ninguna de las tres cosas. Se quedó quieta, de espaldas a él, con las uñas clavándose en las palmas de sus manos.

William dio un paso más cerca. Su voz bajó solo un poco, pero seguía siendo perfectamente audible:

—Mañana vas a venir con ropa que no me dé vergüenza de mirar. Si no tienes dinero, lo dices. Yo te lo compro. Pero no vuelvas a aparecer aquí vestida como si salieras de un motel de carretera después de una noche de trabajo. ¿Entendido?

—Sí —susurró ella.

—Más alto. Quiero que lo oigan.

Christine tragó saliva. La voz le salió rota:

—Sí, señor Blackwell.

Él asintió, satisfecho, y se volvió hacia el pasillo como si acabara de terminar una reunión rutinaria.

—Puedes volver a tu sitio. Y procura no estorbar.

Christine regresó a su escritorio con las piernas blandas. Se sentó. No miró a nadie. Sentía las miradas clavadas en la nuca como alfileres calientes. Alguien rio de nuevo, más bajo esta vez. El silencio que siguió fue peor.

Fue entonces cuando apareció ella.

Valeria Mendoza entró en el piso cuarenta y dos como si el edificio le perteneciera desde el primer ladrillo. Traje de sastre blanco impecable, tacones de aguja que no hacían el más mínimo ruido sobre el mármol, el pelo castaño recogido en un moño tan perfecto que parecía esculpido. Llevaba un reloj de oro fino y un par de pendientes que brillaban con discreción. Era la directora de operaciones y, según los susurros que Christine ya había alcanzado a oír en la cocina mientras preparaba el café de la mañana, la persona más cercana a William después de su propia sombra. La que entraba en su despacho sin llamar. La que se quedaba hasta tarde. La que sabía cómo le gustaba el café y cuándo necesitaba silencio.

Se detuvo frente al escritorio de Christine. Miró el vestido negro, los zapatos baratos, el blazer colgado como un trapo, y sonrió con una dulzura que no le llegaba a los ojos.

—Tú debes ser la nueva asistente —dijo. Su voz era suave, educada, casi maternal—. Valeria Mendoza. De operaciones.

Christine se levantó a medias, insegura, sintiendo de inmediato que estaba siendo evaluada de una forma mucho más peligrosa que la de William.

—Christine Vale.

Valeria inclinó ligeramente la cabeza. Los ojos le recorrieron el cuerpo con la misma precisión quirúrgica con la que William lo había hecho minutos antes, pero sin rastro de deseo. Solo desprecio calculado, envuelto en cortesía.

—Qué… interesante elección de ropa para el primer día. William suele ser extremadamente exigente con las apariencias. Supongo que hoy ha decidido hacer una excepción. O quizá simplemente quería que todos viéramos el contraste.

Christine no contestó. No sabía qué decir que no la hundiera más. Valeria dejó una carpeta gruesa, casi ofensiva de lo pesada que era, sobre el escritorio.

—Esto es para ti. Copia, ordena por departamentos y lleva un juego completo a cada director antes de la reunión de las once y media. Son cuarenta y dos páginas. Si hay un solo error de paginación, una sola hoja torcida, una sola grapa mal puesta, me entero. Y no me gusta enterarme de errores, Christine. Sobre todo de gente nueva que todavía no ha demostrado que merece estar aquí.

Se giró para irse, pero se detuvo a medio camino. Miró de nuevo el vestido con una expresión casi divertida.

—Ah, y procura no manchar nada. Ese tejido parece… absorbente. Sería una lástima que dejara rastros.

Se alejó con pasos seguros hacia el despacho de William. Entró sin llamar. La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave.

Christine se quedó mirando la carpeta. Las manos le temblaban otra vez. Empezó a copiar. Cada página le salía ligeramente borrosa porque los ojos se le llenaban de una rabia y una humillación que no podía permitirse mostrar. Contó las hojas dos veces. Tres. Revisó la numeración hasta que le dolieron los dedos. El reloj de la pared avanzaba demasiado rápido.

Dentro del despacho, Valeria se apoyó en el borde del escritorio de William con una familiaridad que solo ella se permitía. Cruzó los brazos. El traje blanco le marcaba la cintura con elegancia agresiva.

—¿En serio, William? ¿Esa?

Él no levantó la vista de la pantalla. Seguía tecleando algo con una concentración fingida.

—Es competente en lo que necesito.

—Es una cualquiera con un vestido de mercadillo. Toda la planta está riéndose. Acabas de humillarla en público y ahora la tienes sentada justo fuera de tu puerta como si fuera un trofeo barato que quieres exhibir. ¿Eso es lo que buscas? ¿Que todos sepan que puedes romper a quien quieras?

William alzó la mirada por fin. Sus ojos grises estaban fríos, casi vacíos.

—No es un trofeo. Es una deuda. Y las deudas se cobran enteras.

Valeria sostuvo su mirada un segundo más de la cuenta. En ese segundo se vio todo: los años de cercanía, las noches tardías, las cenas de trabajo que nunca terminaban en nada, la paciencia con la que ella había esperado a que él dejara de mirar al pasado. Luego sonrió, pequeña, peligrosa, la sonrisa de quien sabe exactamente dónde clavar el cuchillo.

—Entonces asegúrate de cobrarla completa. Porque si se te va de las manos, si esa mujer se convierte en un problema para la imagen de la compañía… yo me encargaré de limpiar el desastre. Y no seré tan indulgente como tú.

Salió. Al pasar junto al escritorio de Christine, dejó caer, sin mirarla siquiera, una frase apenas audible pero perfectamente calculada:

—Más te vale no equivocarte con esas copias, cariño. Yo no soy tan… paciente como él. Y odio el desorden.

Christine apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula y siguió trabajando. Las páginas salían una detrás de otra. Cada clic del ratón era un recordatorio de que había firmado su propia jaula con las manos temblando y los ojos cerrados. Revisó la carpeta por cuarta vez. Numeración correcta. Grapas perfectas. Orden alfabético de departamentos impecable. Aun así, el estómago se le había convertido en un nudo frío.

A las once y veinticinco entregó las carpetas. Valeria las recibió en la entrada de la sala de juntas sin decir gracias. Solo un asentimiento breve y una mirada que decía "te estoy midiendo y todavía no das la talla". Los directores entraron uno detrás de otro. Algunos miraron a Christine de reojo. Uno, el de marketing, sonrió con demasiada familiaridad. Ella bajó la vista.

Cuando las puertas de la sala de juntas se cerraron, el pasillo quedó en un silencio casi doloroso. Christine regresó a su escritorio. Se sentó. Miró el vestido. Las arrugas en la cintura. El hilo suelto en el bajo de la falda. El escote que ahora le parecía obsceno después de las palabras de William. Y por un momento, solo un momento, el recuerdo la golpeó sin permiso: la noche en el coche viejo de William, siete años atrás. La forma en que él le había quitado la ropa con dedos torpes y reverentes, como si cada prenda fuera algo sagrado. Cómo le había besado el hombro después de desabrochar el sujetador. Cómo le había susurrado que era hermosa mientras ella solo pensaba en cuánto dinero podría sacarle al mes siguiente. Ahora ese mismo hombre la había desnudado con palabras delante de todo un piso de ejecutivos.

La puerta de la sala de juntas se abrió un segundo. William salió a buscar un documento que había olvidado. Al pasar junto a ella, se detuvo. No la miró a la cara. Habló bajo, solo para que ella lo oyera:

—Mañana a las ocho en punto. Y ven presentable. Si no tienes nada adecuado, lo dices esta misma tarde. O yo mismo te vestiré. Y créeme, Christine… no te va a gustar cómo te vestiré yo.

No esperó respuesta. Regresó a la reunión. La puerta se cerró otra vez.

Christine se quedó mirando el cristal. En el reflejo vio su propia cara: pálida, humillada, los labios apretados hasta volverse una línea blanca. Y debajo de todo eso, una chispa de algo que no quería nombrar. Algo que se parecía demasiado a culpa… y a otra cosa peor.

Desde el otro lado de la mesa de juntas, a través del cristal esmerilado, Valeria lo había visto todo. La detención de William. Las palabras en voz baja. La forma en que Christine había bajado la cabeza. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, fría, de quien acaba de decidir que el juego acaba de ponerse interesante.

Christine abrió un documento en blanco en la pantalla. Las manos todavía le temblaban. Escribió su nombre. Lo borró. Volvió a escribirlo. Y esperó la siguiente orden, sabiendo que, de un modo u otro, iba a doler.

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